Casos de Consultoría Filosófica

 

 

(Fragmento de Artes del buen vivir,

Roxana Kreimer, Ediciones Anarres)

 

 

Sandra

 

 

Sandra recurrió a la Consultoría Filosófica cuando estaba a punto de realizarse una intervención quirúrgica que determinaría si tenía o no cáncer de mama. Dos médicos habían coincidido en la necesidad de realizar una biopsia para establecer la naturaleza de unas microcalcificaciones que habían aparecido en los exámenes. Su madre y su abuela habían muerto de cáncer de mama, enfermedad que ella conocía en detalle porque había acompañado a su madre durante todo el proceso que la llevaría a la muerte. Recordaba cuando a su madre le extrajeron los dos pechos, cuando se sometía a las sesiones de quimioterapia, cuando compraba corpiños con relleno. Estaba al tanto de que el cáncer de mama no es hereditario, si bien puede llegar a haber cierta predisposición que conviene controlar con exámenes que, por otra parte, cualquier mujer debería hacerse en forma regular después de los treinta años. Sabía también que con un control adecuado hoy día es muy difícil -aunque no imposible- morir de esta enfermedad, ya que la mamografía y la ecografía detectan las irregularidades en forma incipiente.

Para numerosas mujeres la operación de mamas es muy singular porque afecta el órgano más sexualizado de la representación occidental de la femineidad. Una de las preocupaciones centrales de Sandra, que acababa de cumplir treinta y nueve años -su madre murió a los cuarenta-, era la posibilidad de dejar de resultar sexualmente atractiva para su pareja si sus mamas se veían afectadas de alguna manera. Parecía más preocupada por esta cuestión que por la posibilidad de morir.

Le propuse que nuestra conversación girara en torno a tres temas: las nuevas formas en que la medicina preventiva nos enfrenta a la posibilidad de morir, las oportunidades que nos brinda la irrupción del tema de la muerte en nuestra vida cotidiana, y el erotismo, en relación a su temor de dejar de ser sexualmente atractiva. El curso de los acontecimientos hizo que discutiéramos un cuarto tema, el de la iatrogenia, que es el carácter de gran cantidad de enfermedades que producen los médicos a través de medicamentos y prácticas inadecuadas. Esta es una apretada síntesis de las conversaciones que se desarrollaron en algunos de nuestros encuentros.

Discutimos en principio la paradójica situación por la cual si bien los avances de la medicina nos alejan de la muerte, la medicina preventiva nos acerca más a la posibilidad de morir. A pesar de que el cáncer de mama sigue siendo una de las principales causas de muerte en mujeres mayores de cuarenta años, dos tercios de las imágenes que requieren de una intervención quirúrgica no son cancerígenas. De modo que una de cada tres mujeres que se someten a una intervención quirúrgica tiene cáncer de mama. Los dos tercios restantes tiempo atrás no hubieran contemplado siquiera la posibilidad de morir de esa enfermedad. Le propuse a Sandra que aprovecháramos la ocasión que nos brinda la medicina preventiva de pensar la muerte, para discutir un ensayo de Plutarco titulado De cómo sacar provecho de los enemigos. Allí Plutarco afirma que la persona inteligente saca provecho de los que difieren de ella y de las circunstancias adversas (por ejemplo, aquel que usó la enfermedad para el ocio), una idea que también postula Antístenes cuando dice que los que desean salvarse necesitan amigos auténticos o enemigos ardientes. ¿Qué provecho podía sacarse de este potencial enemigo?

En principio existía una posibilidad de vencer a la muerte, y era la de aprovechar cada día como si se tratara de una vida entera. Considerar que si bien -a menos que nos suicidemos- no podemos decidir sobre uno de los acontecimientos más importantes de nuestra vida (el de ponerle fin), podemos juzgar que un día perdido equivale a un día de muerte. Avivar la consciencia de nuestra transitoriedad nos da la ocasión de vivir lo más plenamente que nos resulte posible, para que, sea cuando sea que nos toque morir, no tengamos cuentas pendientes con nosotros mismos ni con los demás. Vano es temer a la muerte, no a los tiempos muertos de la vida. El célebre Carpe Diem (aprovecha el día) romano apuntaba a esto, al igual que la parábola budista del hombre que diariamente, antes de acostarse, ponía boca abajo una taza como metáfora del vaciamiento de la vida en un día. A la mañana volvía a ponerla boca arriba como señal de que debería colmarla. Nunca perdemos contacto con el influjo de la muerte: aunque a veces no sea probable, siempre es posible. La sombra de la muerte nos torna más amable la vida, intensifica los placeres (en virtud de que no serán eternos), modera los dolores (también en virtud de que no serán eternos) y nos ayuda a recordar qué es lo que consideramos importante.

Sandra trabajaba como secretaria de un consultorio ocho horas por día. A menos que le lloviera plata del cielo, no podía dejar de trabajar ni reducir sus gastos, que no eran muchos. Hacía tiempo que tenía ganas de aprender a bailar el tango, y por quedarse a hacer horas extras posponía una y otra vez la decisión de comenzar. A partir de nuestras charlas se propuso un modesto giro copernicano: eliminó las horas extra y decidió hacerse de tiempo para aprender a bailar el tango. Salía del trabajo a las seis de la tarde, dormía una hora de siesta, cenaba temprano y todos los días iba a una clase o a una milonga. Volvía a su casa feliz, con una fatiga gozosa que la inundaba antes de dormir. Su pareja la acompañaba los fines de semana, después de las salidas al cine que en los últimos meses habían dejado de lado. Visto de afuera, el cambio parecía minúsculo. Después de todo apenas se trataba de cine y de unas horas de tango. Para ella, sin embargo, la intensificación de éstos y otros modestos goces que podía permitirse marcaba una diferencia crucial. Estos momentos eran prácticamente los únicos en los que se sentía viva y en los que podía recobrar fuerzas para enfrentar la posibilidad de buscar el "mal menor" de la intervención quirúrgica.

En relación al temor por la posibilidad de no resultar sexualmente atractiva para su pareja en el caso de que sus pechos se vieran afectados por la cirugía, le dije que comprendía sus temores pero que era muy improbable que perdiera alguno de sus pechos o que quedara con marcas notorias después de la intervención. Y si esto ocurría, a diferencia de la época en que le habían hecho la masectomía a su madre, existía la posibilidad de recomponer el seno mediante cirugías estéticas. En el caso extremo y muy improbable de que tuvieran que extraerle un pecho, afortunadamente aún existían hombres para los que la belleza y el valor de una mujer excede en mucho la conformación de una mama. Como se sabe, el amor es el más poderoso de los afrodisíacos. La sexualidad humana no se vincula sólo con la pura materialidad sino con un universo de sugestiones e intenciones más complejo. Es lo que llamamos erotismo, que es la función intelectual de la sexualidad, es decir, todo aquello que no refiere sólo a la función sexual sino a la pasión por ella, al afán por embellecerla y refinarla.

Le sugerí a Sandra que antes de someterse a la intervención quirúrgica realizara una tercera consulta médica. El especialista analizó los exámenes y dudó de que las imágenes acusaran una evidencia tal como para justificar la intervención. Los médicos subsiguientes a los que consultó alternaban entre una y otra perspectiva. Los que recomendaban la intervención quirúrgica admitían que la mamografía no era clara pero argumentaban: "Yo no quiero ser responsable de las consecuencias que esto pueda traer en el futuro". Sandra replicaba que ese argumento en tal caso era importante para el médico pero no para ella, que quería operarse sólo en el caso de que fuera necesario, y no para librar de culpas la consciencia de nadie. Decidió entonces seguir el consejo de un médico amigo y hacerse una mamografía ampliada que focalizara el área afectada. Su obra social cubría los gastos del Centro de Mamas más prestigioso de Buenos Aires, de modo que hacia allí marchó para hacerse un nuevo examen. Como la zona afectada era de difícil acceso porque estaba en el segmento superior más cercano al cuello, tuvieron que calibrar el mamógrafo para que ejerciera una presión tal que Sandra pasó la noche llorando de dolor y aplicándose paños con hielo para bajar la inflamación que le había provocado el examen. Con los días el dolor fue cediendo, pero pasaron varios meses hasta que desapareció del todo.

Sandra concurrió a uno de los encuentros de Consultoría Filosófica antes de obtener el resultado de este nuevo examen y le propuse charlar sobre la iatrogenia (iatros, médico, génesis, origen), que es el carácter de gran cantidad de enfermedades que producen los médicos a través de medicamentos y prácticas inadecuadas. En el caso de Sandra la iatrogenia habría consistido en una operación quirúrgica invasiva realizada innecesariamente, y tal vez tuvo relación con la mamografía que le produjo un excesivo dolor. La cirugía innecesaria ha llegado a ser uno de los procedimientos más habituales de la iatrogenia. Se sabe por ejemplo que los médicos norteamericanos operan dos veces más a menudo que los ingleses. El dolor y la invalidez provocada por los médicos ha sido muy común en todos los tiempos. Sin embargo, con la ciencia médica moderna, el que daña no es un artesano que ejerce una habilidad en individuos que conoce personalmente sino un técnico que aplica anónimamente normas científicas a toda clase de pacientes. Nadie niega que los avances de la medicina permiten hoy día que a menudo una sola dosis de antibiótico cure la neumonía o la sífilis. Nadie duda de que se han llegado a controlar muchas causas de defunción masiva, y que actualmente dos tercios de todas las muertes se relacionan con las enfermedades de la vejez. Sin embargo, la medicina también se ha convertido en una empresa productora de enfermedades. A menudo el mal que inflige es justificado en nombre de la prevención y, en efecto, se trata de un mal menor que puede salvar vidas. Otras veces, cuando ese mal es innecesario, genera más problemas que los que puede solucionar.

Una prevención radical, como alguna vez dijo en broma un ginecólogo amigo, consistiría directamente en evitar trastornos ulteriores amputando las mamas de una mujer al nacer. El nuevo examen que se había realizado Sandra sirvió para determinar que las microcalcificaciones de su mama en principio tenían un aspecto benigno. Sandra concurrió a otros tres especialistas y todos coincidieron en que tenía que controlarse periódicamente, pero que la operación que le habían prescripto los primeros profesionales que consultó era innecesaria.

En el encuentro siguiente seguimos hablando de la iatrogenia y de cómo la sociedad ha transferido a los médicos el derecho exclusivo de determinar qué constituye una enfermedad, quién está enfermo o podría enfermarse, y qué cosa se hará a estas personas. A partir del siglo XIX la medicina definió lo que es normal o deseable para las sociedades modernas. Tuvo autoridad como para establecer qué es una enfermedad genuina, para declarar enfermo a alguien aunque no se queje y para negar a una persona el reconocimiento de su dolor. El médico ha llegado a convertirse en un empresario moral dotado de unos poderes inquisitoriales que dejaron de estar en manos del clero para pasar a manos de las élites universitarias.

Una parte considerable del sufrimiento que padecemos es obra del ser humano. Como señaló Walter Benjamin, todo documento de cultura es al mismo tiempo un documento de barbarie. En el mundo moderno la legitimidad de la que gozan los modelos científicos ampara a las llamadas empresas pacíficas -el automóvil, la alimentación, el trabajo-, que han empezado a competir con el poder destructivo de la guerra. La iatrogenia es una de estas fuentes de sufrimiento, y uno de los tantos signos de omnipotencia de la razón moderna. El filósofo Ivan Illich llama némesis médica al monstruo nacido del sueño industrial desmesurado. En la mitología griega la némesis era el castigo por los intentos de ser un dios en lugar de un ser humano.

Es posible ponerle un límite al poder médico y a la compulsión moderna por prevenir riesgos. Sandra lo había hecho. La medicina fue su herramienta, y no ella herramienta de la medicina. Su salud no le pertenecía al médico sino a ella misma. Quedamos azoradas de sólo imaginar la enorme cantidad de mujeres que deben ser operadas inútilmente, no en aras de la buena medicina preventiva, sino del error y la negligencia de los médicos.

En nuestros últimos encuentros vimos que la amenaza de muerte es un reto del que podemos sacar provecho, un desafío para nuestra paciencia y nuestro valor. Sandra supo aprovechar la ocasión para abrirse a nuevas posibilidades de existencia. La irrupción del tema de la muerte nos recuerda nuestra finitud y es una excelente ocasión para afirmar el valor de la vida.

Es lo que hacían en la Edad Media quienes convertían a los cementerios en pistas de baile que afirmaban la alegría de estar vivo. La medicina preventiva había obrado como aquellos cementerios medievales: era un recordatorio muy eficaz de la fragilidad y la delicadeza de la vida.

 

 

Eduardo

 

 

Eduardo concurrió a la Consultoría Filosófica cuando acababa de ser reprobado por tercera vez consecutiva en un examen. Como el aplazo correspondía a una materia del primer año de la Carrera de Filosofía, se preguntaba si no era mejor dedicarse a estudiar otra cosa. Sus intereses eran múltiples: le gustaba la música y había cursado cuatro años del Conservatorio Nacional, le atraían el diseño gráfico y el periodismo. Su familia lo juzgaba "disperso en su inclinación vocacional" y poco afirmado en sus intereses. Eduardo vivía en un estado de incertidumbre permanente respecto a su trabajo, ya que la empresa de diseño gráfico en la que trabajaba estaba desmoronándose -como tantas en Argentina-y en cualquier momento podían despedirlo. Este es un breve resumen de algunos de nuestros encuentros.

Propuse que subdividiéramos en tres tópicos las discusiones que compartiríamos en relación a estos temas. Por un lado la cuestión del examen reprobado, por el otro las dudas respecto a la orientación vocacional, y por último la incertidumbre en torno a la continuidad del trabajo.

Eduardo se había preparado muy bien para el examen en el que acababan de reprobarlo por tercera vez. Su sensación era que directamente no lo habían dejado hablar en una de esas materias "filtro" que desgraciadamente toda carrera se enorgullece de tener. Discutimos los presupuestos de la práctica del examen y luego tratamos de ver de qué modo se relacionaban con su situación.

Michel Foucault entendió que el examen heredó la matriz común de un poder que se ejerce haciendo preguntas y que ha signado la relación que Occidente mantuvo con el conocimiento y con la idea de verdad. El examen es un mecanismo propio de lo que Foucault llamó sociedad disciplinaria, que es una red de poder basada en un modelo científico-médico- jurídico cuya mirada calificadora coloca al individuo en un marco permanente de vigilancia y posibilidad de sanción. A partir de la práctica del examen cada persona debe ser encauzada, corregida, clasificada, normalizada o excluida. El examen existe en instituciones tan diversas como el hospital, la prisión, la fábrica o la escuela, donde los individuos son permanentemente evaluados a partir de la noción normal-anormal. En el sistema educativo el alumno es permanentemente comparado y diferenciado de su compañero, sometido a pruebas, cuestionarios, registros de conductas observadas, registros de puntualidad, prolijidad e higiene. La escuela y la prisión utilizan técnicas similares de poder. No significa que sean exactamente iguales: se trata de una analogía, no de una ecuación. Tanto el alumno como el preso son interrogados y se espera que respondan en una forma desposeída de poder, dócil y transparente.

En ambos casos lo inconveniente es castigado. Foucault se pregunta por qué razón para enseñar algo a alguien ha de castigarse o recompensarse. Compartí con Eduardo parte de la investigación que seguí tras los pasos de Foucault, que mencionó el tema del examen en el sistema educativo pero no se dedicó a estudiarlo en particular. Reflexionamos sobre el modo en que el examen aparece en el mundo moderno como un instrumento para certificar y consagrar el mérito ante el excesivo número de aspirantes a los puestos de trabajo. Se espera que los certificados hablen por sí mismos y sean instancias "democráticas", "objetivas", "racionales" e "imparciales". La calificación a través de un número es una prueba de este afán de objetividad. Sin embargo, contrariamente a esta pretensión, el juicio del docente suele estar condicionado voluntaria o involuntariamente por una serie de factores que incluyen desde su perspectiva ideológica hasta la empatía que puede sentir por el alumno, consideraciones raciales, de adscripción de clase o asociadas a los modales, al vestido e incluso a la cosmética. Eduardo tenía un aire de hippie de los setenta, su tez era morena y sus ojos no eran celestes como el modelo de alumno sajón que favorecía la profesora émula de Hitler. Las consideraciones que influyen en el criterio de los docentes tienen a menudo un sesgo oculto de clase, de modo que no se evalúan sólo conocimientos sino matices sutiles de estilo que tienen clara raíz en el origen social de los alumnos.

Comentamos el modo en que hoy en día la escuela, el colegio y la universidad son aparatos de examen ininterrumpido que acompañan todo el proceso de enseñanza. No siempre esto fue así. El examen apareció en Occidente con la universidad medieval. Antes el médico o el artesano se formaban directamente en la práctica, junto a la supervisión tutelar de un maestro con el que se mantenía una relación muy estrecha. En la antigüedad y en la Edad Media se desconoció el concepto de enseñanza formal, que se reduce a una transmisión más o menos impersonal de conocimientos y hábitos. Tal como expresó Jenofonte, se consideraba que "nadie puede aprender nada de una persona que no le agrada". La educación antigua fue concebida como una profunda comunicación personal en la que el mayor debía ser al mismo tiempo educador, amigo e ideal del menor. Un pedagogo a sueldo para un antiguo no hubiera sido más que un esclavo.

De este modo, comentamos cómo mientras por un lado el sistema de exámenes se presenta a sí mismo como democrático y se resiste a la creación de una "casta" privilegiada de ciudadanos, por el otro legitima la existencia de una élite basada en los certificados educativos, perpetuando la presente división social del trabajo. Tal como señaló Max Weber, el examen y los concursos se instauran por doquier y, bajo una aparente fachada democrática, revelan el deseo de restringir la oferta de ciertas posiciones y su acaparamiento por parte de los titulares de certificados educativos. La pareja aprobado-desaprobado oculta la exclusión que realiza el sistema educativo antes de que exista ocasión de presentarse a la instancia selectiva del examen. Los eliminados son asimilados a los que fracasan; deberían aceptar la justicia de su destino porque habrían tenido su oportunidad, mientras los elegidos creen haber legitimado objetivamente su mérito.

Una objeción válida que podría realizarse a toda crítica radical del sistema de exámenes tendría en cuenta los problemas vinculados con laresponsabilidad civil en el ámbito de ciertas profesiones. Sin exámenes ni matrícula profesional, ¿qué garantía mínima de idoneidad podría suministrar un médico o un ingeniero? Cabría preguntarse, no obstante, si los títulos por sí mismos son garantía de eficacia, si no legitimaron nuevas formas de impunidad ante la mala praxis, o si la supremacía que Occidente otorgó a la teoría sobre la práctica no se expresa en un sistema en el que la eficacia de la práctica es desplazada en favor de la declaración fundamentalmente teórica que reflejan los títulos universitarios.

Eduardo no había reprobado el examen por desinterés o falta de esfuerzo, por una insuficiente comprensión del contenido de la materia ni porque sintiera temor ante las evaluaciones. Y aún cuando hubiera reprobado por una insuficiente comprensión del contenido de la materia, ¿es justo que la instancia aparentemente "objetiva" del examen excluya la consideración de los ritmos diversos de aprendizaje? ¿Es justo que la función del profesor sea menos la de suscitar un interés que la de juzgar el rendimiento de un alumno?

Eduardo no encajaba en el modelo de profesionalidad al que parecen limitarse nuestras universidades. Quería estudiar filosofía para enriquecer su formación personal, y no necesariamente para dedicarse a esta disciplina a nivel profesional. Prefería hacerlo en la facultad y no en su casa para compartir su interés con otras personas. Le recordé que la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires justamente había sido creada al servicio del ideal humanista, que pone su acento en el enriquecimiento de la formación personal y no en la educación de especialistas, y le pregunté si ya que no quería dedicarse profesionalmente a la filosofía no contemplaba la posibilidad de asistir a la facultad como oyente, para evitar de ese modo la presión de los exámenes. Respondió que si bien en principio su idea no era dedicarse profesionalmente a la filosofía, pensaba que el título en algún momento quizá podía servirle para mejorar su situación laboral. En ese caso, sugerí que no se sintiera intimidado por una profesora que creía adquirir prestigio reprobando a siete de cada diez alumnos, que dejara pasar unos años y, como la correlatividad de las materias era optativa, esperara a ver si se creaba una cátedra paralela. Si esto no ocurría, era posible rendir el examen solicitando la presencia de testigos que no pertenecieran a la cátedra y que pudieran favorecerlo llegado el caso.

Respecto a su preocupación por la posibilidad de no tener vocación para una tarea definida, le propuse analizar el concepto de vocación y ver de qué manera se relacionaba con su inquietud. La palabra vocación originalmente significó el llamamiento divino para el desempeño de una tarea. El trabajo aparece desde el ideal de la vocación como un factor providencial, como un destino. El calvinismo acentuará este componente de predestinación. Incluso antes de la creación del universo, dios ha decidido quienes ganarán la salvación eterna y quienes se hundirán en los abismos del infierno. Weber dirá que en este contexto no habrá creyente que no deje de plantearse si es o no parte del círculo de los elegidos. Aunque hoy en día el concepto de vocación hace referencia a la disposición o inclinación por una carrera, conserva sin duda la impronta religiosa de predestinación que le imprimió en un comienzo el protestantismo. Discutimos también el modo en que esta idea de "llamamiento divino para el desempeño de una tarea" ha legitimado la desigualdad en la división social del trabajo: en la Edad Media legitimó la posibilidad de que unos se dedicaran a orar (oratores), otros a pelear (bellatores) y otros a trabajar (laboratores). En la modernidad, revolución industrial mediante, legitimó una injusta división social del trabajo que favorece el trabajo intelectual por sobre un trabajo manual repetitivo, hiperespecializado y maquinal.

Toda persona puede ser, salvo excepción, apta para todo. Criticar la idea de vocación no equivale a echar por tierra la posibilidad de que cada quien desarrolle su interés, sino a considerar como una riqueza la diversidad de intereses. El amor de Eduardo por la filosofía, el diseño gráfico, el periodismo y la música no era un índice de dispersión. Estas actividades no eran incompatibles. No aspiraba a ser médico, abogado, ingeniero, chef, piloto de avión y futbolista. A menos que viviera quinientos años, difícilmente llegara a disfrutar de todas estas actividades o a desarrollarlas con cierta eficacia. Sus intereses en cambio eran compatibles, podían alternar en una u otra etapa de su vida y era posible sacar provecho de ellos como a una paleta de colores que admitían novedosas combinaciones.

En relación a la inestabilidad de la empresa de diseño gráfico para la que trabajaba y a la incertidumbre por la posibilidad de ser despedido, estudiamos las alternativas que tenía para generar emprendimientos autónomos. Como varios de sus compañeros de trabajo estaban en la misma situación, discutimos la posibilidad de que en el caso de que fueran despedidos se juntaran para desarrollar una cooperativa de trabajo.

Los compañeros se entusiasmaron con esta alternativa y pensaron en desarrollarla aún si mantenían su fuente de trabajo. A partir de nuestros encuentros Eduardo no dejó de angustiarse por completo por la incertidumbre de su situación laboral, pero incorporó algunas herramientas para reflexionar en torno al tema de la vocación, pudo oponer argumentos a la idea de sus padres de que en sus veinticinco años no había hecho más que dispersarse en un abanico de actividades, dejó de valorar al examen como el legítimo juez de su mérito y avanzó en el proyecto de formar una cooperativa con sus compañeros de trabajo.

 

 

Rosa

 

 

(Un caso de Consultoría Filosófica por email)

 

Rosa vive en el sur de la Argentina y recurrió a la Consultoría Filosófica a través del correo electrónico. Esta es una síntesis de algunos de nuestros intercambios.

 

Estimada Roxana:

 

Mi consulta se vincula con la necesidad de tomar una decisión en torno al futuro de mi madre, que acaba de cumplir ochenta años. Soy hija única, y en este momento me siento responsable por ella. Hace un mes mi madre sufrió una caída en la que milagrosamente no se rompió la cadera. Ambas sabemos que el próximo accidente puede costarle la vida. Le sugerí de corazón que se venga a vivir con nosotros: estoy casada y tengo tres hijos adolescentes que la adoran. Agradeció el ofrecimiento pero respondió que prefería seguir en su casa, al amparo de sus recuerdos, sus objetos y sus rincones más queridos. Insistí reiteradamente, pero se niega a dejar su casa, y ni siquiera acepta la asistencia de una enfermera permanente. El médico me alertó acerca del peligro de dejarla sola, y en la desesperación llegué a sugerirle que otra posibilidad era recibir los cuidados necesarios en un geriátrico, alternativa que tomó prácticamente como una ofensa. Quiero decirle que el ofrecimiento de llevar a mi madre a vivir conmigo ha sido formulado con sinceridad y afecto. Mi madre no lo acepta porque me parece que desde que murió mi padre, y particularmente desde que me casé, le ha tomado el gusto a la independencia, a la comodidad de comer a la hora que le da la gana, a moverse sin tener que rendir cuentas a nadie.

Mis familiares ejercen mucha presión sobre mí, tratan de convencerme de que no la deje sola y me dicen que si vuelve a caerse yo seré la responsable de lo que ocurra. Los vecinos de mi madre me miran mal y han llegado a decirme que si no tomo medidas al respecto me iniciarán una demanda por "abandono de persona".

Trabajo ocho horas por día, tengo que atender a mis tres hijos, y sólo me queda tiempo para compartir con mi madre dos almuerzos durante la semana y los domingos por la tarde. De modo que no tengo mucho tiempo para estar con ella. Semanalmente la visitan dos personas, además de mis hijos.

La verdad es que no sé qué decisión tomar. Si respeto el deseo de mi madre, la consecuencia de una nueva caída podría ser fatal. Si la llevo a vivir conmigo o si la interno un geriátrico, no respetaría su voluntad y me sentiría profundamente culpable. ¿Qué decisión cree que resultaría más conveniente tomar?

 

Atte.

 

Rosa

 

 

Estimada Rosa:

 

No es fácil enfrentar un dilema ético como el que se le presenta. En filosofía llamamos dilema ético a una situación que puede resolverse de dos maneras distintas, cada una de las cuales cuenta con consideraciones válidas que la justifican. El dilema plantea la necesidad de elegir un deber y desestimar otro que también resulta válido. Así como existe una teoría del mal menor, el dilema ético impondrá la elección de un bien mayor. Platón presenta un ejemplo clásico: un hombre pide prestada un arma a su vecino, prometiendo devolverla. El vecino un día se la pide de vuelta, aparentemente con la intención de matar a alguien. Si cumple con su promesa, será cómplice de un asesino; si no le devuelve el arma, no cumple con su promesa.

¿Cómo encontrar la solución más adecuada para el dilema que se le presenta? ¿Qué principios éticos entran en conflicto? Si opta por llevar a su madre a la fuerza a vivir con usted, o por llevarla en contra de su voluntad a un geriátrico, primaría el principio ético del cuidado. Si opta por respetar la voluntad de su madre, primaría el derecho de su madre a la autonomía.

Una pregunta por formularse sería: ¿a quién le pertenece la vida de su madre, a sus seres queridos, al Estado, a dios, a los vecinos o a ella misma? Uno de los tópicos filosóficos que compromete el problema que se le presenta con su madre es el de la autonomía individual. Este tema, el del "gobierno de sí mismo", el de la libre configuración de la propia vida, está presente en el modelo de virtud del taoísmo y en varias escuelas filosóficas.

El ideal moderno de autonomía es el ideal del individuo, el del respeto por el derecho a la autodeterminación de la propia vida, el derecho a darse la propia ley, de allí su etimología griega: autós, propio, nomós, ley, el derecho a elegir y decidir sin depender de influencias externas, un derecho que no hay que confundir con la imposición globalizada del individualismo, que reconoce pocos compromisos éticos con los demás y se desentiende de aquellos a quienes corresponde cuidar. La autonomía es lo opuesto a la heteronomía, que existe cuando otros imponen leyes a nuestra vida, y lo opuesto al paternalismo, que es la limitación intencional de la libertad de una persona en nombre de su propio bien.

Me contaron que los habitantes de un pequeño pueblo de España solían suicidarse en un árbol que la municipalidad, para prevenir nuevas muertes, había decidido talar. Los vecinos del pueblo hicieron una manifestación para que no talaran el árbol, en la defensa de su legítimo derecho a ser dueños de su propia vida hasta en el último de sus actos.

Foucault explicó muy bien cómo a partir del siglo XVIII nace el concepto de salud pública, que a través de muy sutiles desplazamientos llegó a postular que la vida pertenece antes al Estado que al individuo. El ideal de la autonomía no trae necesariamente de la mano la insolidaridad ni la indiferencia. A mi modo de ver es posible respetar la decisión de su madre y buscar la forma en que pueda sentirse más acompañada por sus seres queridos.

Me gustaría también preguntarle: ¿Qué considerá más valioso en la vida, su duración o su plenitud?

 

Un afectuoso saludo

 

Roxana

 

 

Estimada Roxana:

 

Me causa gracia su pregunta acerca de si la vida de mi madre pertenece a sí misma o al Estado, a dios o a los vecinos. Es evidente que la vida de mi madre no me pertenece, pero me siento responsable por ella. Si sufre una nueva caída, creo que no podré soportar el dolor y la culpa que me generará esta desgracia. A su pregunta de si no es posible que pase más tiempo acompañada, le respondo que, tal como le manifestaba en la primera carta, por razones de trabajo no puedo compartir con ella más de dos almuerzos por semana, y los domingos a la tarde, el día en que viene a visitarnos. Mi madre tiene dos sobrinas que la visitan semanalmente, y mis hijos la van a ver cada tanto. Cuenta con ayuda para las tareas domésticas, pero eso implica una compañía de dos mañanas por semana. Mi madre no aceptaría convivir con alguien que destine buena parte de su tiempo a servirla, y no tolera que otros se entrometan durante mucho tiempo con sus cosas. Además, con los años se ha vuelto más intolerante y perdió contacto con algunos de sus familiares.

Respecto a su pregunta de qué considero más valioso en la vida, si su duración o su plenitud, le respondo, como parece evidente, que aunque considero más valiosa su plenitud, no dejo de preguntarme si realmente haré lo correcto si, como usted sugiere, respeto la voluntad de mi madre. Sé positivamente que si estuviera en el lugar de ella elegiría pasar mis últimos años junto a mi familia. Esta diversidad de perspectiva también dificulta mi decisión.

 

Atte.

 

Rosa

 

 

Estimada Rosa:

 

Comprendo que se sienta responsable, pero le pregunté a quién cree usted que pertenece la vida de su madre porque me pareció que de sus palabras se desprendía la posibilidad de que usted sintiera que en algún punto la vida de su madre le pertenece. Creo que la culpa puede ser la expresión del sentido de justicia.

Sólo sienten culpa las personas responsables en las que es posible confiar. Si respeta usted la decisión de su madre, el derecho a ser dueña de su propia vida, no encuentro razones para que se sienta culpable. Por el contrario, creo que a menos que su madre cambie de parecer en el futuro, debe sostener con firmeza su decisión y no seguir dudando si tomó o no el camino adecuado.

En relación a si consideramos más valiosa la duración o la plenitud de la vida, cabría considerar la posibilidad de unir ambas cualidades, tal como lo hace Séneca en las Cartas a Lucilo, cuando dice que la vida es larga si es plena (y no al revés), y se hace plena cuando somos dueños de nuestro tiempo y nuestras acciones. Vivir plenamente para que, sea cuando sea que nos toque morir, no tengamos cuentas pendientes. Séneca ubica a la vida digna muy por encima de la vida a secas. Es algo parecido a lo que decía el chiste de Mafalda: "Si vivir es durar prefiero un simple de los Beatles a un long-play de los Boston Pops". El amor a la vida puede aparecer como lo contrario del amor a la longitud de la vida. Una buena muerte forma parte de una buena vida. Los médicos trabajan al servicio de la prolongación de la vida, pero no reflexionan mucho sobre qué es la vida. Morir se ha convertido en algo solitario, mecánico, impersonal. Se arrebata al enfermo de su ámbito familiar y se lo lleva urgentemente al hospital o al geriátrico. Al anciano y al enfermo se le quita el derecho a opinar, otros toman decisiones por él y si se rebela lo silencian con sedantes. El médico cosifica al paciente al ocuparse de una parte aislada de su cuerpo y no de su integridad como persona.

Creo que su madre, como todo ser humano, merece tanto una buena vida como una buena muerte. Aunque tenga ideas diversas a las suyas, merece ser respetada en su decisión. Para usted será una buena oportunidad de practicar la virtud de la tolerancia, que es el respeto a opiniones o formas de conducta que pueden parecernos extrañas.

No tenga dudas de que demorará la muerte de su madre defendiendo su manera de vivir.

 

Un afectuoso saludo

 

Roxana

 

 

Estimada Roxana:

 

Creo que respetaré la decisión de mi querida madre, pero créame que no me resultará fácil hacerlo. Sigo dudando acerca de si se tratará más bien de un problema de orgullo o si realmente quiere seguir viviendo sola, pese a los riesgos que corre. Seguiré oyendo a mi madre, cavilando mi dilema y en los próximos días tomaré una decisión. Puedo adelantarle que es muy probable que respete la voluntad de mi madre, pero necesito tiempo para deshilvanar este problema con calma, en vista de sus múltiples consecuencias. Creo que a partir de nuestro intercambio de correspondencia cuento con una perspectiva más amplia para enfrentarlo.

 

Con sincero afecto

 

Rosa

 

(En la Argentina Artes del buen vivir puede ser adquirido en librerías 

o mediante una solicitud a edicionesanarres@yahoo.com

Consulte a esta misma dirección de email para envíos al exterior)

 

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