Desigualdad y violencia social: 

Análisis y propuestas según la 

evidencia científica

Roxana Kreimer

Editorial Anarres

2010

 

 

 

 

 

Contratapa:

Todos opinan sobre el llamado problema de la inseguridad. Este libro se propone analizarlo y formular propuestas en base a la evidencia científica, ya que la mera opinión es el escalón más bajo del conocimiento. Muchos opinan que a corto plazo el problema se resuelve fortaleciendo a la policía, y a largo plazo con reformas sociales. Pero la evidencia científica no revela eso. Más de cincuenta estudios señalan que el factor que más correlaciona con la violencia social es la desigualdad. Las políticas públicas centradas en el fortalecimiento de la policía no han sido efectivas en ningún lugar del mundo. La desigualdad no es la única variable que incide, hay otras, pero es la de mayor peso en todo el mundo. Esto ocurre porque las sociedades que se pretenden democráticas (no estamentarias) plantean en lo formal las mismas metas para todos, pero en la práctica sólo algunos las pueden alcanzar. Una verdadera obsesión en los asaltos violentos es el robo de zapatillas de marca que cuestan entre un tercio y un cincuenta por ciento del salario mínimo. Es decir, no se trata simplemente de arrebatar un par de zapatillas, sino de robar una porción de prestigio social. En contextos tradicionalmente pobres, la miseria no genera delitos, ya que no hay una gran distancia entre lo que una persona desea y lo que posee. No podrían aspirar a otra forma de vida porque no la conocen o porque no se creen con derecho a acceder a ella, además de que no habría a quien robarle. Es por ello que el problema de la inseguridad expresa la tensión entre democracia y desigualdad. ¿Hasta qué punto podemos seguir hablando de democracia sobrepasados ciertos niveles de inequidad? Desigualdad y violencia social realiza un diagnóstico del problema a la luz de numerosos trabajos científicos existentes y propone una serie de medidas estructurales y de rápida aplicación que han demostrado ser efectivas en otras partes del mundo y que fueron presentadas por la autora en el Senado de la Nación ante legisladores de distintas extracciones políticas.

Los países europeos con menos violencia tienen coeficientes más bajos de desigualdad y cuentan con subsidios o variantes de la renta universal que permiten garantizar a todo ciudadano bienes básicos para la vida, más allá del gobierno de turno, del aumento de precios y de las tasas de desocupación.

El libro analiza algunos casos particulares detrás de las estadísticas, los delitos de cuello blanco y otras variables relacionadas con la violencia como las armas de fuego, las cárceles, las drogas y la inseguridad generada por la policía. Todo un capítulo está consagrado a reflexionar sobre el concepto de pobreza, que es más complejo de lo que aparenta a simple vista, puesto que en las sociedades democráticas la desigualdad se expresa en la idea de pobreza relativa. También se analizan las causas estructurales de la inseguridad, que se vinculan con el núcleo duro del capitalismo, y se pone a consideración otra forma de organización social que está presente en prácticas existentes como el cooperativismo o los presupuestos participativos. Más allá del tema puntual de la violencia social, este es un libro de teoría política. Sugiere formas de organización social que permitirían profundizar la vía democrática a través de una justa distribución de la riqueza, modelos autogestionarios de administración, complejos equilibrados de trabajo y remuneración acorde al esfuerzo y al sacrificio.

 

Víctor Hugo Morales recomienda el libro y presenta en su programa “Bajada de línea” un informe especial basado en “Desigualdad y violencia social”. Canal 9. 13 de febrero del 2011  

http://www.youtube.com/watch?v=6r8ReHGiBlM

ÍNDICE

Introducción

1. Violencia social e inequidad: análisis y propuestas (Ponencia presentada en el Senado de la Nación Argentina, el 11 de junio del 2009)

1.1. La desigualdad, el factor más determinante

1.2. Algunas medidas que pueden contribuir a resolver el problema de la violencia

1.2.1. Ingreso Básico Ciudadano (o Renta Básica Universal)

1.2.2. Becas en el área educativa y de capacitación

1.2.3. Colegio secundario obligatorio, con salida laboral y educación para la vida

1.2.4. Capacitación laboral para jóvenes en situación de vulnerabilidad

1.2.5. Concejo para la asignación de empleos

1.2.6. Creación de un Observatorio Social

1.2.7. Microcréditos para la formación de cooperativas

1.2.8. Redes que contribuyan a la integración social

1.2.9. Reintegración de las personas que delinquen a la sociedad

1.2.10. Límites a la acumulación de la riqueza

1.2.11. Límites al derecho sucesorio

1.2.12. Políticas en torno al consumo de drogas

1.2.13. Límites en el uso de armas de fuego

1.3. Conclusiones

2. Algunas historias detrás de las estadísticas

3. Los delitos de cuello blanco

3.1. Qué es un delito de cuello blanco

3.2. Cómo enfrentan los distintos países la posibilidad de corrupción

3.3. El patrimonio de los Kirchner

3.4. ¿El poder corrompe? Qué dicen los estudios de psicología experimental al respecto

4. Las políticas represivas

4.1. Acción policial

4.2. La inseguridad generada por la policía

4.3. Las cárceles

5. Nuevos conceptos de pobreza que correlacionan con la violencia en democracia

5.1. Breve historia comentada de las teorías sobre la pobreza

5.2. Qué es la pobreza. Diferencias entre pobreza absoluta

y relativa. Otros conceptos de pobreza

5.3. La pobreza en los países ricos

5.4. Cuando lo que se describe como pobreza no lo es

5.5. La teoría del derrame

5.6. La pobreza en la Argentina

5.7. La filosofía del gradualismo

6. Las condiciones estructurales de la violencia social

6.1. Una definición del capitalismo

6.2. Los seis principios básicos del capitalismo

6.2.1. Predominio de la propiedad privada de los medios de producción. Compra y venta de la fuerza de trabajo

6.2.2. Apropiación de plusvalía

6.2.2.1. El problema de la libertad

6.2.2.2. El beneficio o ganancia como absoluta prioridad

6.2.2.3. Un chiste que pretende legitimar al capitalismo con presupuestos falsos

6.2.3. Distribución y competencia por las ganancias en el mercado

6.2.3.1. El rol del Estado

6.2.3.2. La globalización

6.2.3.3. El Estado de Bienestar

6.2.4. Uso del dinero como medio universal de cambio

6.2.5. Monopolio de las decisiones

6.2.6. División corporativa del trabajo

6.2.6.1. El desarrollo tecnológico

6.3. El Producto Bruto Interno

6.4. La meritocracia

6.5. La crisis del capitalismo de fines del 2008

6.5.1. Algunas soluciones posibles frente a la crisis

6.6. ¿Es posible vivir sin inseguridad en el capitalismo?

7. Las trampas de la sociedad de consumo

7.1. El impacto del consumo en el bienestar

7.2. El esfuerzo para fabricar los bienes materiales

7.3. Los efectos del consumo en el equilibrio ecológico

8. Las alternativas tradicionales que se oponen al capitalismo

8.1. El comunismo

8.2. El socialismo

8.3. El anarquismo

8.4. Tomar lo bueno de cada sistema

9. El cooperativismo: una forma menos inicua de organización social

9.1. Trabajar sin patrón: experiencias autogestionarias exitosas

9.2. Qué es una cooperativa

9.3. Breve historia del movimiento de autogestión

9.4. El movimiento cooperativo en la Argentina

10. Parecon (Economía Participativa): un modelo de organización social que podría resolver el problema de la inseguridad

10.1. Principales características de Parecon

10.1.1. Consejos de productores y consumidores

10.1.2. Complejos equilibrados de trabajo

10.1.3. Remuneración acorde al esfuerzo y al sacrificio

10.1.4. Planificación participativa

10.2. ¿No es el marxismo con otro envoltorio?

10.3. Reformas graduales

10.4. Antecedentes de Parecon

10.4.1. Presupuesto participativo: la experiencia de Porto Alegre

10.4.2. Las experiencias de autogestión en la Argentina

10.5. Michael Albert en la Argentina

10.7. ¿Hay alternativa para las instituciones actuales?

Epílogo

Notas

Bibliografía básica

 

FRAGMENTOS DEL LIBRO

La desigualdad (medida a través del coeficiente de Gini) es lo que más correlaciona con el homicidio en gran cantidad de países, incluida la Argentina. El coeficiente de Gini es un número entre 0 y 1 (a veces se expresa en porcentaje, multiplicando el coeficiente por cien, y se denomina índice de Gini) en el que el cero se corresponde con la perfecta igualdad (todos tienen los mismos ingresos) y el 1 con la perfecta desigualdad (un grupo tiene todos los ingresos y todas las demás personas ninguno). Cambios temporales en el coeficiente de Gini predicen cambios en las tasas de homicidio. Fleisher fue pionero en la visión que tomó en cuenta el papel que juega el ingreso en la cantidad de crímenes y delitos. En 1960 este autor observó que a medida que subían los ingresos bajaban las tasas de crímenes y robos cometidos por hombres jóvenes. También encontró que la inequidad (es decir, la desigual distribución de la riqueza) jugaba un papel importante en relación a la violencia social. En 1973 Erlinch siguió investigando en esta línea y comprobó que influían las oportunidades brindadas por las potenciales víctimas. En este estudio se planteó la hipótesis de que la inequidad sería la principal causa de la delincuencia por obra del llamado “efecto envidia”, que encuentro más apropiado denominar “justa indignación”, en virtud de la imposibilidad de cumplir con los fines que una sociedad democrática propone para el ciudadano medio, sumado a la disponibilidad de personas con recursos económicos a las que es posible robar (cuando la mayoría es pobre, hay menos ocasión de que un robo resulte lucrativo).

 

Tomemos los datos correspondientes al 2004 de algunos países con bajos coeficientes de desigualdad:

• Finlandia: Gini 0,25 - Tasa de homicidios 2,75 c/10.000 por día

• Suiza: Gini 0,33 - Tasa de homicidios 2,94 c/10.000 por día

• Alemania: Gini 0,30 - Tasa de homicidios 0,98 c/10.000 por día

Veamos ahora los datos de países con mayor inseguridad:

• El Salvador: Gini 0,53 - Tasa de homicidios 43,4 c/10.000 por día

• Venezuela: Gini 0,49 - Tasa de homicidios 34 c/10.000 por día

• Paraguay: Gini 0,57 - Tasa de homicidios 18 c/10.000 por día

A mayor desigualdad social, mayor violencia.

• Argentina: Gini 0,51 - Tasa de homicidios 6,8 c/10.000 por día

• Estados Unidos: Gini 0,40 - Tasa de homicidios 5,5 c/10.000 por día

 

Como vemos, la violencia es el precio de la desigualdad social. Y lo es en contextos democráticos, allí donde la sociedad propugna el ideal de que todos mediante su esfuerzo y su talento tienen las mismas posibilidades de ascenso social, sin que muchos de sus miembros encuentren un ámbito propicio para lograrlo.

En sociedades que tradicionalmente han sido pobres no hay un índice elevado de delitos, ya que no hay una gran distancia entre lo que una persona posee y lo que desea. Como no conocen ni aspiran a llevar otro tipo de vida, no los tienta la posibilidad de delinquir. También en países tradicionalmente jarárquicos como la India , donde la religión juega un rol pacificador, los índices de delitos han sido bajos, ya que la sociedad no propone las mismas metas para todos. Las personas ubicadas en la escla más baja de la sociedad no aspiran a obtener los bienes de los que disfrutan los sectores más privilegiados.

En contextos formalmente democráticos como el de la Argentina , en cambio, se promueven, al menos como ideal, metas comunes de consumo y bienestar para el conjunto de los habitantes. Esta situación se agrava aún más si han mejorado su nivel social durante un tiempo y una crisis económica les quita lo poco que poseen (pauperización). La correlación inequidad-violencia atañe fundamentalmente a los Estados modernos.

Es significativo que sea muy común el arrebato de zapatillas de marca cuyo precio representa entre un tercio y un cincuenta por ciento de un sueldo mínimo. Con frecuencia las zapatillas de marca son lo primero que compra un adolescente que acaba de robar. Cuenta Daniel Míguez que en la bailanta, donde se construyen muchos de los rasgos de pertenencia grupal, los músicos de cumbia villera llevan al escenario el estilo clásico de los pibes chorros, y las zapatillas ostentosas son parte fundamental de ese atuendo. No se trata de acceder simplemente a un calzado, sino a una porción de prestigio social y a un sofisticado objeto de consumo que la publicidad insta cotidianamente a adquirir. El razonamiento de un joven que está en conflicto con la ley podría ser: “¿Por qué voy a respetar al que me está perjudicando o al que acumula una riqueza descomunal, y tiene la posibilidad de comprarse esas zapatillas, mientras mis oportunidades de progreso social son casi nulas?”.

En una entrevista, una mujer que roba en negocios para revender en la villa (se las conoce como “mecheras”) cuenta que su hija ahora tiene las mismas zapatillas que la hija de la princesa argentina de Holanda, y que Wanda Nara, la esposa de un futbolista de primera división.

Episodios como éste también revelan la ruptura del lazo social, la desaparición del compromiso cívico y el incremento del comportamiento antisocial.

A medida que disminuye la inequidad, aumenta el sentido de pertenencia a la comunidad. En cambio si la inequidad se eleva, el prójimo pasa a ser objeto de envidia, odio, resentimiento e indiferencia, y esos son los primeros pasos que operan como condición de posibilidad para la violencia social.

La desigualdad vuelve más probable la violencia social, crea las condiciones para que aumente la cantidad de delitos, lo que no equivale a afirmar que cada sujeto en situación de desigualdad social corre directo a delinquir. La existencia de determinados contextos vuelve más probable una consecuencia, pero no la determina. La relación entre la desigualdad y la violencia social es probabilística.

De otra manera cometeríamos el error de afirmar que todos los pobres son delincuentes, y contribuiríamos a reproducir el consiguiente estigma que deriva de esta consideración. La inequidad brinda más oportunidades de que una persona cometa actos delictivos, pero no lo determina.

Un problema que se observa en algunos investigadores es que tratan de desvincular a la violencia social de la pobreza porque no quieren que los pobres sean estigmatizados mediante una operación por la cual se los consideraría a todos -o a la mayoría- delincuentes, abriendo la puerta para que los policías los repriman todavía más, allanando ferozmente las villas, o cercándolas. También es muy común oír en los medios de difusión el siguiente argumento: “Si las condiciones socioeconómicas tuvieran que ver con el problema de la ´inseguridad´, todos los desempleados en situación de pobreza robarían.”. Después se aduce que como esto no ocurre, es evidente que la causa del conflicto es exclusiva o preponderantemente ética y no socioeconómica. ¿Cuál es error de este razonamiento? La desigualdad (el factor que más correlaciona con el problema, que es multicausal) y la necesidad económica no generan por sí solas el delito, pero acentúan sus condiciones de posibilidad mediante el debilitamiento familiar, la pérdida de lazos comunitarios y el atractivo de un camino trasgresor para acceder a los bienes que la sociedad promueve pero escatima. No se trataría de variables de un valor explicativo total sino de factores de riesgo. Para que una persona salga a robar a menudo tiene que producirse una relativización de la escala de valores.

El desempleo produce un clima anómico y una pérdida de las rutinas que estructuran la existencia.En nuestra sociedad el trabajo otorga identidad a las personas, las integra socialmente, organiza su vida en etapas (cuando primero se estudia) y su cotidianeidad en rutinas. La falta de trabajo y de normas implica con frecuencia una pérdida de los estímulos que organizan la vida, la disolución de los lazos de contención y la pérdida del sentido global que se le da a la vida, vinculado con la generación de proyectos a largo plazo. Esta posibilidad se incrementa si se producen fenómenos como el alcoholismo y la disolución de lazos de contención. Los jóvenes que están en conflicto con la ley suelen tener dificultad para recordar de qué trabajó su padre, ya que lo más común, si lo conocieron, es que hiciera changas en distintos rubros.

Se participa en episodios conflictivos con la ley por justa indignación, en virtud de que todos los días ven desfilar ante sus ojos la vida que la sociedad les dice que podrían disfrutar pero que esa misma sociedad les niega, para obtener pequeños o grandes botines y también para formar parte de una aventura o combatir el aburrimiento. Con frecuencia los jóvenes aprenden a robar contactándose con otros jóvenes en la calle. Muchos de los que roban también trabajan y/o estudian. El dinero robado, a diferencia del que se gana mediante el trabajo, a veces es utilizado para “darse un gusto” mediante gastos extraordinarios, como gastaría un miembro de la clase media la plata ganada en el casino. En el acto delictivo están presentes el resentimiento contra la cultura convencional y el deseo de alcanzar estándares de consumo, reconocimiento y poder. Es en este sentido que puede sostenerse que el llamado fenómeno de la “inseguridad” es propio de las sociedades democráticas, es decir, de contextos en donde se produce una brecha entre las expectativas y objetivos que genera la sociedad y las posibilidades reales de lograrlos.

Dentro y fuera de la cárcel, las bandas de jóvenes que se dedican a tareas delictivas responden a esquemas jerárquicos y alternativos de poder y reconocimiento.

Miguez muestra muy bien cómo las subculturas del delito no sólo permiten a sus integrantes proveerse de bienes materiales sino también consagrar el orden ético de una vida marginal, con un sistema de regulaciones sociales en las que se puede llegar a posiciones de prestigio y poder que son negadas en la sociedad mayor.

En algunas entrevistas televisivas realizadas a jóvenes en conflicto con la ley, se observa un marcado desprecio por el mundo del trabajo, y en particular por los “giles que trabajan”, tal vez en la consideración de que el trabajo a menudo exige, al menos para ellos, un excesivo sacrificio en función del bienestar económico que procura, y que los que obtienen mucho dinero rara vez lo hacen a través del trabajo.

El desempleo permanente o la falta de estabilidad laboral contribuyen a que se pierda progresivamente la capacidad de transmitir a las nuevas generaciones valores vinculados con el trabajo, la educación y la familia. Durante la década del noventa, en la Argentina el salario de los sectores de baja calificación disminuyó en un 40%. Pocos años después, más de la mitad de la población cayó por debajo de la línea de pobreza. Los jóvenes que hoy delinquen crecieron en la década del noventa y no conocieron el modelo de estabilidad laboral de las generaciones anteriores ni la dignidad personal que esto conllevaba para sus abuelos, encarnada en la máxima “Del trabajo a casa y de casa al trabajo”, que definió a los sectores populares durante décadas.

En este ámbito el varón dejó de ser el principal proveedor económico del hogar y fue sustituido en esa tarea por mujeres y niños. La mayoría de los jóvenes que delinquen nacieron en familias monoparentales, vivieron privaciones en la infancia, mientras observaban el ascenso de otros grupos sociales.

Si la famila, el colegio, el trabajo o la casa dejan de ser vistos como espacios propios, para los marginados y los desempleados, el grupo de pares en la calle y sin ocupación específica es constituido como ámbito de referencia. Estos grupos generan sistemas de creencias y jerarquías alternativas. La violencia se convierte en (1) una fuente de ingresos alternativa, (2) una acción aventurera y una expresión de coraje y de fuerza física y (3) un canal de resentimiento. La vida es el espacio de la absoluta inmediatez.

En uno de los mitos griegos, Tántalo fue sometido al suplicio de padecer sed al borde de un lago que se alejaba cada vez que él intentaba beber de sus aguas. Esta historia probablemente sintetice el padecimiento de muchos ciudadanos que no pueden alcanzar los bienes que la sociedad les muestra pero al mismo tiempo les escatima. Lamentablemente la ciudadanía no oye las historias singulares de la inequidad, y tal vez por eso, inconmovible frente a las frías estadísticas, no marcha ni se manifiesta públicamente en contra de este problema que, en caso de continuar, seguirá promoviendo a la violencia como el precio de la injusticia social.

La inseguridad es el precio que pagamos por vivir en un mundo extremadamente desigual.

Mientras un incremento del desempleo del 10% aumenta la tasa de delito en 1.9%, un aumento del 10% en la desigualdad de ingresos aumenta la delincuencia en un 3%.

Durante la década del noventa la preocupación por la pobreza y la justicia social se convirtió en preocupación por la inseguridad, un concepto que engloba formas muy diferentes de transgredir la ley y expresa el encuadre de los sectores medios y altos de la sociedad. ¿Hay mayor inseguridad que la de no disponer de bienes básicos para la vida? Actualmente en la Argentina hay más de 900.000 jóvenes que no estudian ni trabajan. Tienen entre 16 y 24 años y están en situación de vulnerabilidad social, no saben qué hacer o para qué esforzarse ni suelen formar parte de ningún programa de inclusión juvenil, y cuando ingresan temporariamente al mundo laboral lo hacen en tareas de baja calificación y no mediante un trabajo enriquecedor que pueda brindarles un sueldo digno.

Adam Smith ya había observado que la inequidad era una fuente de violencia social cuando escribió: “La abundancia del rico excita la indignación del pobre imprudente, y la necesidad y la codicia le impelen a invadir las posesiones del otro”.13 Cerro y Meloni sostienen que es posible que, como sucedió en la década del 90 en Argentina, un crecimiento del producto bruto sostenido e importante sea acompañado por un deterioro en la distribución del ingreso, ante lo cual es de esperar un aumento en la tasa de delincuencia.

ACCIÓN POLICIAL

La represión es el método menos eficaz para enfrentar el problema del delito. Mediante la llamada política de “mano dura” se corre el riesgo de “criminalizar la pobreza”, es decir, de considerar sospechosas a todas las personas en situación de pobreza y a quienes posean rasgos étnicos de grupos que habitualmente son discriminados. Gran cantidad de políticos y de ciudadanos en general tienen la errónea creencia de que a corto plazo el problema de la inseguridad se resuelve con el incremento de la acción policial, y a largo plazo con políticas sociales de inclusión. Sin embargo, en ningún lugar del mundo la acción policial ha reducido la inseguridad. Las medidas adoptadas durante la intendencia de Rudolph Giuliani en Nueva York en la segunda mitad de la década del noventa mediante su célebre régimen de “Tolerancia Cero”, tantas veces invocado, no probó que el incremento de la acción policial haga descender las tasas de delito, ya que si bien durante ese período se redujeron los delitos contra la propiedad y los homicidios, queda todavía por determinar si fueron las políticas de seguridad (variadas según el Estado de que se trate, dentro de los Estados Unidos) o factores estructurales como la disminución del desempleo en esa ciudad y en otros Estados.

Una de las teorías de la doctrina de la “tolerancia cero” fue la de las “ventanas rotas”, una adaptación del dicho francés “qui vole un oeuf, vole un boeuf” (quien roba un huevo, roba un buey), que sostiene que persiguiendo los pequeños disturbios cotidianos se reducen “las grandes patologías criminales”.

La idea, acuñada en 1982 por Wilson y Kelling sin ningún basamento científico, es que persiguiendo de forma preventiva las mímimas infracciones, que podrían ser el antecedente de acciones criminales más graves, es posible restablecer un clima de orden social en la calle. Si ya conocimos de la mano de Bush la idea de “guerra preventiva”, aquí se planteó el “arresto preventivo”.

El resultado fue que todas las ciudades que aplicaron esta política engrosaron la lista de presos. Se declaró la guerra a las poblaciones pobres, a los sin techo, a los inmigrantes y a las minorías étnicas, a la mendicidad, a la ebriedad y a las infracciones menores. Las cárceles fueron y aún son el gran receptáculo de la exclusión, y otra forma más de criminalización de la pobreza ya que, en todo el mundo, la inmensa mayoría de las personas presas forman parte de los sectores económicamente más desfavorecidos de la sociedad.

Zygmunt Bauman denominó a este proceso el “nuevo holocausto silencioso y continuo del siglo XXI”. No hubo “tolerancia cero” a la pobreza y a la inequidad, ni “tolerancia cero” a la corrupción de funcionarios estatales y a otras formas de robo instaladas en los grupos que gozan de mayores beneficios. Por otra parte, darle luz verde a la policía latinoamericana, con la historia represiva que tienen los países de la región, es abrir la puerta a toda suerte de violaciones de los derechos humanos.

Pese a haber invertido multimillonarios recursos en policía, Los Angeles tiene hoy seis veces más bandas que 25 años atrás. La política de “mano dura” produce hacinamiento en las cárceles y suscita permanentes enfrentamientos, aborda los síntomas y no las causas, que son eminentemente sociales.Finlandia tiene el menor número de policías por habitante del planeta y pudo reducir el número de presos en las cárceles de 4709 en 1983 a 3106 en 1990 y a 2798 en 1997 (un 40% menos en 14 años). Su tasa de homicidios es de apenas 2,2 homicidios anuales cada 100.000 habitantes.

La filosofía de la “mano dura” carece de toda evidencia científica. No hay correlaciones estadísticas significativas entre el aumento de los índices de encarcelamiento y la reducción, a mediano o a largo plazo, de los índices de criminalidad. Por otra parte, no diferencia las distintas formas de delincuencia, por un lado el crimen organizado (mafias, grupos de secuestro y de tráfico de personas) y, por el otro, los delitos cometidos por jóvenes en situación de vulnerabilidad.

Nuestro cerebro está estructurado para conmoverse más con las historias particulares que con las estadísticas. Tal vez por eso la opinión pública presta más atención a los casos de inseguridad que a los vinculados con la inequidad.

La prensa nos cuenta historias singulares de personas que han padecido delitos violentos. No suele relatar la historia singular de una persona que no puede acceder a ciertos bienes de consumo y de reconocimiento simbólico.

Hace años el periodista Jorge Lanata le hizo un reportaje a Barbarita Flores, una niña tucumana que lloró en cámara recordando el hambre que suele padecer.

Enseguida hubo un pequeño revuelo que llevó al gobierno de Tucumán a movilizarse y, según cuenta Lanata, a los cuatro meses la cuestión volvió a caer en el olvido. La prensa, sin embargo, no suele contar habitualmente historias como ésta.

Sería deseable articular políticas públicas destinadas a resolver el problema a partir de la evidencia científica y no de la mera opinión.

Algunas de las medidas sugeridas en el libro:

 

INGRESO BÁSICO CIUDADANO (O RENTA BÁSICA UNIVERSAL)

Otorgamiento de un ingreso básico a todo ciudadano, independientemente de su posición económica, promulgado mediante una ley nacional y equivalente a un conjunto de bienes y servicios primarios que permitan garantizar la vida, evitando que la inflación disminuya su poder adquisitivo. La medida ha sido adoptada, con diversos matices, en lugares tan disímiles como Alaska, Brasil, Canadá, Holanda y Sudáfrica35, es una extensión de la Asignación por hijo implementada en la Argentina y se basa en sus mismos principios filosóficos. En Alemania y en otros países de la zona, cuando se termina el seguro de desempleo, se otorga otro que disminuye cada mes si el beneficiario no acepta los trabajos que se le ofrecen, pero no se reduce tanto como para privar de bienes básicos que permiten mantenerse con vida. El ingreso podría ser aplicado gradualmente, beneficiando primero a los más necesitados. Un lema posible para la instauración de esta medida: “Tolerancia cero a la indigencia”, o “Tolerancia cero a la pobreza”.

Con el Ingreso básico ciudadano se evitan los problemas suscitados por el clientelismo. Frente a los que descalifican este proyecto por considerar que entonces ya no habría motivación para trabajar, cabe argumentar que las personas no sólo trabajan para ganar dinero, también lo hacen para sentirse útiles, entretenerse, disfrutar de la sociabilidad que proporciona el ámbito laboral, porque les gusta la tarea que desempeñan, para contribuir al bien común o simplemente porque otros lo hacen. Además, el Ingreso Básico cubriría bienes mínimos que garanticen la vida, para acceder a otros bienes como el televisor sería necesario trabajar.

BECAS EN EL ÁREA EDUCATIVA Y DE CAPACITACIÓN

El 60% de los trabajadores informales no terminó la secundaria. Si los padres no pueden hacerse cargo de solventar la subsistencia de sus hijos mientras cursan la escuela primaria, el colegio secundario o la universidad, el Estado garantizaría los gastos de subsistencia y de estudio. Este sistema se aplica desde hace muchos años en Alemania. El monto de las becas también debería ser equivalente a un conjunto de bienes y servicios básicos, para evitar que la inflación disminuya su poder adquisitivo.

COLEGIO SECUNDARIO OBLIGATORIO, CON SALIDA LABORAL Y EDUCACIÓN PARA LA VIDA CAPACITACIÓN LABORAL PARA JÓVENES EN SITUACIÓN DE VULNERABILIDAD

Desarrollo de iniciativas destinadas a contener y capacitar a jóvenes entre 18 y 23 años que desertaron de la escuela. Recibirían una beca para retomar por la mañana su escolaridad (por medio de convenios con las carteras educativas locales), y por la tarde aprender oficios como tornería, construcciones, panadería, mecánica, electricidad, etc. Los niños que no desertaron del sistema escolar recibirían una beca para seguir yendo a clases y aprender oficios a contraturno. El sistema incluiría un régimen de tutorías por parte de jóvenes universitarios que enseñarían técnicas de estudio, cómo preparar un currículum y nociones básicas de contratos laborales. Los estudiantes universitarios recibirían créditos académicos por la realización de estas tareas comunitarias en el último año de la carrera.

CONCEJO PARA LA ASIGNACIÓN DE EMPLEOS

Destinado a mediar en la asignación de puestos de trabajo en el ámbito público y privado. Se daría prioridad a las personas en situación de vulnerabilidad y se garantizaría que los habitantes de las villas no sean discriminados por el lugar en el que viven ni por su aspecto cuando solicitan un empleo.

Operaría con fondos públicos pero de manera autónoma, como una universidad. Su dirección sería rotativa: alternarían integrantes del Directorio, conformado de manera proporcional por representantes de todos los partidos políticos.

MICROCRÉDITOS PARA LA FORMACIÓN DE COOPERATIVAS

Pequeños préstamos y/o subsidios concedidos a personas en situación de pobreza que no pueden solicitar un préstamo bancario tradicional. Por el éxito de este emprendimiento le fue otorgado al banquero y economista de Bangladesh Muhammad Yunus el Premio Nobel de la Paz en virtud de “sus esfuerzos para incentivar el desarrollo social y económico desde abajo”. Se deberían implementar los mecanismos necesarios para evitar el clientelismo en el otorgamiento de beneficios.

REDES QUE CONTRIBUYAN A LA INTEGRACIÓN SOCIAL

Personas o instituciones que puedan atender a las necesidades concretas de los habitantes de cada barrio, brindar ayuda a las madres que crian solas a sus hijos para evitar la deserción escolar, ofreciendo facilidades de todo tipo a la familia y a los alumnos para que se reintegren a la institución.

REINTEGRACIÓN DE LAS PERSONAS QUE DELINQUEN A LA SOCIEDAD

Cárceles y centros de detención de menores que capaciten para el mundo del trabajo, que ofrezcan una reeducación para la vida y que garanticen la obtención (y permanencia) de un trabajo con un sueldo digno.

LÍMITES A LA ACUMULACIÓN DE LA RIQUEZA

Dado que, como se ha señalado, la principal causa de la inseguridad no es la pobreza sino la desigualdad de ingresos y oportunidades, no se solucionará de manera eficaz el problema de la inseguridad ni se logrará la justicia social plena si al mismo tiempo no se limita la acumulación de la riqueza. En la Argentina el 10% de la población concentra entre el 35% y el 37% de la riqueza, y el 20% tiene más de la mitad.

LÍMITES EN EL DERECHO SUCESORIO

En la Argentina existió un impuesto a la herencia y fue eliminado en 1976 por el Ministro de Economía de la dictadura militar, José Alfredo Martínez de Hoz. Desde entonces hubo varios intentos de reimplantarlo, pero por una u otra razón nunca terminaron de concretarse.

LÍMITES EN EL USO DE ARMAS DE FUEGO

El vínculo entre el delito y la droga es complejo, ya que el consumo está ligado a otros factores, incluyendo el de las carencias económicas. Los trabajos científicos muestran que la droga está asociada al crimen y al delito, pero esto no significa que sea la causa principal de la violencia. La solución para el aspecto problemático del consumo de drogas pasa por la implementación de políticas sociales y económicas más amplias. La persecusión de los traficantes es inefectiva porque como se trata de un negocio muy rentable, es fácil que se reemplacen unos a otros, que aumente artificialmente el precio de la droga y que se incremente la cantidad de delitos destinados a conseguirlas.

La droga y los delitos no están unidos causalmente. Tanto el delito como el consumo de drogas han sido llamados “aflicciones de la desigualdad”, sin que por esto el aspecto problemático del consumo de drogas se limite a la cuestión de la inequidad y de la marginación socioeconómica. La desigualdad explicaría el delito y, en parte, el consumo de drogas.

Los gobiernos deberían revisar el supuesto de que la acción represiva es la mejor forma de reducir la delincuencia relacionada con drogas. Desde una perspectiva ética, encarcelar por consumo de drogas es un atentado contra las libertades individuales, y desde una perspectiva pragmática es ineficaz. Se han obtenido logros más significativos con el tratamiento y con el desarrollo social, que es la mejor política de prevención, tal como ha ocurrido en Canadá, Francia, Austria y Finlandia. En Nueva York se crearon programas eficaces como el de Brooklyn en 1990 (Drug Treatment Alternative to Prison Program). Allí fueron tratadas más de 2000 personas que cometieron delitos graves no violentos y que habrían ido a prisión. Los que participaron del programa tuvieron un 33% menos de posibilidades de ser arrestados nuevamente y un 67% menos de posibilidades de ser encarcelados.

El consumo de alcohol correlaciona más que la droga con el delito, y es legal. Escocia tiene una alta tasa de consumo de drogas problemáticas y un rango medio de delitos. Holanda tiene menos droga que Escocia y una tasa de delitos superior.

Tal como señala Roberto Gargarella en su artículo "Los derechos humanos de los delincuentes" (Página 12, 18 de marzo del 2009), contrariamente a lo que pretende indicar una expresión muy común en estos días, según la cual "morirían inocentes mientras se protegen los derechos humanos de los delincuentes", quienes cometieron o son acusados de haber cometido ofensas hacia los demás, especialmente si provienen de los grupos económicos menos favorecidos, padecen violaciones gravísimas a los derechos humanos tales como la de estar detenidos por años sin que se haya probado que cometieron delito alguno, o la de estar privados de su libertad por delitos menores y en condiciones infrahumanas. Los derechos humanos, por otra parte, no están destinados sólo a quienes no están en conflicto con la ley, sino a todos.

DEL CAPÍTULO “ALGUNAS HISTORIAS DETRÁS DE LAS ESTADÍSTICAS”:

Mientras los medios nos cuentan con detalle la vida de lujo que llevan los futbolistas profesionales y sus mujeres, mientras nos enteramos que el pase de un futbolista argentino a otro equipo del exterior cuesta millones de euros, el 21 de julio del 2009 los medios nos cuentan la historia de alguien que pinta para crack de fútbol pero termina tomando rehenes en una farmacia del barrio de Almagro. Cuando los rehenes son liberados y de la farmacia sale quien había mantenido cautivas a varias personas, vemos que se trata de un adolescente de 16 años, Juan Manuel (alias Piki o Manu), que ya tiene como antecedente varias causas penales. Su madre se enteró del episodio por televisión y enseguida supo que se trataba de su hijo. “¿Qué hacés papito? Soltá a esa gente”, le dijo a través del teléfono que le alcanzó la policía. “Quedáte tranquila mamá -respondió él- estoy largando a uno cada media hora”.

La historia de Piki y de sus padres resume a nivel individual la historia argentina de los últimos años. Los padres de Piki llegaron a tener dos pizzerías en Ciudadela y a vivir en una casa de dos plantas en Villa Urquiza. Durante la hiperinflación de Alfonsín se fundieron y al tiempo el padre compró un taxi mientras la madre atendía un kiosco.

Pero al padre le robaban a menudo en el taxi. Vendieron todo y se fueron a vivir a Bialet Masé, en Córdoba. La madre de Piki recuerda esa época como la mejor de su vida: “Los chicos eran felices, jugaban en la calle, íbamos a pescar y mi marido consiguió trabajo en Telefónica”. Sin embargo, volvieron a perder todo. Regresaron a Buenos aires, donde alquilaron una casa vieja en Villa Urquiza. Ahí la pareja se turnaba para cuidar a los hijos, mientras ambos trabajaban de vendedores ambulantes. Como la plata no alcanzaba, fueron desalojados. El padre de Piki cree que ese fue el momento en que a su hijo “algo le hizo click”. Fue cuando en el desalojo vio que la policía empezó a pegarle a su papá, que se resistía tirado en el piso, mientras Piki procuraba infructuosamente defenderlo. Después de esta experiencia, deambularon por varios lugares de alojamiento precario y terminaron en un hotel de Once.

La madre de Piki cuenta que hicieron muchos sacrificios para poder comprarle los primeros botines a los cinco años, y que a Piki lo venían a buscar de los mejores clubes. Cuando tenía diez salió en una foto del suplemento deportivo de Clarín, ilustrando la victoria de su equipo. Pero ese día también lo expulsaron por una pelea que involucró a su madre, que fue fotografiada insultando al árbitro.

Piki es adicto al paco. Su familia varias veces pidió ayuda para que abandonara la adicción. Durante un tiempo estuvo en un centro de rehabilitación, pero luego escapó. A diferencia de sus hermanos mayores, Piki no trabaja, y a los 16 años cursa la primaria de noche. Su madre parece preocupada fundamentalmente para que abandone el paco: “Yo le digo, si querés no hagas nada, quedáte todo el día tirado en la cama, pero por favor no te drogues”. El padre cuenta que varias veces lo llevó con él al trabajo para que viera el sacrificio que hacía. Curiosamente es ese sacrificio que se produce en el contexto de vidas en las que no hay mucho espacio para experiencias plenas, gratificantes y no destructivas, lo que muchas personas rechazan. Recuerdo la frase de una “mechera” (así son llamadas las mujeres que roban en los negocios) entrevistada en un programa de televisión: “Laburar es para los giles”. Es evidente que no hace referencia al trabajo creativo sino al trabajo del que se huye como si se tratara de la peste cuando no hay urgencias económicas.

La mayor parte de las personas que trabajan desarrollan tareas poco enriquecedoras. Si dividiéramos el trabajo de manera más racional y equitativa, todos tendrían oportunidad de desarrollar tareas estimulantes, así como todos deberían aportar la cuota de trabajo menos agradable que todavía sigue siendo necesario para la supervivencia social.

El problema económico de la familia de Piki nunca fue la comida, que jamás faltó en la casa, sino la posibilidad de acceder a una vivienda digna.

Los padres tienen el dinero para alquilar, pero carecen de una garantía propietaria.

Es frecuente que en la Argentina se salga a manifestar cuando un adolescente roba y toma rehenes, pero no suele haber manifestaciones cuando se desaloja a una familia, ni cuando unos desarrollan un trabajo creativo que les permite vivir bien y a veces estar rodeado de lujos, mientras otros desarrollan trabajos no gratificantes y no pueden acceder a condiciones dignas de existencia.

El padre de Piki cuenta que se crió en Villa Bosch, en una casa con un patio hermoso en el que invitaba a jugar a sus amigos. Ahora su familia deambula de hotel en hotel. “Es muy difícil y angustiante vivir como gitanos - cuenta-, Manu quería tener su casa propia para invitar a sus amigos”.

¿Por qué los hermanos de Piki trabajan y no roban, mientras Piki a los 16 años ya tiene un nutrido prontuario penal? Muchos creen que esta es la evidencia de que no son las condiciones sociales el factor que más correlaciona con la inseguridad. Pero como señalamos en el primer capítulo, la desigualdad no determina lo que llamamos inseguridad, la vuelve más probable. Hay otros factores que pueden incidir en menor medida: no todos los hijos son educados de la misma manera, no todos tienen los mismos contactos ni experiencias sociales.

Decíamos que la historia de los padres de Piki refleja la degradación de las condiciones sociales en la Argentina de las últimas décadas. Hay miles de historias como la suya, y no es necesario remitirnos a personas que hayan robado para encontrarlas. La mayoría padece esta pauperización serenamente y en silencio.

DEL CAPITULO “NUEVOS CONCEPTOS DE POBREZA QUE CORRELACIONAN CON LA POBREZA EN DEMOCRACIA”

Así es como surgió un marco alternativo para considerar a la pobreza, un esquema que nos va a ser de gran utilidad para avanzar en la comprensión de la violencia social o de lo que habitualmente llamamos inseguridad. Es el concepto de pobreza relativa, según el cual la pobreza sólo puede ser definida y entendida en el contexto de la sociedad en la que vive un individuo, es decir, que el nivel de pobreza que tiene una persona en parte es definido por el nivel de los ricos que viven en la misma sociedad. Para medir la pobreza se suele tener en cuenta a quienes están por debajo de la mitad de los ingresos medios en cada país. Si los ingresos medios suben, suben también las exigencias para no ser considerado pobre.

La CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) mide la pobreza relativa teniendo en cuenta a los que ganan menos del 60% de los ingresos medios de un país. Dentro de este marco conceptual, algunos hablan de “sensación de pobreza”, que es la percepción subjetiva que tiene una persona de su acceso a un conjunto de bienes que circulan en la sociedad.

Sería interesante contrastar esta sensación de pobreza con la llamada sensación de inseguridad. Si los estudios científicos nos dicen que lo que más correlaciona con la inseguridad es la desigualdad, probablemente - además de la pobreza misma- sea la sensación de pobreza de los grupos económicamente menos favorecidos de una sociedad, lo que provoca mediante un fenómeno muy minoritario en estos grupos (ya que de todos los pobres que perciben el impacto de las grandes desigualdades, sólo una ínfima minoría roba) la inseguridad de la que tanto se quejan los sectores medios y altos (los indigentes ya están acostumbrados a la violencia y no se quejan tanto). En realidad, si la sociedad democrática plantea en teoría que todos los ciudadanos -y no sólo los de cierto rango- pueden tener acceso a determinados bienes de acuerdo a su propio mérito, deberíamos tener en cuenta la importancia del concepto de pobreza relativa, que es el que demarca a la pobreza en relación a lo que poseen los demás. Para decirlo de una forma tal vez exagerada pero más gráfica: en las sociedades con aspiraciones democráticas la pobreza es fundamentalemente relativa. Algunos teóricos matizan el problema con sensatez y sugieren promediar la medición de la pobreza absoluta (que supone el acceso a bienes básicos de subsistencia) con la de pobreza relativa.

El concepto de pobreza es relacional. Sin ricos, no hay pobres (no hay percepción de pobreza). El rico da entidad al pobre, lo fabrica y empuja a otros a la pobreza. Por eso el problema de la pobreza no puede ser explicado si no se realiza al mismo tiempo una crítica de la riqueza.

“Como caídos del cielo”, una excelente película del inglés Ken Loach, ilustra muy bien el concepto de sensación de pobreza. Cuenta la historia de un trabajador inglés cuya hija le pide que le compre un vestido muy caro -el mismo que lució una compañerita suya del colegio- para tomar la primera comunión.

El padre no tiene dinero para comprarlo, pero no quiere que su hija esté en desigualdad de condiciones en relación a su compañera. ¿Era el padre pobre en términos absolutos? Evidentemente no. Sin embargo, tenía esta “sensación de pobreza” al comparar el vestido de la compañera de su hija con el que él le podía comprar.

Como señalé con anterioridad, la comparación es uno de los mecanismos cognitivos fundamentales de la mente humana. Prácticamente todo lo juzgamos por comparación. Diversos estudios científicos prueban que las personas perciben su bienestar económico comparándose con el bienestar económico que perciben en los demás, y con su propio bienestar económico anterior. Podemos poner límite a nuestro hábito de comparar, pero aún así seguirá siendo uno de los mecanismos fundamentales de nuestro pensamiento. No se trata de aspirar a una sociedad en la que todos nos vistamos igual, es decir, a la igualdad entendida como uniformidad, sino de crear las condiciones como para que el nivel de desigualdad no fomente la sensación de pobreza tal como la entendimos a partir del concepto de pobreza relativa, que puede en otros contextos - no era el caso de la película- estar presente también en una situación de pobreza absoluta. Es muy significativo que la versión en español del video diga en la contratapa “la historia de un hombre pobre que no tiene para darle de comer a su familia”. La película no cuenta eso en absoluto, el drama se desencadena por un vestido para la comunión, a nadie le falta comida, pero tal vez los promotores del video pensaron que en un contexto latinoamericano el planteo de la pobreza era menos comprensible a partir de la noción de desigualdad y mucho más a partir de la noción de pobreza absoluta, relacionada con la falta de alimento.

El nivel de pobreza relativa es el que nos ilustra sobre la inequidad de un país. De modo que, como hemos señalado, cuando hablamos de inseguridad el concepto de pobreza que más correlaciona con este fenómeno es el de pobreza relativa, porque mide las desigualdades económicas que se producen en el interior de una sociedad.

 

DEL CAPITULO "LAS CONDICIONES ESTRUCTURALES DE LA VIOLENCIA SOCIAL": 

 

Qué es el capitalismo

Las condiciones estructurales de la violencia social

La verdadera compasión consiste en algo más que lanzar una moneda a un mendigo; implica darse cuenta de que un sistema que produce mendigos necesita ser reestructurado. (Martin Luther King)

  En el primer capítulo señalé cómo en los estudios científicos la desigualdad es el fenómeno que más correlaciona con la violencia social. También sostuve que no es posible encontrar una solución al problema de la inseguridad si no se analizan sus condiciones estructurales. En este capítulo se exponen algunas de ellas.

Una definición del capitalismo

  El capitalismo es un sistema económico en el que predomina el capital sobre el trabajo en la generación de riqueza y poder. El capital es el conjunto de los medios de producción y está monopólicamente en manos de una clase –la de los capitalistas- con exclusión de quienes no lo son. Esto significa que es posible que por el mero hecho de aportar  capital una persona (el capitalista) pueda ganar dinero y adquirir poder sobre otras. Se ha naturalizado tanto esta idea que se habla de “poner el capital a trabajar”, como si los que trabajaran fueran los billetes y las propiedades y no las personas.  El trabajador no tiene capital, es decir, no es dueño de sus medios de producción,  y sólo aporta su esfuerzo y su sacrificio, o lo que técnicamente ha sido denominado “su fuerza de trabajo”. El capitalismo remunera la propiedad, el poder y la producción y con estos mecanismos ha generado las desigualdades de riqueza más grandes de la historia.

Los seis principios básicos del capitalismo

  El capitalismo es un sistema basado en estos seis ejes que serán explicados y desarrollados más adelante:

1) Predominio de la propiedad privada de los medios de producción (el capital). Compra y venta de la fuerza de trabajo.

2) Apropiación de plusvalía.

3) Competencia por las ganancias en el mercado.

4) Uso del dinero como medio universal de intercambio.

5) Monopolio de las decisiones financieras y de las que afectan al proceso de producción por parte del capitalista o de su agente gerencial. Exclusión de los trabajadores de las decisiones.

6) División corporativa del trabajo.

 

Predominio de la propiedad privada de los medios de producción. Compra y venta de la fuerza de trabajo.

(Primera característica del capitalismo)

No queremos la igualdad escrita en una tabla de madera, la queremos en nuestras casas, bajo nuestros techos. (François-Noël Babeuf, Conjuration des Égaux, 1795)

   Si los medios de producción no pertenecen a los trabajadores, los que necesitan trabajar para sobrevivir a menudo se ven obligados a aceptar condiciones de trabajo inconvenientes o no del todo óptimas a cambio de un salario, y luego tienen que comprar en el mercado aquellos bienes que (como grupo) ellos mismos han producido.    La propiedad de los medios de producción es lo que hizo nacer a algunos capitalistas como Ford o Rockefeller. La mayoría de los analistas denominan a la clase que posee los medios de producción “capitalista” y “trabajadores” a la que sólo poseen su fuerza de trabajo y se ven obligados a venderla y, por lo general,  a desarrollar tareas monótonas a cambio de un salario.

  Decíamos que en este sistema es posible que por aportar capital, es decir, por el hecho de poseer los medios de producción, la suma destinada a pagar los salarios, etc, una persona (el capitalista) pueda ganar dinero y adquirir poder sobre otras. El trabajador aporta tiempo, esfuerzo y sacrificio a cambio de un salario. Ahora bien, ¿es deseable un sistema que acepta la posibilidad de que el dinero no sea obtenido en base al esfuerzo y al sacrificio? Si analizamos el problema más de cerca, veremos que en realidad lo único que genera riqueza es el trabajo. El capital no la crea. Detrás de cada mercancía fabricada y de cada servicio suministrado hay esfuerzo y sacrificio, y el trabajo que surge de una relación social.

  En el capitalismo se recompensa al que tiene propiedades o posee los medios de producción, aunque no trabaje;  si además trabaja, gana más por poseer propiedades y medios de producción que si sólo contara con su fuerza de trabajo. Esta disparidad genera grandes diferencias de ingresos y de riqueza, divisiones de clase y enormes disparidades en la calidad de vida y en las posibilidades de influir en las decisiones.

  De modo que uno de los aspectos más cuestionables del capitalismo es que transforma al ser humano en una mercancía más. De ahí que se hable del trabajador en términos de “recursos humanos”, como si fuera una cosa entre las cosas. El capitalista crea una empresa y así como adquiere recursos tecnológicos y materia prima, compra el trabajo de las personas.  La lógica del capital consigue que todo lo humano se le subordine. Se produce en forma colectiva, pero el goce de la mayor parte de esas riquezas es privado.

  Adam Smith, uno de los padres del liberalismo, la concepción filosófica, económica y política en el que se basa el capitalismo, trató de convencer a sus contemporáneos de que dejaran de obtener sus riquezas a través de la guerra y entendieran al trabajo como la fuente para la generación de riqueza. La sociedad moderna en su conjunto se basa en el ideal de que el lugar que ocupe el individuo en la sociedad tiene que estar basado en el trabajo y no a los privilegios de cuna, característicos de la sociedad medieval. Pero al no poner un límite al derecho de herencia y al permitir que mediante el capital una persona adquiera derechos sobre otra, se sentaron las bases para que fuera posible que el lugar que ocupe una persona en la sociedad no esté determinado por su trabajo.

  En el capitalismo es posible negociar con las propiedades y sus intereses a través de rentas, inversiones y operaciones de todo tipo en las que el dinero no se obtiene con esfuerzo y sacrificio sino por mera especulación, como en el casino. Si el capitalista también trabaja, su ganancia más significativa no proviene de su esfuerzo sino del trabajo de quienes ha empleado a su servicio en virtud del capital que ha invertido. La crisis del capitalismo que comenzó a fines del 2008 en parte fue generada por el aumento de este proceso especulativo en desmedro de la producción. De ahí que se haga referencia a esta etapa como la de un capitalismo de casino.

  ¿De qué manera llegan las personas a poseer los medios de producción?  Heredándolos, o a través del desarrollo de sus conocimientos o habilidades, por lo general establecidos sólo en el caso de que se eduquen en contextos sociales favorables,  o a partir de circunstancias apropiadas (vivir en el lugar indicado, estar en el momento adecuado para tomar una decisión), o mediante un golpe de suerte, o inicialmente a partir de su trabajo y luego al ser remunerados  por el esfuerzo y el sacrificio de otras personas, a veces miles de ellas (ver más adelante el apartado sobre plusvalía).  Históricamente las desigualdades sociales no surgieron, tal como postularon los primeros economistas, porque unos eran trabajadores y acumularon riqueza, mientras otros eran vagos y permanecieron pobres. El proceso de acumulación en el capitalismo surgió con el saqueo a las colonias americanas, las guerras, las expropiaciones y, finalmente, con gran cantidad de leyes promulgadas por los países que presumen ser democráticos. La constitución histórica del capitalismo tiene que ver con la expropiación de tierras al campesinado y, a partir del advenimiento de la industria,  con la emigración de la población rural a las grandes ciudades, donde se vería privada de sus medios de producción y subsistencia. En la Edad Media , aún cuando el propietario de la tierra fuera el señor feudal, el siervo tenía su terreno para cultivar y proveerse de alimentos. La pérdida de estos medios de producción fue la puerta para el hambre que padecieron y padecen las personas que viven en situación de pobreza en los grandes cordones urbanos.

  De modo que el proceso de acumulación históricamente comenzó mediante el empleo de la fuerza bruta. Con el tiempo los distintos regímenes políticos legitimaron estas usurpaciones. Luego los hijos las heredaron de los padres. En una proporción significativamente menor, también una persona puede empezar sin dinero y a partir de su inventiva y su esfuerzo logra adquirir los medios de producción. Veamos el ejemplo de Michael Dell, que actualmente es la figura principal de Dell Computer, una de las dos empresas de computadoras más grandes del mundo. No nació en una familia pobre sino en una de clase media. Tenía 20 años cuando decidió despedirse de sus padres, subió dos computadoras a su auto viejo, y se dirigió a la ciudad de Austin, Texas, donde estudió medicina. Desde su dormitorio y con mil dólares de inversión, compró material sobrante del inventario de los vendedores de material informático, y lo utilizó para mejorar las máquinas que luego vendía. Hoy su fortuna personal está calculada, según la revista Forbes, en 12.300 millones de dólares (año 2009). Ocupa el puesto número 25 entre las mayores fortunas personales del mundo. Si adquirió los medios de producción con lo que ganó a partir de su esfuerzo, ¿por qué no sería justo que pusiera a otras personas a trabajar a su servicio? Supongamos incluso que él se hubiera sacrificado más que otros, trabajando durante más tiempo y en tareas más duras, ¿negarle el derecho a acrecentar sus ingresos no sería limitar indebidamente su libertad personal? En este punto podríamos preguntarnos, ¿debería o no tener límite la capacidad de acumular riqueza? Cuando no tiene límite, tal como ocurre ahora, en que Dell se ha convertido en una de las personas más ricas del mundo, estamos frente a lo que Michael Albert denominó “el problema del nieto de Rockefeller”, ya mencionado en un capítulo anterior de este libro. [1]Según este equema, existe la posibilidad de que el nieto de Dell no trabaje ni un solo día de su vida y la nieta de un indigente tenga que trabajar durante toda su existencia en una tarea no gratificante por la que recibe una remuneración miserable. Es decir, la libertad de Dell limita la libertad y el derecho a una igualdad de oportunidades para los contemporáneos de sus descendientes. No haber hecho nada para obtener una renta, como sería el caso del nieto de Dell, implica que éticamente no la merece. La libertad de Dell para acumular millones de dólares entra en contradicción con la libertad de las nuevas generaciones a tener igualdad de oportunidades en materia económica.  Es cierto que limitando la acumulación de riqueza se sacrificaría cierta libertad de consumo para la generación anterior, pero es prioritario hacerlo porque se protege la libertad de los contemporáneos y de las generaciones posteriores.

  Hay otras razones para considerar injustificada semejante acumulación de riqueza por parte de Dell. Una de ellas ya ha sido mencionada, y es que un ser humano no es una mercancía más, una cosa entre las cosas, tal como pretende el concepto de  “recursos humanos”. La libertad del  capitalista para crear una empresa, comprar recursos tecnológicos y adquirir el trabajo de las personas, entra en contradicción con una libertad humana esencial, que es el derecho a la autogestión (en este caso económica), y refiere al grado de injerencia que deberían tener las decisiones de unas personas sobre las vidas de otras. Un criterio posible para establecer este límite es  que deberían tener mayor capacidad de decidir cuanto más se vieran afectadas por estas decisiones.

  Tampoco se justifica que los trabajadores no sean dueños de sus medios de producción ni que Dell pueda acumular semejante fortuna en virtud de un mecanismo legal pero ética y políticamente cuestionable que será desarrollado en el apartado siguiente: la plusvalía.

  La propiedad privada de los medios de producción es uno de los mecanismos estructurales que genera una acumulación de riqueza descomunal en pocas manos, desigualdad y violencia social. No se trata de ganar todos exactamente lo mismo, de proclamar la igualdad entendida como uniformidad, sino de instaurar la igualdad de derechos obstaculizada por las enormes diferencias de riqueza que posibilita esta forma sobre la que está basada el capitalismo.

  En el capitalismo no se trata de producir lo adecuado o lo consensuado para vivir bien, sino de producir cada vez más para que los dueños de los medios de producción ganen cada vez más y puedan competir en el mercado, sin que su empresa desaparezca a manos de la competencia. El modelo propuesto como ideal es el del crecimiento continuo, y genera el problema de la extracción creciente de los limitados recursos naturales. A nivel individual el objetivo del crecimiento continuo se refleja en la sensación de que nunca tenemos los bienes económicos suficientes, ya que la aparición de un nuevo objeto deseable instantáneamente nos convierte en “pobres” de ese producto.

  La voluntad de producir cada vez más, en combinación con las posibilidades que brinda la tecnología, genera sobreproducción y, en un mundo en el que millones pasan hambre, el hábito de tirar alimentos y otros productos para mantener estable el mercado. De ahí que los gobernantes estén empeñados en aumentar el consumo.

  Lejos de permanecer neutrales, muchos Estados-nación ayudaron al capital a buscar mercados ultramarinos. Con frecuencia esto se hizo en países “periféricos”, controlados políticamente en un proceso conocido como imperialismo.

  Los robos, los secuestros y otras formas de la violencia son en su inmensa mayoría, tal como prueban los estudios científicos disponibles y mencionados en el primer capítulo, expresiones indirectas de la desigualdad. Pero hay otras expresiones más directas. China se declara todavía un país comunista, pero en su apertura a ciertos mecanismos propios del sistema capitalista se generó un conflicto por el cual en julio del 2009 tres mil operarios mataron a palos al nuevo mánager de una metalúrgica estatal adquirida por un holding privado que planeaba despedir al 80% de los empleados. El anuncio de que la fusión entre el gigante estatal Tonghua Iron and Steel Group y la corporación privada Jianlong Steel Holding Company, con base en Pekín, dejaría sin empleo al 80% de los empleados de la compañía de acero y hierro más grande de la provincia de Jilin, enfureció a estos operarios que, después de tres días de protestas y parálisis de siete altos hornos de la planta,  asesinaron con golpes y patadas al flamante gerente encargado de la operación. En respuesta al incidente, el gobierno comunista anunció por los altoparlantes de la fábrica la suspensión definitiva de la venta de Tonghua. La noticia fue celebrada por los obreros con fuegos artificiales. [2]

Apropiación de plusvalía

(Segunda característica del capitalismo)

    La plusvalía es el tiempo de trabajo no remunerado,  la ganancia generada por el trabajador pero que le es sustraida por el capitalista. Al ofrecerle trabajo, el capitalista ayuda al trabajador, pero no lo ayuda cuando se queda con la plusvalia. En ese proceso existe una apropiación ilegítima de capital, porque, nuevamente,  una persona nunca puede ser un "recurso humano", es decir, una cosa entre las cosas, una mercancía más, entremezclada con la maquinaria, los insumos, etc.  Por eso la organización autogestionaria, horizontal y cooperativa, tanto de las empresas como de la sociedad en su conjunto, y una remuneración que sólo esté basada en el esfuerzo y el sacrificio son las únicas que se corresponden con la justicia social.  

  Cuando el ser humano es considerado una mercancía más y por tanto es desposeido de su condición humana, parece lógico que otro se apropie de las ganancias que genera su esfuerzo y su sacrificio.

  Una empresa familiar o una empresa cooperativa formada por un grupo de personas, en las que no se extrae plusvalía a nadie, no supone injusticia social ni es una formación característica del capitalismo, donde el capitalista no comparte sus ganancias pero socializa sus pérdidas, bajando el sueldo, retrasando el pago del salario, o recibiendo ayuda del Estado en tiempos de crisis, de modo que el conjunto de la ciudadanía deba pagar para que él pierda menos.

 Quienes no comprenden cómo funciona el capitalismo creen que sólo existen relaciones sociales injustas cuando el comportamiento ético del empresario es cuestionable. Pero la crítica al sistema capitalista no apunta al carácter individual de las personas sino a las relaciones de producción que se establecen entre ellas.

 

  El problema de la libertad

   El aspecto positivo del liberalismo es el sentido original que tuvo este término para invocar derechos individuales como la libertad para pensar, que implica la posibilidad de actuar sin obstáculos siempre y cuando no se perjudique al prójimo. Este fue un avance importante frente a la intolerancia religiosa, que persiguió y mató procurando que las personas piensen y vivan en forma ajena a su voluntad. Pero si en el terreno económico esta libertad no reconoce límites ni siquiera frente a la posibilidad de perjudicar al prójimo, la libertad de unos necesariamente implica la falta de libertad de otros.

  Si una persona funda una empresa capitalista, su libertad pone en peligro la libertad de sus empleados para obtener las ganancias que genera su esfuerzo. ¿Cuál es el límite de la libertad? ¿Cuál el de la tolerancia, que entre otras cosas es la aceptación del derecho a la libertad ajena? La puesta en peligro de la libertad de otro y de la tolerancia misma. En este sentido es interesante contrastar cómo mientras en Estados Unidos son legales el Partido Nazi y el Ku Klux Klan, en Canadá una ley prohibe la publicidad del odio. De modo que, dado que las libertades entran en conflicto, el liberalismo sin restricciones es imposible. Sin combinar la libertad con el valor de la igualdad, la libertad se niega sí misma, es autocontradictoria. Por eso la libertad sólo puede existir entre los iguales. Es lo que presupone el conocido y sabio refrán que dice que nuestra libertad termina allí donde comienza la libertad de los demás. Sin tener en cuenta el valor de la igualdad para hablar de la libertad, el refrán pierde su razón de ser.

El beneficio o ganancia como absoluta prioridad

  En el capitalismo la ganancia o el beneficio son absoluta prioridad. Pero si lo único que importa es acumular cada vez más rápido la mayor cantidad posible de capital, empiezan a importar cada vez menos los medios para obtenerlo. Esto es evidente en la manera en que se suelen manipular los recursos naturales, que no son ilimitados, perjudicando el equilibrio ecológico del planeta, y también en los intercambios entre capitalistas y trabajadores, que parecen simétricos pero no lo son en virtud de que el capitalista tiene asegurada su subsistencia y el trabajador no. El capitalista se propone obtener un máximo de ganancia, de lo que se deduce que habitualmente pagará lo mínimo que le resulte aceptable para las condiciones del mercado.

  Marx toma acríticamente de Hegel y del liberalismo la idea de que la cultura debe crear cada vez más necesidades y la posibilidad creciente de satisfacerlas. Hoy sabemos que este esquema es indeseable porque acabaría por agotar los recursos naturales del planeta, muchos de los cuales no son renovables. Tiempo atrás se pensaba que estos recursos eran inagotables y que la pérdida de la biodiversidad y la contaminación eran los costos inevitables del progreso. Pero si queremos generar condiciones de vida compatibles con la existencia humana en el planeta, es necesario contemplar la posibilidad de un decrecimiento de la economía.

 

Un chiste que pretende legitimar al capitalismo con presupuestos falsos

 

  Hay un chiste que circula estos días en internet con el título “Una gran lección por sólo 50 euros”. Lo reproduzco encomillado, tal cual me llegó, y luego lo comento: “Recientemente le pregunté a la hija de un amigo qué le gustaría ser cuando fuera grande. Ella respondió que quería ser presidente. Sus padres, ambos del Partido Socialista Español (PSOE), estaban presentes, y yo continué preguntando: ´¿Si algún día llegaras a ser presidente, qué sería lo primero que harías? ´ Ella respondió sin vacilar: ´Daría alimentos y viviendas a todos los pobres.´ Sus padres, orgullosos, pelaron los dientes en una radiante sonrisa: ´¡Bravo, que propósito más loable!!´ le dije.Y continué: ´Pero para eso no tienes que esperar a ser presidente. Puedes venir mañana a mi casa a cortar el césped, sacar las malas hierbas y abonar el jardín, y te pagaré 50 euros por el trabajo. Luego te llevaré al supermercado de mi barrio donde siempre hay un mendigo, y tú podrás darle el billete para que se compre comida y empiece a ahorrar para su casa.´La chica pensó durante unos segundos; luego, mirándome fijamente a los ojos me preguntó: ´¿Y por qué no va el vagabundo a hacer el trabajo, y le pagas directamente a él?´ “Bienvenida a LA DERECHA ", le contesté. Sus padres aún no me hablan...”.

  El chiste reposa sobre un prejuicio paleolítico pero todavía presente en la sociedad (especialmente en la norteamericana pero también en la nuestra), a saber, que las personas en situación de pobreza son vagas y no quieren trabajar. Otro presupuesto del chiste es que durante las gestiones de los gobiernos de derecha, a diferencia de los de izquierda, el dinero se obtiene en base al esfuerzo y al trabajo. Sin embargo, es exactamente al revés. Como señalé anteriormente, las primeros teóricos de la derecha creyeron que en lugar de obtener las riquezas en la guerra había que ganarlas comerciando, y que de ese modo sería posible vivir del propio esfuerzo y no del saqueo. Pero es la derecha la que en la práctica legitima la plusvalía (el tiempo de trabajo no remunerado), la especulación financiera y la posibilidad de heredar sin límite, situación que permite a miles de personas vivir sin trabajar o, peor, vivir del esfuerzo ajeno. Lo que se promueve a sí mismo como izquierda no siempre lo es (en el caso del PSOE, acepta la plusvalía, la especulación financiera y la herencia de bienes que permiten vivir sin trabajar), y aún las izquierdas hegemónicamente reconocidas como tales han permitido con frecuencia que las élites burocráticas no vivieran de su propio trabajo, un error que debe ser corregido en otras formas de organización social. A través de lo que aparenta ser una ingeniosa jugarreta intelectual, el chiste nos lanza un guiño para que simpaticemos con su moraleja (“hay que votar a la derecha porque es la que basa los ingresos en el propio esfuerzo”). Pero es exactamente al revés, es la izquierda no burocrática quien propone que el lugar que ocupe cada persona en la sociedad esté basado en su esfuerzo y su trabajo (el sistema que encuentro más cercano a este ideal es Parecon (Economía Participativa), del que hablaremos más adelante. La contradicción entre lo que predica la derecha (que se debe vivir en base al propio trabajo) y lo que practica está presente en el andamiaje del humor y en toda ocasión en la que se disfraza de izquierda.

 

 Distribución y competencia por las ganancias en el mercado

(Tercera característica del capitalismo)

El primer alienado es el capitalista, que tiene una concepción tan corta de la felicidad  que no le permite reconocerse en su hermano, y pierde la medida y la hondura de sí mismo. Pillados en una trampa mortal,  se nos empuja a sobrevivir en contra de los otros, a consumir nuestra vida en una selva obscena y brutal simplemente para poder llevarnos cada día un trozo de pan a la boca y una migaja de respetabilidad social al bolsillo. Así perdemos la noción de nosotros mismos, nos embrutecemos e insensibilizamos. Qué gran mentira ese axioma de que sólo puede haber creación de riqueza si se estimulan la codicia y la ambición, y por tanto la rivalidad. Estamos viendo que ese camino nos lleva al desastre. Sociedades humanas hay que saben dar otras motivaciones a sus miembros y producir lo que necesitan, haciendo también uso, por supuesto, de una disciplina más benévola y menos arbitraria que la que a sangre y fuego impone el gran capital. (Julián Domingo Machado)

   El mercado no es sólo un negocio de comida sino una institución política y cultural y todo sistema de distribución en el que se entretejen los intereses contrapuestos de compradores y vendedores que actúan movidos por alcanzar mayores beneficios vendiendo caro y comprando barato.  Sin duda los mercados también permiten que compradores y vendedores se beneficien, pero la conveniencia inmediata no presupone equidad ni interacción social positiva cuando se analiza un periodo dilatado de tiempo. En este último caso el mercado profundiza las injusticias, genera desigualdad, ineficiencia, crisis periódicas y es sumamente dañino para las relaciones humanas. El mercado obstaculiza la solidaridad porque  la única información que brinda el mercado, dentro o fuera de un régimen de propiedad privada de los medios de producción, es la relativa a los precios de las mercancías. No informan sobre los factores humanos, sociales y materiales de los recursos productivos empleados, ni sobre las consecuencias  humanas y sociales del producto del trabajo. El mercado estimula el desarrollo de determinadas destrezas y actitudes (por ejemplo, la competencia, la envidia, que son antisociales) y atrofia otros potenciales (por ejemplo, la solidaridad). Se confunde la causa de los merdados libres en la democracia, aún cuandosocava rasgos de la personalidad humana cruciales en el proceso democrático. Como señalaba el novelista Edward Bellamy (1850-1958): “Las tendencias que se derivan de compar y vender son básicamente antisociales. Educan para promover los propios intereses a costa de los demás, y ninguna sociedad cuyos ciudadanos eduquen en esta doctrina tiene posibilidad de colocarse por encima de un grado considerablemente bajo de civilización”. Incluso un defensor del mercado como el economista Milton Friedman, ganador del premio Nobel, dice que el mayor problema que enfrenta su país es la fragmentación en dos clases, los que tienen y los que no. Si se sigue ampliando la brecha, señala, estaremos ante un problema muy grave. “La idea de que exista una clase de personas que no tienen ninguna relación con sus propios vecinos –esos mismos vecinos que deben asumir la responsabilidad de proveer sus necesidades básicas- es extremadamente desagradable y descorazonadora. Esta situación no puede prolongarse durante mucho tiempo. Acabará estallando la guerra civil. Realmente, nuestra sociedad no puede seguir siendo una sociedad abierta y democráctica mientras haya esta división en dos clases”. [3]

  Desde la ideología del laissez-faire, en el modelo liberal tradicional se busca reducir o eliminar el papel del Estado en el control del mercado de trabajo, del comercio interno y exterior.  Como señalamos anteriormente, Adam Smith, uno de los padres del liberalismo, procuró convencer a sus contemporáneos de que no obtuvieran más sus riquezas en la guerra sino comerciando y compitiendo en el mercado. A su modo de ver, si cada uno busca su propio interés comprando y vendiendo, y el Estado interviene poco o nada para regular el comercio, los precios se equilibrarán automáticamente por medio de las leyes de la oferta y la demanda y esto obrará en beneficio de todos. Procurando el interés individual, se coadyuvará al interés general. Los precios de los bienes y servicios, la producción y la distribución serán determinados la mayor parte de las veces por el mercado.  La dinámica misma de la competencia en el mercado obliga al capitalista a invertir en mejoras tecnológicas que estén a la altura de las mejoras que realizan las empresas competidoras.

  Pero la experiencia de varios siglos mostró que, lejos de mantenerse en equilibrio, el mercado genera monopolios. Las empresas chicas son devoradas por  las grandes e imponen sus reglas a nivel global, pasando incluso por encima de los poderes nacionales. Un ejemplo muy conocido es el de las empresas Multimedios. Clarín empezó siendo un diario y hoy derivó en el grupo Clarín, propietario de varios diarios (Clarín, Olé, un 33% de La Voz del Interior, Los Andes, La Gaceta ), de Canal 13, Radio Mitre, Multicanal y muchos otros medios. Otro ejemplo: en diciembre de 1999 comenzó un proceso que dejó en manos de Telefónica Internacional empresas como Telefé, Editorial Atlántida, Radio Continental, La Red , FM Hits, Canales del Interior y Canales Regionales, T y C y Azul TV,  Advance división e  Internet de la empresa.  Telefónica Internacional consolidó su presencia en el mercado latinoamericano por medio de la prestación de servicios de telefonía básica domiciliaria, telefonía celular y otros tipos de telefonía móvil, televisión abierta y distribución por cable, radios de AM y FM, sitio en Internet, distribución de programación y revistas, etc.

   La película “Tienes un email” muestra cómo una pequeña librería de barrio, atendida por su dueña, tiene que cerrar tras la instalación de una gran cadena de librerías, que se queda con buena parte de sus clientes. Estos procesos de concentración creciente de la riqueza en pocas manos también tienen su correlato en el aumento del desempleo, de la cantidad de pobres y de la desigualdad.

  Estados Unidos concentra hoy un 60% de la riqueza del mundo y sólo tiene un 3% de la población mundial. Las cifras son similares en otros países desarrollados. Pero prácticamente la mitad de las cien mayores economías del mundo no están conformadas por países sino por corporaciones privadas en busca de beneficio. Cuando la riqueza se acumula en pocas manos, aumenta la brecha entre ricos y pobres. Por eso hasta Adam Smith decía que de vez en cuando el Estado debía intervenir para balancear los desequilibrios del mercado.

  El laissez-faire o mano invisible del mercado sólo beneficia a los “más fuertes”. La competencia disgrega a las personas, las atomiza y contribuye a que no se sientan parte de un emprendimiento común. La rivalidad genera envidia, resentimiento, justa indignación, violencia social y “sensación de inseguridad”. Como señalaré más adelante, tras la crisis capitalista del 2008, la creencia en el libre mercado se ha visto muy debilitada, y hasta el conocido defensor del capitalismo Alan Greenspan,  ex presidente de la Reserva Federal en Estados Unidos desde 1987 y hasta 2006 con cuatro presidentes distintos, confesó haber vivido en el error al creer que el mercado se autoregula.

  Competir por las ganancias está en las antípodas de la posibilidad de fundar una sociedad en base a la cooperación. No habrá solidaridad mientras la competencia, la explotación y la maximización de la ganancia sean los vectores de la actividad productiva. El principio de la rentabilidad debe ser reemplazado por nuevos ejes articuladores de la vida social.

  Examinemos un poco más en profundidad las bases filosóficas y antropológicas del liberalismo. La teoría económica liberal clásica nos dice que el ser humano por naturaleza sólo es egoísta, que siempre actúa racionalmente en la búsqueda de su propio provecho, y que la suma de egoísmos particulares generará la “racionalidad del mercado”, que beneficiaría a la mayor parte de las personas. El capitalismo se basó en la antropología de Tomas Hobbes, que juzgó que el ser humano por naturaleza sólo es egoísta, y que por tanto, para que la lucha entre egoísmos no conduzca a la violencia, es necesario consensuar la existencia de un Estado que garantice la paz. Lo que Hobbes no tiene en cuenta es que sin solidaridad la especie humana no hubiera sobrevivido. Incluso en el capitalismo las personas participan de organizaciones no gubernamentales para ayudar a los demás y fortalecer la solidaridad en un mundo que a menudo desprecia a este valor por considerarlo “ingenuo”. Tenemos tanto impulsos egoístas como solidarios, y cada sistema político subraya más uno u otro aspecto. No es casual que la teoría liberal clásica nos presente al comportamiento empresario como aquetípicamente humano. El capitalismo reposa sobre la máxima “siempre yo primero”. Esto suscita rivalidad entre las personas, destruye la solidaridad y el lazo social de los actores económicos, ya que cada uno avanza bajo la condición de que el otro pierda. Un esquema que afecta a las relaciones interpersonales, a las industrias y a los Estados.

  La teoría política liberal ha estado basada en una antropología equivocada. Sus presupuestos recientemente fueron objeto de estudios experimentales y se comprobó que los seres humanos son grandes reciprocadores, devuelven bien por bien y mal por mal, e incluso se perjudican a ellos mismos para devolver un mal,  lo cual no parece muy sensato, a diferencia de lo que marca la teoría económica liberal clásica, a saber, que los individuos siempre buscan su beneficio en forma racional. En todo el mundo miles de personas colaboran desinteresadamente en empresas y organizaciones solidarias de todo tipo y nos muestran que la solidaridad es una respuesta humana muy común. La teoría política liberal está sustentada en bases antropológicas falsas, y se trata por tanto de una teoría pseudocientífica. [4]

  Transcurridos varios siglos de capitalismo, hay evidencias suficientes de que el mercado desregulado no genera equilibrio sino monopolios y  acumulación de la riqueza en pocas manos. Esto deja muy atrás el ideal de competencia que postulan los teóricos liberales clásicos. Si el ser humano es fundamentalmente reciprocador, retribuirá con cooperación si  vive en un contexto solidario que respeta sus libertades básicas (y por libertades básicas entiendo la libertad de comer, contar con una vivienda digna, con un sistema de salud, jubilación, con la posibilidad de expresar libremente las ideas, elegir en qué casa ha de vivir, a qué colegio se mandará a los hijos, etc).  De modo que

durante siglos el capitalismo estuvo basado en una teoría que no cuenta con sustento científico. Dar y  recibir son dos dimensiones básicas de la convivencia humana.      Algunos defienden al capitalismo por considerar que expresa la "racionalidad del egoísmo individualista". Pero una persona puede ser racional cuando elige una acción no egoísta. La estrategia racional reside en maximizar ganancias y minimizar pérdidas, y muchos de nuestros valores no son egoístas y tienen que ver con la cooperación. Por otra parte, la evidencia científica nos muestra hoy que la racionalidad de las decisiones humanas tiene límites. La mayoría de las decisiones no proviene de un cálculo de costo-beneficio, sino de muchos otros mecanismos psicológicos (guiarse por las emociones, por el inconsciente adaptativo, seguir la tradición, imitar a los pares, recibir influencias de la educación, ser persuadido por la publicidad y los medios, etc). Es cierto que hay decisiones humanas que se basan en cálculos de costo-beneficio, pero aún en esos casos la consideración de qué cosa es un costo y qué cosa es un beneficio no siempre proviene de un cálculo racional, sino de factores emocionales, cognitivos, motivacionales, culturales, e ideológicos. La concepción filosófica que sostiene ideológicamente al capitalismo olvida que, además del cálculo de costo-beneficio, la mayoría de las personas en mayor o menor medida realizan una evaluación ética de sus acciones. Si no se tiene en cuenta esto, se puede llegar a sostener sin fundamento alguno que ser racional consiste solo en  ser egoísta y en buscar una ganancia que puede perjudicar a otros, y que el capitalismo no hace sino explicitar esa estrategia, supuestamente inevitable. Cuando se sostiene esta posición, se incurre en la llamada falacia naturalista, que consiste en desplazar lo que es o lo que se cree que existe (una naturaleza humana exclusivamente egoísta) a lo que debería ser (un capitalismo que subraya esta característica), es decir, se produce un viraje ilegítimo de la descripción a la prescripción. En este contexto teórico, la inequidad aparece como un efecto colateral inevitable y de poca relevancia.

 

El rol del Estado en el capitalismo

 

  El liberalismo clásico propugna que el Estado se reduzca a su mínima expresión, garantizando la seguridad interna, el respeto de la propiedad privada, y la garantía de que el mercado podrá funcionar sin ser perturbado por la internvención estatal. Este modelo de mercado desregulado fue objeto de desconfianza en la crisis de los años 30, cuando teóricos como John Maynard Keynes sostuvieron que en tiempos crisis el Estado debe intervenir para incrementar la demanda y controlar las deficiencias del mercado.

  En el contexto del capitalismo, el Estado pudo asumir formas de lo más diversas: democrática, fascista, monárquica, republicana, autoritaria. No obstante, la globalización de las comunicaciones impulsó a los Estados de diverso tinte a oír demandas populares que favorecieron algunos procesos de democratización. 

  Un problema grave en torno al rol del Estado en el capitalismo, es que los gobiernos democráticos dicen representar el interés de las mayorías, pero la mayor parte de las veces actúan en favor de las grandes empresas y de los intereses de los sectores más favorecidos de la sociedad. Durante las elecciones los candidatos invocan el interés general y llevan adelante campañas basadas en slogans que apelan a la emoción, en lugar de comprometerse por escrito en favor de leyes que verdaderamente favorezcan a las mayorías.

 

La globalización

  El capitalismo tiene una dinámica expansiva por la cual permanentemente busca obtener mayores ganancias accediendo a nuevos mercados.  La mentada globalización de fines del siglo XX en realidad se generó mucho tiempo antes con la constitución de un mercado capitalista en Occidente. El proceso de globalización que transitamos no hizo más que profundizar esa tendencia. Hoy es sabido que las empresas trasnacionales se imponen por encima de la soberanía de los Estados, y son corresponsables también de otro tipo de desigualdad, que es la que torna al  Tercer Mundo una economía dependiente del primero. La mayoría de los países en desarrollo de Asia, Africa y América Latina brindan a estas empresas recursos naturales no renovables y el esfuerzo y el sacrificio (la vida entera) de sus habitantes. Cuando una multinacional establece un intercambio comercial con Argentina, Ecuador o Tailandia, los beneficios no se reparten por igual ni favorecen en un marco de justicia a la parte más débil poseedora de menores activos. El grupo que tiene ingresos más elevados es el que recibe todavía mayores beneficios. Así se alimenta el círculo de los poderosos, que hace que los más ricos se enriquezcan a expensas de los más pobres. De ahí aquel cuento en el que el presidente de un país subdesarrollado dice en un discurso: “Ciudadanos, les tengo una buena y mala noticia.¿Cuál es la buena? Que nuestras deudas con el extranjero han sido saldadas.¿Y la mala? Que tenemos 72 horas para abandonar el país”.

  El proceso de globalización tiene aspectos positivos y negativos. No me propongo profundizar en este tema tan complejo aquí, pero a grandes rasgos vale la pena destacar la generación de redes sociales como internet, la divulgación de los derechos de las minorías, la expansión de la idea de derechos humanos a lo largo y a lo ancho del planeta, el conocimiento de cómo se vive en países lejanos. No es positiva, en cambio, la homogenización de la diversidad cultural a imagen y semejanza de la cultura de un solo país, Estados Unidos.

  Los organismos internacionales que nacieron para fomentar la paz y brindar ayuda a los países más pobres terminaron dominados por Estados Unidos y por intereses económicos que en el contexto del capitalismo generaron el efecto contrario al buscado en sus inicios. Es el caso, por ejemplo,  del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM). Ambos fueron creados después de la Segunda Guerra Mundial. El FMI se propuso combatir las crisis financieras que castigaban a millones de personas en todas partes del mundo. El Banco Mundial estaba destinado a favorecer la inversión a largo plazo en los países subdesarrollados, prestandofondos a bajas tasas de interés. Pero durante la década del ochenta el FMI y el Banco Mundial sufrieron una drástica transformación. La prioridad para el FMI pasó a ser la elminación de los obstáculos para el libre flujo del capital y la búsqueda inescrupulosa de beneficios. El Banco Mundial se convirtió en un apéndice del FMI, destinado a otorgar créditos a los países que le daban la bienvenida a las corporaciones y a castigar a los que no lo hacían negándoles los préstamos. El objetivo ya no era ayudar a los países pobres sino engrosar los beneficios de las grandes multinacionales. Ambas instituciones impusieron en los países del Tercer Mundo un esquema de salarios bajos y contaminación, presionando a los gobiernos corruptos o débiles. La globalización capitalista –que no es la única globalización posible- busca intervenir en el comercio internacinal para aumentar los beneficios de los ricos y poderosos a expensas de los pobres y de los débiles. Es decir, traslada  a gran escala el esquema capitalista local. Los defensores de la globalización anticapitalista proponen, en cambio, modificar las relaciones comerciales para aumentar el poder de los pobres y disminuir el de los ricos.

El Estado de Bienestar en el capitalismo

  Durante el siglo XX en países industrializados como Inglaterra hubo significativas mejoras en la esfera socio-económica, en parte gracias a un colonialismo que permitió el desarrollo de las metrópolis y también gracias a la aparición del Estado de Bienestar, que aplicó medidas opuestas a la teoría fundante del liberalismo, impulsando un rol activo para el Estado en  una serie de políticas sociales destinadas a subsanar los errores del libre mercado.

  En el modelo capitalista de Estado de Bienestar, hay mecanismos que constituyen anticipos de una sociedad igualitaria, sin serlo. La significativa instauración de impuestos distribuidos entre los que menos tienen, sin implicar evidentemente el socialismo, podría ser un comienzo hacia esa tendencia. Pero el problema de la redistribución en el contexto del capitalismo es que sólo se produce en circunstancias políticas transitorias y siempre y cuando no entren en contradicción los intereses del capital con los del trabajo. Si las políticas redistributivas perduran en el tiempo es en el contexto de sistemas mixtos como el escandinavo, en los que la justicia social proviene de las medidas socialistas y no de aquellas propias del capitalismo. Mientras la competencia continúe, la equidad se verá seriamente amenazada.

   Suecia tiene una economía mixta en la que se combinan rasgos del capitalismo y del socialismo. Es curioso que se la invoque como ejemplo de capitalismo con poca inequidad, cuando sus aciertos en esta esfera corresponden a sus estrategias socialistas y no a las que son propias del capitalismo.

  Los países escandinavos son los ejemplos más existosos de ese modelo, aunque aún no implican una justicia social plena porque si bien la brecha de la desigualdad es reducida para la mayoría, todavía hay extraordinarias diferencias en la riqueza (en Suecia viven algunas de las personas más ricas del mundo).

  Un estudio sobre exclusión social y étnica en Suecia reportó para el 2002 la existencia de más de 130 barrios caracterizados por una profunda mariginalización respecto al trabajo, la educaión y la participación electoral. [5] En las ciudades grandes y medianas del país se concentraron bolsones de la exclusión social y étnica que hoy afecta a muchas minorías inmigrantes. En los países regidos por el modelo de Estado de Bienestar –al igual que otros países desarrollados- los trabajos más monótonos, riesgosos y menos enriquecedores son realizados por los inmigrantes.  En Suecia han surgido alternativas no estatales para el acceso a servicios como el de salud, con el fin de brindar protección frente a los largos tiempos de espera que pueden afectar a los servicios públicos. Cuando el primer ministro socialdemócrata Goran Persson  tuvo que ser atendido por una dolencia, acudió a una clínica privada a la que también acudían otros representantes del gobierno. La clínica privada de la elite socialdemócrata es la misma en la que se atiende buena parte de la elite empresarial del país. Esto suscitó un escándalo tras el cual el primer ministro tuvo que acudir a los servicios públicos como cualquier ciudadano, aunque nadie duda de que en este caso la lista de espera correrá más rápido.

  La concentración del poder en Suecia, por otra parte, favoreció diversos actos de corrupción que sorprendieron a una nación que tenía una idea diversa de sí misma y del Partido Socialdemócrata. Uno de los escándalos más conocidos involucró casi a un centenera de funcionarios  del monopolio estatal de venta de bebidas alcohólicas (Systembolaget), cuya jefa era la esposa del primer ministro. Hasta el rey Karl XVI Gustav se hizo eco de esto cuando dijo en su discurso de navidad del 2003: “Ha sido doloroso descubrir que en aquel idilio en el cual habíamos vivido y queríamos vivir estaba el caldo de cultivo de la frivolidad y la codicia”.

  Cuando el poder está centralizado, corrompe incluso en Suecia. En los últimos tiempos, allí se busca un “socialismo desde abajo”, en el que haya una participación directa de la ciudadanía en la organización de los servicios del bienestar.

 

Uso del dinero como medio universal de cambio

(Cuarta característica del capitalismo)

  Antes del advenimiento del capitalismo las personas producían bienes de uso (cultivando, o fabricando con sus propias manos su ropa y sus muebles, por ejemplo) y un conjunto complementario de bienes eran adquiridos con dinero en el mercado. Lo propio del capitalismo es que anula casi por completo los valores de uso en favor de un medio universal de cambio llamado dinero. Como los grupos de menores recursos económicos ya no poseen sus medios de producción (la tierra para cultivar, o las herramientas del taller artesanal) porque han sido expropiados o porque han emigrado a las ciudades en busca de trabajo en el sector industrial,  se ven obligados a conseguir dinero, que no es un valor de uso sino un valor de cambio, es decir, un medio que debe ser intercambiado por todos los demás bienes. Si no hay dinero no habrá ni comida, ni vivienda ni ninguno de los bienes y servicios a los que se accede a través de este medio universal de cambio. Al asumir la forma de dinero, el capital se vuelve un comodín, predomina la producción para la venta, surgen los bancos y los intermediarios financieros.

Monopolio de las decisiones

(Quinta característica del capitalismo)

 El capitalista y sus agentes gerenciales monopolizan las decisiones que afectan al proceso de producción y al de las decisiones financieras y los obreros quedan excluidos de la gestión de sus propias condiciones de trabajo. Es decir que no eligen sólo a quien contratar y a quién despedir sino también las condiciones de trabajo, las técnicas empleadas, los bienes producidos, cuándo contraer deudas, emitir acciones o hipotecar las instalaciones. Aunque quienes trabajan a las órdenes del capitalista quedan excluidos de estas decisiones, sufren sus consecuencias.

    Independientemente de las relaciones de propiedad, es posible identificar en el capitalismo a una “clase coordinadora” integrada por los que reciben un salario por su trabajo pero, a diferencia de la “clase trabajadora”, ocupan puestos que permiten influir significativamente para determinar la propia situación económica y la de otras personas, y para gozar de mejores condiciones laborales por el monopolio que se ejerce sobre ciertos conocimientos y habilidades. Hay una oposición de intereses entre la clase trabajadora, integrada por obreros de la construcción, por los que trabajan en una cadena de montaje, los mozos, los que limpian, etc, y la clase coordinadora, integrada por ingenieros, gestores, médicos, etc, aún cuando ambas clases se oponen a los intereses de la clase capitalista. En este punto coinciden básicamente el capitalismo y los llamados “socialismos realmente existentes”: en ambas estructuras hay una “clase coordinadora” que decide en situaciones que afectan a los demás y que goza de privilegios.

División corporativa del trabajo

(Sexta característica del capitalismo)

  En el sistema actual existe una división del trabajo por la cual algunas personas desarrollan primordialmente las tareas más gratificantes, estimulantes, enriquecedoras y prestigiosas, mientras la mayoría debe consagrarse a  tareas más repetitivas, desagradables, con frecuencia peligrosas, embrutecedoras y que no otorgan prestigio alguno. En el primer tipo de trabajo a menudo se maneja gran cantidad de información y se está capacitado para influir en mayor medida en las decisiones. En el segundo las personas no adquieren ninguna capacidad de influir en la vida pública. Quienes no poseen una propiedad o trabajan en tareas poco estimulantes suelen ser excluidos del poder de decisión.

  El propio Adam Smith escribió en 1776 en La riqueza de las naciones:

 

  Las ideas de la mayor parte de los hombres se forman necesariamente al desarrollar sus ocupaciones ordinarias (…) las personas cuya vida se emplea en realizar un puñado de operaciones simples, de las que tal vez siempre se deriven los mismos, o casi prácticamente los mismos resultados, apenas tienen ocasión de ejercitar su pensamiento (…) y son generalmente empujadas a convertirse en seres tan ignorantes y tan estúpidos como pueda llegar a serlo una criatura humana.

 

  En el capitalismo la mayor parte de las personas, cuando trabajan, no lo hacen en algo que les resulte enriquecedor o, si lo es, la tarea suele desarrollarse en condiciones de stress y presión. Millones de seres humanos sienten que su vida no les pertenece: trabajan de sol a sol en tareas monótonas a cambio de un sueldo que con viento favorable les permite apenas sobrevivir. Si existieran combinaciones equilibradas de empleo, tal como propone la Economía Participativa (PARECON), cada persona desarrollaría tareas creativas y otras que no lo son pero que resultan imprescindibles para la supervivencia individual y social. [6] De este modo todos tendríamos un empleo que implicaría una calidad de vida y una capacidad de decisión equivalente a la del resto de los trabajadores.

   En el capitalismo, las personas que desarrollan las tareas más desagradabes, en lugar de cobrar más de modo que se compense su mayor sacrificio, perciben una miseria por su trabajo. Es el caso del obrero que trabaja en una demolición, del minero, de los que limpian lo que otros ensucian, de los que trabajan a la intemperie con temperaturas extremas, etc. Otros ciudadanos reciben grandes recompensas: tal el caso de los deportistas profesionales, o de un abogado o un médico prestigioso. Otros reciben una renta no sólo por su trabajo sino por el trabajo de otras personas, a veces incluso por el trabajo de miles de ellas, como es el caso de Bill Gates.

El desarrollo tecnológico

  En los comienzos del capitalismo las estrategias aplicadas al desarrollo tecnológico crearon tareas parciales, repetitivas y aburridas tal como las muestra Chaplin en “Tiempos modernos”, donde un trabajador sale de la fábrica y sigue realizando el mismo movimiento mecánico y repetitivo de ajustar la tuerca, que se le fijó automáticamente como un tic. Si el ser humano pudo ser reemplazado por la máquina, decía Marx, eso es porque antes él mismo había sido convertido en una máquina, cosificado y alienado de su condición humana.

  Décadas atrás una fábrica era manejada por decenas de personas. En la actualidad la tecnología ha sustituido a una parte significativa del trabajo humano. Hay pocas máquinas y son manejadas por grupos reducidos de técnicos hiperespecializados.  Entre los muchos efectos que generó el desarrollo tecnológico en las últimas décadas, cabe destacar el del desempleo. En lugar de repartirnos mejor la tarea para que todos nos esforcemos menos, tengamos más tiempo libre y disfrutemos de la posibilidad de desarrollar una labor gratificante y al mismo tiempo aportemos nuestro esfuerzo para las desagradables, se acrecentaron la acumulación de la riqueza en pocas manos, la profundización en la división del trabajo, la desocupación, la pobreza y la inequidad.

  La sustitución de mano de obra por maquinaria es una buena ocasión para revisar nuestra concepción productivista del trabajo. Si evaluamos cuál es el trabajo por hacer, es posible distribuirlo mejor y también distribuir mejor la riqueza social. Todos podríamos disponer de recursos y de tiempo libre, tal como soñaron desde Aristóteles a Marx, que imaginaron la existencia de una sociedad en la que la tecnología y la justicia social relevarían al ser humano de la parte del trabajo que constituye una carga. No podemos ser reducidos a engranajes de un proceso de producción, somos seres creativos que pueden concebir la vida al servicio de muchas actividades no laborales. Dado que el desempleo continuará acrecentándose y que son los pobres quienes más sufren este impacto, es absolutamente prioritario tomar medidas al respecto.

    Si el trabajo se repartiera equitativamente y la retribución se realizara en base al esfuerzo y al sacrificio, todos podríamos trabajar menos horas.

El Producto Bruto Interno

  En el capitalismo, los grupos con mayor poder económico, representados por lo general en el gobierno, son también los que determinan cuándo es que un país “crece”.    Los defensores del capitalismo consideran que este sistema promueve el crecimiento económico, que se ve reflejado en la medición del Producto Interno Bruto (PBI), el valor monetario total de la producción corriente de bienes y servicios de un país durante un período dado (generalmente un año).  Se ha naturalizado la idea de que si el PBI crece, “el país crece”. ¿Pero cómo puede crecer un país con 20%, 30% o 50% de sus habitantes por debajo de la línea de pobreza? ¿Crecimiento para quién? ¿Cómo es posible hablar de “crecimiento” y tomar al PBI como medida de bienestar de un país sin tener en cuenta la distribución del ingreso? Dos países pueden tener el mismo PBI pero si en uno de ellos la distribución es más equitativa que en otro, habrá mayor bienestar económico.  

  Las cifras de crecimiento económico del PBI son tomadas como una evidencia de que las políticas económicas aplicadas son correctas. Pero tanto Simon Kuznets, creador de la contabilidad nacional que dio lugar al uso del PBI, como otros muchos  autores posteriores, cuestionaron el uso de este indicador como sinónimo de bienestar social.

 

  Veamos la opinión de Joseph E. Stiglitz (Premio Nobel de Economía) sobre el PBI:

 

No mide adecuadamente los cambios que afectan al bienestar, ni permite comparar correctamente el bienestar de diferentes países'[…] no toma en cuenta la degradación del medio ambiente ni la desaparición de los recursos naturales a la hora de cuantificar el crecimiento. […] esto es particularmente verdadero en Estados Unidos, donde el PBI ha aumentado más, pero en realidad gran número de personas no tienen la impresión de vivir mejor porque sufren la caída de sus ingresos. [7]

 

  El PBI puede aumentar mientras aumenta la inseguridad. También, como señala Stiglitz,  puede aumentar cuando se explotan inadecuadamente los recursos naturales. Pero a la larga el capital del país muy probablemente disminuirá, dejando a las generaciones futuras con menor capital disponible. El PBI no tiene en cuenta el endeudamiento externo. Puede aumentar si el gobierno o las empresas toman préstamos en el extranjero, y esto disminuirá el PBI en el futuro. Si la inflación es alta, aún cuando no haya más producción, podría parecer que el PBI aumenta sustancialmente.

  Por último, ¿por qué aumentar la producción tendría que ser la medida de crecimiento de un país? Si se lo toma como un parámetro deseable es porque muchos suponen que un aumento del PBI implica necesariamente un aumento en el nivel económico de cada uno de sus habitantes, pero si no se tiene en cuenta la distribución, este presupuesto es falso.

 

La meritocracia

 

  En el capitalismo aquello que pasa por constituir una diferencia de “mérito” a menudo  es producto de puntuales desigualdades sociales y económicas. Aún cuando a veces el sistema educativo posibilite cierta movilidad social ascendente,  su funcionamiento está básicamente al servicio de la reproducción de los sectores más favorecidos y de la legitimación de sus conocimientos, correspondientes básicamente a la esfera intelectual. El mérito es asociado en consecuencia a las actividades que pueden desarrollar estos grupos y no a la enorme cantidad de trabajos que desarrollan los sectores subalternos. Los grupos más favorecidos se definen por el ideal del mérito de forma directamente proporcional al modo en que los desfavorecidos se definen por la privación de talento, iniciativa y personalidad. Quienes “fracasan” en el sistema educativo son identificados con aquellos que carecen de un “don” que ameritaría reconocimiento y deben aceptar su destino porque supuestamente han competido en un marco de “justa igualdad de oportunidades”. Quienes “triunfan”, por el contrario, sienten haber obtenido mediante los exámenes y los concursos la legitimación objetiva y racional de su mérito. Tal como señaló Marx en Miseria de la filosofía, la “aristocracia de capacidades” se convirtió en “imbecilidad” y miseria para el proletariado. De un lado los inteligentes, los capaces, los talentosos, los aptos y los genios. Del otro los poco inteligentes, los incapaces, los negados, los torpes y los estúpidos.

  A medida que el personal técnico fue especializándose cada vez más y que la maquinaria a su cargo se hizo cada vez más compleja, los ejecutores de trabajos rutinarios vieron simplificada su tarea y obtuvieron una consideración cada vez menor por parte de la sociedad. De un lado la dirección y el mando, del otro la realización y la obediencia. De un lado el intelecto, del otro lado el cuerpo. La idea de vocación reforzó este dualismo, su impronta determinista se evidencia al haber sido comprendida como la misión impuesta por dios a cada individuo, y contribuyó a que la división social del trabajo pareciera determinada por el destino.

  La desmitificación del mérito lleva a replantear buena parte de los criterios declarados de selección. El ideal meritocrático no se hace cargo de la exclusión de quienes no han salido victoriosos en los mecanismos de selección articulados por los sectores más favorecidos de la sociedad, sea porque no los han aprobado o porque ni siquiera han tenido oportunidad de acceder a ellos.

  Según el ideal moderno, el nivel de ingresos debe ser  proporcional a la industriosidad y a los talentos de cada cual. Pero este modelo no da cuenta de que la mayor parte de las veces lo que pasa por una desigualdad de mérito es una desigualdad de clase, y que aún cuando el comienzo de la “carrera” fuera parejo –es decir, aún cuando pudiera implementarse el principio de “igualdad de oportunidades”-, quienes no han salido victoriosos en el “orden de mérito” tienen derecho a una mínima igualdad sustantiva de la que no se hace cargo el formalismo del principio liberal.

 

 

La crisis del capitalismo de fines del 2008

 

 

   En este apartado analizaremos algunos de los conflictos estructurales que ocasionan el problema de la inseguridad, a la luz de la última crisis del capitalismo acontecida a fines del 2008, que es a la economía de mercado algo equivalente a la caída del Muro de Berlín de 1989. Las tasas de desempleo no descendían tanto desde la célebre crisis de 1930. En estas circunstancias la pregunta crucial ha sido: ¿estamos en los albores de una crisis final del capitalismo o esta es una crisis más de uno de los modelos posibles del capitalismo, el neoliberal? ¿Se ha perdido la confianza el el sistema capitalista?

  El conflicto comenzó en los Estados Unidos y luego se extendió a las economías europeas (España, Reino Unido, Francia, Bélgica, Islandia, Argentina, entre otros países) y, como era de esperar, impactó más en las regiones y en los grupos sociales económicamente más desfavorecidos. Uno de estos lugares es América Latina, región en la que uno de cada tres habitantes es pobre, el 10% más rico tiene 50 veces más que el 10% más pobre (en Noruega 6, en España 10, en Argentina 32.9 [8]). Aunque América Latina exportó en el 2007 alimentos que podrían abastecer tres veces a su población, el 16% de los niños de la región están desnutridos. Es indudable que, si no se toman las medias adecuadas, la crisis agravará este panorama y profundizará aún más la brecha de la desigualdad.

  Durante el 2009 se redujeron drásticamente las remesas que envían los inmigrantes latinoamericanos que trabajan en Europa y en Estados Unidos, un dinero que representa una ayuda crucial para más de cien millones de personas. También los más pobres son los más afectados por la inflación en general y por la suba del precio de los alimentos en particular. El trigo aumentó 130% en el último año y el arroz subió 75% en dos meses.  En el capitalismo la búsqueda insaciable de lucro de los empresarios se paga con la vida de miles de personas. Según el Banco Mundial, esta crisis podría provocar la muerte de 90 millones de personas en los países más pobres.

  Desde hace algunas décadas, la capacidad de producción en el capitalismo es cada vez mayor, al punto en que se termina por superar la capacidad de consumo de la mayoría de las personas, que ven limitado su poder de compra en un contexto de creciente desigualdad. En un estudio del Instituto de Investigaciones Económicas (IIE) de la UNAM , se señala que 200 empresas trasnacionales de distintos países industrializados, especialmente de los Estados Unidos, concentran el 40% del Producto Bruto Interno (PBI) mundial. Entre la Unión Europea , Estados Unidos y Japón, contabilizan el 71% del PBI mundial (año 2007), pese a que disponen sólo del 15 por ciento de la población. Podemos ver aquí las bases que profundizan la pobreza y la desigualdad en el mundo. Sólo Estados Unidos cuenta con el 25% del PBI mundial.

  El índice Dow Jones de Wall Street es el que corresponde a las 30 compañías trasnacionales más importantes de Estados Unidos y del mundo. Sus dueños son también los dueños económicos del mundo y están protegidos por el poder político y militar. Algunas de esas compañías son: American Express, Coca Cola, General Electric, Hewlett Packard, MC Donalds, Microsoft, Walt Mart, Walt Disney. Las trasnacionales y los bancos, que controlan los sistemas productivos y el comercio mundial, hacen pagar la crisis a los empleados, a los obreros y a los desocupados.

  Los mecanismos de consumo han ido variando en el capitalismo. De la sociedad del ahorro, que consistía en acopiar dinero para, reunida una cantidad suficiente, gastarlo, hemos pasado a la sociedad de la tarjeta de crédito, en la que se gasta primero y luego se trabaja para pagar lo consumido. El mecanismo encaja astutamente con uno de los principios del capitalismo, que es el de ampliar sin pausa e insaciablemente los objetos de consumo. Como señalé anteriormente, ya Hegel había definido a la sociedad moderna como aquella en la que se generan cada vez más necesidades y productos destinados a satisfacerlas. Lamentablemente Marx toma este principio de su maestro y lo considera deseable, aunque está pensando en que esos bienes deben ser distribuidos equitativamente. La sociedad de la tarjeta de crédito ha convertido en deudores casi eternos a millones de individuos que gastan el dinero antes de ganarlo.

  El capitalismo ha pasado de una economía de producción a una de especulación en la que progresivamente se ha generado un desmantelamiento de la industria y de los empleos, han aumentado los delitos contra la propiedad, las migraciones masivas y el vaciamiento de la política a favor de la economía.

  En los países del llamado Primer Mundo, el poder adquisitivo de una persona se mide por la cantidad de crédito que es capaz de conseguir. Uno de los desencadenantes de la crisis fue la enorme cantidad de hipotecas otorgadas en Estados Unidos a personas que no estaban en condiciones de pagarlas. Se incitó a los sectores de menores ingresos de la población a que se endeudaran con hipotecas “baratas”, que no eran nada baratas en la letra chica de los contratos. Si la casa no seguía subiendo de precio, no iban a poder pagarla nunca. En Estados Unidos una de cada diez personas está en mora con el pago de su hipoteca (50.000 viven en Nueva York).

  Esta misma situación fue vivida por millones de españoles endeudados con sus hipotecas. En España, a diferencia de los Estados Unidos, no es posible devolver la casa con hipoteca impaga. Por eso muchos españoles piden que se regulen las prácticas abusivas de los bancos, que deberían renunciar al cobro de parte de las hipotecas. Veamos el testimonio de un español endeudado: “Volvimos al feudalismo, los banqueros son nuestros señores feudales;  trabajamos de sol a sol para pagar nuestra hipoteca o las chorradas consumistas que no necesitamos pero que compramos porque ellos las fabrican y nos las meten delante de los ojos”. Sin duda hay mucho de manipulación en esto, a lo que deberíamos sumar la inclinación por el consumo superfluo.    La carrera desesperada por el consumo es propia del núcleo duro de capitalismo, que desde su propio surgimiento ha planteado al mercado como una mano racional capaz de beneficiar a todos, cuando lo que vemos –y esta crisis es una muestra de ello- es que inevitablemente produce cada vez más acumulación de riqueza en pocas manos. A menos, claro, que se ponga un límite a esta acumulación, o a menos que se implementen medidas que no provengan de la esencia del capitalismo y en las que el Estado no sea un instrumento de dominación de los sectores privilegiados sobre los más desfavorecidos, sino una herramienta para proteger a los grupos más vulnerables y para limitar la acumulación de la riqueza.

    La crisis del 2008 problematiza el hábito del consumo desenfrenado, un ideal básico para el capitalismo contemporáneo, y el de gastar el dinero que no se posee. En este sentido hay algunos matices que varían de país en país. Los franceses tienden a endeudarse menos que los norteamericanos. Si pagan con tarjeta a menudo apelan a las de débito, y recurren al dinero que ya tienen.

  El problema de las deudas hipotecarias, que produjo el quiebre de muchos bancos, sumado el derrumbe de los precios del petróleo y de las materias primas, al proceso de estanflación (un concepto que expresa la confluencia de la falta de crecimiento con inflación), que produjo la suba en el precio de los alimentos y del costo de vida de millones de personas en el mundo, fueron algunos de los desencadenantes fundamentales de esta crisis que procura ser paliada mediante el rescate de los bancos por parte del Estado, valiéndose del dinero de los contribuyentes para socializar las pérdidas y privatizar las ganancias.

  Entre las causas centrales de la crisis cabe destacar en primer lugar la eliminación por parte de los gobiernos de muchas de las regulaciones a los negocios, un mecanismo que pretende favorecer la operación eficiente del mercado. Se supone que al haber menos regulaciones aumentan el nivel de competencia, la productividad y la eficiencia, y disminuyen los precios. En la práctica esto implica que las políticas públicas dejen de proteger los intereses colectivos.  Por ejemplo, se desregula el mercado parafinanciero de Wall Street, o desciende el control en las patentes de medicamentos. Es lo que muchos denominan capitalismo de casino: unos pocos juegan con el destino de la mayoría.

  En la Argentina este proceso de desregulación tuvo lugar en la década del noventa durante la presidencia de Menem. Se alentaron las inversiones inmobiliarias y las “commodities” –mercancías no diferenciadas- como capital ficticio, es decir, como una montaña de papeles desligados de la producción real. No hace falta ser un entendido en economía para saber que el dinero no produce riqueza, que para generarla es necesario producir, fabricar, construir, crear.

  Nuevas tecnologías como internet o los teléfonos celulares permitieron acelerar el proceso especulativo, creando un “capitalismo financiero virtual” en el que se obtienen grandes ganancias y se producen grandes pérdidas en poco tiempo, operando por fuera de la soberanía de las naciones. Algunos calulan que esto permitió que la economía especulativa fuera diez veces superior en tamaño a la real. Así fue como la economía mundial dejó de estar tan ligada a la riqueza de las naciones y empezó a operar fuera de los marcos de la economía real.

  Los nuevos jugadores del capitalismo de casino son yuppies recién salidos de la universidad que apuestan desde sus computadoras manuales a realizar operaciones en sus burbujas especulativas. Esta modalidad es conocida por el conjunto de la sociedad, ya constituye una marca de época y no brinda a los jóvenes de los grupos económicamente más desfavorecidos la idea de que la plata se hace trabajando. La sociedad del ahorro, derivada de la ética protestante, postuló al trabajo y al esfuerzo como bases del bienestar económico. La sociedad de la tarjeta de crédito y el capitalismo de casino entienden que es mejor postergar o suprimir la parte del esfuerzo y ganar dinero lo más pronto posible mediante especulaciones financieras.

  Pero la última crisis del capitalismo no obedece sólo a la falta de normas de regulación y control financiero sino a la infraestructura misma de la concentración del capital en pocas manos. Son ahora capitalistas como Soros quienes recuerdan que Marx predijo hace 150 años que se desarrollarían crisis como ésta en el capitalismo. La del 2008 fue precedida, entre otras,  por la Gran Depresión de 1930, la crisis rusa de 1994, la del sudeste asiático en 1997, la de  Brasil en 1998 y la de Argentina entre 1999 y el 2002, precursora de la del 2008. Quienes tras la caída del muro de Berlín proclamaron el fin de la historia y la instauración definitiva de un capitalismo que se pretendía eterno, hubieran inspirado una sonrisa en Marx y en todos aquellos que comprenden que la acumulación de la riqueza en pocas manos es parte del núcleo duro del capitalismo, y que este proceso genera necesariamente crisis y violencia.

  Marx entendió que la economía globalizada era propia del modo capitalista de producción, valoró la globalización por su carácter internacionalista y como la convergencia de la humanidad hacia un futuro solidario e integrado, pero vaticinó que el capitalismo traería prosperidad sólo para algunos, cada vez mayor concentración de la riqueza en pocas manos, crisis económicas, violentos conflictos e injusticia generalizada. ¿Quién hubiera dicho hace diez años que ciertos textos de Marx empezarían a venderse como pan caliente, no por sus propuestas relativas a una sociedad comunista –Marx casi no escribió sobre cómo debía ser la sociedad futura- sino por sus acertadas críticas al dispositivo capitalista?

  Aunque Marx dejó a las generaciones futuras el delineamiento de una sociedad no capitalista (rasgo que a la mayoría de quienes valoran su pensamiento les parece una ventaja, y que a mi modo de ver sembró el germen de nuevas formas de injusticia), previó que el capitalismo sería reemplazado por un sistema planificado, una propuesta que hoy suena muy razonable, al menos en alguna de sus variantes. En la actualidad ni siquiera Fukuyama -que en el 92 preconizaba el “fin de la historia” y la instauración definitiva del capitalismo- confía en el equilibrio automático de los mercados sin la intervención de un poder público eficaz. En su libro “La construcción del Estado”, publicado en el 2004, descree que sea posible una economía mundial equilibrada en el marco de la desregulación y critica a los gobiernos que no encaran políticas públicas. A pesar de esto, hoy sufrimos las consecuencias de ideas como las que Fukuyama defendía en el 92, y resurgen una vez más quienes confían sin evidencia alguna en que con unos ligeros retoques cosméticos ahora sí tendremos un capitalismo que termine de una buena vez por todas con la violencia social y propicie la paz,  el bienestar y la justicia.

  El capitalismo neoliberal que imperó en Occidente en los noventa presupuso la actualización de los principios antropológicos y filosóficos clásicos del liberalismo económico. Según estos principios, como señalé con anterioridad, el ser humano sería básicamente egoísta por naturaleza, poco le importarían los demás y mucho su propio bienestar. Sobre esta base el Estado garantizaría la paz social y el mercado entendido como un ámbito económico desregulado sería una “mano invisible” que impediría el monopolio a través de la competencia.

    Sin embargo, no sólo Marx sino también, en el siglo XX,  Keynes y la Escuela de Estocolmo, que dio lugar al modelo de Estado de Bienestar que rige hoy día en los países escandinavos, eran conscientes de las crisis que genera el mercado, que es intrínsecamente inestable.  Hasta el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, cifró en el severo deterioro de la equidad una de las causas de la crisis capitalista del 2008, y señaló que en los Estados Unidos hubo mayor productividad cuando los trabajadores tenían una participación mayor en los ingresos. Pero Obama lamentablemente no ve en esto problemas estructurales del capitalismo sino errores éticos –corrupción y codicia- o de gestión atribuibles a los individuos. Así se borra de un plumazo la búsqueda de rentabilidad de las corporaciones transnacionales, que lleva a que la riqueza se concentre cada vez más en pocas manos.

  La crisis capitalista del 2008 es comparable para muchos con la Gran Depresión de 1930. ¿Qué medidas se tomaron por aquella época? Keynes, el ideólogo de entonces, cuestionó al capitalismo no regulado por su individualismo y por la inequidad y la pobreza que genera, y reemplazó el modelo de “capitalismo salvaje” por el modelo capitalista de Estado de Bienestar. El keynesianismo derivó en dos ramas, la económica, que procuró el pleno empleo mediante la realización de obras públicas y la regulación del sector privado, y la social, que derivó en la Escuela de Estocolmo, de la que nacieron los modelos socialdemócratas y de Estado de Bienestar como los de los países escandinavos, Holanda, Taiwan, Japón, Austria, Bélgica. Todos estos países tienen gran cantidad de servicios sociales, baja desigualdad y escasa violencia social.

  Pero en varios países el modelo de Estado de Bienestar apenas duró cincuenta años y fue reemplazado por el neoliberalismo de Reagan, Thatcher y sus sucesores, que limitó la intervención del Estado. En los noventa se volvió a cuestionar que se incluya a la política y a la ética en el ámbito de la economía, pretendiendo demostrar que la economía obedece sólo a cuestiones técnicas, olvidando que detrás de todo análisis económico suele haber intereses en juego. En la actualidad padecemos las consecuencias de aquellas políticas, y certificamos una vez más que la pobreza no se enfrenta mágicamente con la supuesta racionalidad del mercado sino mediante políticas públicas, por eso nuevamente aparece el keynesianismo hasta en los grupos que menos confianza podían tener en la intervención estatal.

  Nuevamente son muchos los que creen que mediante algunos retoques propios del modelo de Estado de Bienestar el capitalismo podría llegar a ser un sistema económico deseable. Pero el modelo de Estado de Bienestar capitalista aún está muy lejos de la justicia social plena, ya que, como hemos señalado, si bien la brecha de la desigualdad es reducida para la mayoría, todavía hay extraordinarias diferencias en la riqueza, y el bienestar de estos países se sostiene gracias al trabajo rutinario que en su inmensa mayoría desarrollan los inmigrantes.

  Esto no significa que sería deseable caer en manos de un Estado burocrático que persigue a las personas por la expresión de sus ideas, les impide salir del país y las castiga cuando se oponen a las medidas instauradas por el gobierno. Hay otros modelos posibles de organización social que evitan estos problemas (ver el capítulo dedicado a Parecon).

  Al igual que las anteriores crisis del capitalismo, ésta revela que el liberalismo económico está basado en una antropología, una filosofía y una teoría económica erróneas, sin basamento científico alguno, anclado en una narración imaginaria de átomos egoístas –Robinsones deseosos de habitar su isla desierta- en la que no se entiende que lo individual sólo es comprensible en el marco de lo social.

  El primer factor que nos constituye es social: nacemos en un medio social determinado, adoptamos como naturales muchas de las costumbres propias de nuestro tiempo, incorporamos inadvertidamente mediante el lenguaje una serie de visiones del mundo. No pronunciamos con el acento que nos place, ni imitamos primordialmente el acento de nuestros padres sino el de la sociedad en la que somos criados. Esto no equivale a sostener que la sociedad debe suplantar a la autonomía individual, sino que sólo es posible la autonomía en un contexto social determinado.

  Es necesario analizar las buenas medidas que se toman en distintas sociedades, ver si son aplicables en otras latitudes y llevarlas a la práctica. Es posible imaginar en detalle diversos modelos de sociedad justa, no porque el guión deba ser respetado a pie juntillas, sino porque el derrumbe del capitalismo no generará automáticamente una sociedad justa. Para que esta sociedad nazca, es necesario seguir imaginándola y basar las políticas públicas en teorías científicas y éticas.

  Cuando Montserrat Galcerán, de la Universidad Complutense de Madrid, le comentó a sus amigas que tenía que escribir un artículo sobre la crisis que vivía el capitalismo en el 2008, la miraron con gesto de desesperación y le dijeron: “Estamos hartas de tanta crisis, sobre todo porque nosotras ya llevamos años viviendo en la crisis, somos precarias desde hace mucho”. El llamamiento al consumo que realizan gobernantes de diversos países para activar la economía y evitar el desempleo es percibido como una burla por las personas que hace años que viven en la precariedad. Si toda crisis es una oportunidad, existe la posibilidad de reorientar la producción respetando la ecología del planeta y favorecer las necesidades sociales en vez de recuperar altos niveles de consumo que, entre otras consecuencias negativas, suponen que nuevamente las personas vuelvan a endeudarse accediendo al crédito. Por otra parte, lo que estas medidas no explican es cómo podrían mantenerse altos niveles de consumo con bajos salarios.  

  Desde la década del setenta el capitalismo vive una crisis de sobreproducción en la que se rebasa la capacidad de consumo de los ciudadanos. Entre 1945 y 1975  primaron las políticas keynesianas impulsadas también en la reconstrucción de Europa y del Este Asiático tras la Segunda Guerra Mundial. Se procuró mantener los salarios altos para sostener la demanada, hubo un desarrollo firme de políticas fiscales y severos controles en los mercados. Ese proceso culminó en una estanflación (bajo crecimiento e inflación alta), de la que se trató de salir con la reestructuración neoliberal, que favoreció a los sectores más privilegiados, con la globalización, que supuso la obtención de materia prima y mano de obra baratas, y con la financiarización, que hizo que gran cantidad de fondos excedentes de los ahorristas fueran reinvertidos en el sector financiero, que gira sobre sí mismo.

 

Algunas soluciones posibles frente a la crisis

 

  Lo curioso de la crisis del capitalismo de fines del 2008 es que hasta los liberales reconocen que sin la intervención de un poder público eficaz el sistema se derrumba. Esto supone para la mayoría una valorización de las regulaciones activas, a las que sería necesario sumar mecanismos de control y auditoría permanente por parte de la sociedad civil.

  El precio para el mantenimiento del capitalismo hasta ahora fue la exclusión de millones de personas del sistema, tendencia que va en aumento en parte por la creciente concentración de la riqueza en pocas manos -que se refleja en el coeficiente Gini, que mide la inequidad, el elemento que más correlaciona con la violencia social o con lo que se conoce como “inseguridad”-, por el desarrollo de nuevas tecnologías que vuelven prescindible la mano de obra e instauran el capitalismo especulativo “de casino” y porque al aumentar la inequidad baja el poder adquisitivo de la población y hay menor demanda.

  El precio del mantenimiento de un orden injusto también es el de la explotación de unos seres humanos por parte de otros mediante la extracción de plusvalía (abordé este tema en el comienzo de este capítulo dedicado al capitalismo) y el de la complicidad frente a la negligencia de quienes prometen acabar con la pobreza y la exclusión pero las aumentan o las palían de manera inefectiva.

  Otro precio que supone el mantenimiento de este orden es el de la injusta distribución del trabajo en la esfera doméstica. No podemos achacar las injusticias de género al capitalismo porque son muy anteriores, pero sí destacar el hecho de que si hombres y mujeres distribuyeran equitativamente la tarea doméstica y el cuidado de los niños y los ancianos, el sistema se caería a pedazos porque los hombres deberían dedicar mucho más tiempo a estas actividades. No niego que aún existan  mujeres aprovechadas que buscan un buen partido para no trabajar, o que algunas demoren demasiado su reingreso al mundo del trabajo tras la crianza de los hijos, ni que haya hombres que compartan la faena doméstica, pero sin una distribución equitativa del trabajo doméstico, que en los países menos desarrollados como el nuestro se paga mal y en los sectores medios y altos suele estar a cargo de los grupos más desfavorecidos económicamente y/o en manos de inmigrantes, resulta inviable el diseño de un orden social menos injusto.

  No hay evidencias como para que un modelo basado en una justicia sustantiva –y no meramente formal- sea posible en el contexto del capitalismo. Aún los países cuyos sistemas políticos y económicos valoran los defensores del capitalismo (por ejemplo, los escandinavos), deben sus aciertos a una economía planificada basada en principios socialistas.

  En el capitalismo la falta de trabajo suele provocar estallidos sociales que generan acciones represivas, caos y ruptura de los marcos institucionales, y que no se resuelven con salvatajes financieros. Es posible también que las sucesivas crisis del capitalismo permitan, de manera progresiva o abrupta, refundar un orden económico y social con nuevas reglas.

  A continuación mencionaré algunas medidas para salir de la crisis que de manera inmediata pueden ser implementadas en el contexto del capitalismo, pero esto no implica que, a la larga, sea posible una justicia social plena dentro de este sistema.

 

1) Instaurar políticas de seguridad alimentaria: Son necesarias  para alimentar a millones de personas que padecen hambre. Sería de gran utilidad la creación de un organismo internacional que desarrolle planes que permitan terminar con el hambre en el mundo y que garantice que no se siga dañando al planeta con desastres ecológicos. La inflación siempre impacta más en los alimentos de primera necesidad que consumen los sectores más vulnerables.  Son esos alimentos los que no deben cargar con impuestos y ser abaratados, y no me refiero sólo a la harina, al azúcar y al aceite, sino también a las proteinas (carnes y lácteos), que son los más caros. Cuando los objetos más caros de consumo se abaratan, no se consiguen por ningún lado. En este sentido debería existir una política que reasegure que estos alimentos estén al alcance de los sectores económicamente más desfavorecidos. A quienes más han ayudado los gobiernos durante la crisis ha sido a las empresas, y con dinero de los contribuyentes. Estados Unidos inyecta dinero con el objetivo de restaurar la confianza en el sistema y evitar la retirada masiva de fondos, como en la Gran Depresión de 1930. Obama  se propuso salvar así dos millones y medio de empleos, socializando las pérdidas de las grandes empresas, que jamás han socializado sus ganancias. ¿No hubiera sido necesario preguntarse si hubo responsabilidades que puedan ser identificadas en los banqueros, en los empresarios y en los funcionarios? ¿Qué puede pensar y sentir el ciudadano de los sectores medios y bajos de la población cuando ve cómo reciben ayuda oficial directivos o gerentes de diversas entidades financieras? El caso más escandaloso fue el de la llegada a Washington de los presidentes de las empresas automotrices. Venían a pedir  una ayuda económica que les permitiera salvarse de la bancarrota y gastaron 40.000 dólares en cada vuelo en jet privado. El pasaje en clase ejecutiva cuesta 800 dólares.

 

2) Garantizar el pleno empleo con menos horas de trabajo obligatorio para cada uno.

 

3) Promover mediante créditos públicos la formación de cooperativas.

 

4) Nacionalizar algunas de las empresas en quiebra: No hay evidencias de que el Estado necesariamente sea un mal administrador de las empresas. En la Europa continental se estatizaron con eficacia los transportes y el correo. Canadá estatizó Hydro Québec, que se convirtió en la mayor planta hidroeléctrica del mundo.

 

5) Limitar el consumo desaforado y reorientar la producción a las necesidades de la sociedad, antes que alentar el consumo sin más, como hacen actualmente los gobiernos.

 

6) Suspender el embargo de quienes tienen deudas hipotecarias

 

7) Incrementar las medidas redistributivas. Joseph Stigliz, Premio Nobel de Economía, propone bajarle los impuestos a los pobres, subírselos a los ricos, aumentar los subsidios por desempleo e incrementar los gastos en educación.

 

8) Crear un nuevo FMI, completamente distinto al actual. El historiador Eric Hobsbawn propone crear un FMI nuevo que no dependa sólo de los países más desarrollados y en el que no sean una o dos personas las que toman las decisiones.

 

9) Mejoramiento del poder de decisión de la ONU : Augusto Pérez Lindo propone incrementar al poder de decisión de la ONU , generando consensos y programas para acabar definitivamente con el hambre, la pobreza y los desastres ecológicos. También sugiere la creación de un Tribunal Penal Internacional para garantizar y eventualmente penar con efectividad el quebrantamiento de las medidas consensuadas. [9]

 

10) Diversificar las fuentes de ingresos: Paul Kennedy, historiador de Yale, sostiene que los países deben contar con diversas fuentes de ingresos. Tal vez bajo la sombra tutelar del sabio principio de “No poner todos los huevos en una misma canasta”, afirma que si los países sostienen su desarrollo en varias actividades, pueden sufrir menos el impacto de las crisis económicas. Suiza sería el contraejemplo: recae demasiado en la actividad bancaria y puede verse mucho más afectada por la crisis que otros países que desarrollan una multiplicidad de actividades.

 

  Las crisis siempre son buenas ocasiones para pensar de qué manera queremos vivir. Si no aprovechamos esta oportunidad, si no participamos ni entendemos que la política la hacemos entre todos, padeceremos los efectos de las medidas que implementen los demás. Tal como señalaba Platón, el precio de no interesarse por la política es tener que resignarse a la  la política que hacen los demás.

 

 

¿Es posible vivir sin inseguridad en el capitalismo?

 

  Cuando surge la pregunta sobre si es posible vivir sin inseguridad en el  capitalismo, la respuesta suele ser afirmativa, y acto seguido aparece el ejemplo de los países escandinavos y de otros países que suelen tener sistemas mixtos. En el caso de los países escandinavos, como señalé párrafos atrás, se combinan muchos principios del socialismo con otros de la libre empresa, sin que ambas tendencias encuentren un equilibrio o una estabilidad. En otros países con menor inseguridad que en América Latina, es el caso de España, existen un conjunto de subsidios y seguros de desempleo que a menudo garantizan un piso para los ciudadanos, lo que torna reducida la tasa de pobreza absoluta y bajos los índices de desigualdad. Como también señalé anteriormente, en estos países hay además una relación problemática con los inmigrantes, que a veces gozan de enormes beneficios y otras padecen significativas desventajas y realizan el “trabajo sucio” que los nacidos en ese país no quieren desarrollar.

  Entiendo que el proyecto moderno de emancipación y progreso basado en la razón está inconcluso. Mientras existan seres humanos, el conflicto no desaparecerá. Pero la tarea de emancipación ha sido iniciada. Occidente ha progresado en el reconocimiento de los derechos de las mujeres, de las minorías sexuales y de otros grupos antes segregados, sin que esta tarea haya concluido. El liberalismo político aportó a Occidente la buena idea de la libertad de conciencia, el derecho a no ser perseguido por elegir formas de vida que a otros pueden parecerles extrañas, siempre y cuando no se perturbe al prójimo, y el derecho a que el Estado no “obligue a pensar” de determinada manera (todavía quedan unas cuantas conquistas por realizar en este campo, particularmente cuando los Estados sostienen la enseñanza religiosa).

  Quienes cuestionan el proyecto moderno suelen aducir que el exterminio nazi, que organizó las matanzas con criterio industrial y capitalista, representa el fracaso de la racionalidad en Occidente. Sin embargo, la racionalidad instrumental, entendida como una búsqueda que sólo tiene en cuenta los medios y no los fines, es uno de los tantos conceptos posibles de racionalidad que han existido en Occidente, incluyendo al Occidente moderno. No hay empresa razonable si los fines no lo son y si en el camino se daña a los demás. La idea de razón que se ha sostenido en Occidente desde la antigüedad hasta nuestros días, pasando por autores modernos como Spinoza, Descartes y Kant, por citar unos pocos ejemplos, en modo alguno podría ser identificada con el tipo de racionalidad que dio lugar al exterminio nazi.

  Al reproducir la desigualdad, el capitalismo promueve la explotación, el desempleo y la pobreza, aumenta la violencia  y el aislamiento social, y genera comportamientos antisociales que socavan la solidaridad, la autogestión, la equidad y la diversidad. El capitalismo es antisocial porque disgrega a los seres humanos. La propiedad privada de los medios de producción y la plusvalía son el núcleo duro, la esencia, del capitalismo, y como suponen el abuso de unas personas por parte de otras, estamos ante un sistema que va en dirección contraria a las conquistas de los derechos humanos y por tanto puede ser asimilado a la explotación. Necesitamos ahora profundizar en nuestra concepción de los derechos humanos de modo que la equidad esté garantizada en las relaciones sociales.

  Es necesario subordinar la economía a la política, crear una economía basada en los Derechos Humanos y en principios de cooperación y solidaridad, entendiendo que todos deben contribuir a la sociedad con su trabajo, y que, superado cierto límite de acumulación de riquezas económicas, no es posible instaurar una justicia social plena. Para muchos esta no es simplemente una crisis financiera, sino una verdadera crisis de civilización, y por ello una verdadera oportunidad de aplicar lo que la filosofía ha tratado de enseñarnos desde hace siglos: que debemos entender que los demás seres humanos y la naturaleza son también parte de nosotros mismos. No hay bienestar auténtico si no establecemos solidariamente las condiciones de posibilidad para el bienestar de todos.

 

 

El comunismo

 

     En el Occidente moderno el comunismo surge en la Francia revolucionaria del siglo XVIII, cuando François-Noël Babeuf lleva a cabo la Conspiración de los iguales, que proponía la abolición de la propiedad privada y la instauración de la propiedad comunitaria para asegurar que la igualdad no fuera sólo política sino también económica. El movimiento fue salvajemente reprimido,  pero las consignas sobrevivieron.

  El comunismo propone la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y en este sentido y en muchos otros representa un avance en relación al capitalismo. Fruto de la producción colectiva, los bienes deben distribuidos en una primera etapa según el esfuerzo de cada uno, y en una segunda, según sus necesidades. El segundo principio de justicia, que perduraría, sería  “De cada cual según su capacidad y a cada cual según su necesidad”.

  Se busca así llevar a la clase trabajadora al poder y establecer un modo de vida que beneficie a la mayoría, pero al ser un sistema escasa o nulamente participativo, quienes ejercen el poder  (la “clase coordinadora”) suelen tener privilegios de los que el resto de los trabajadores no gozan. Marx era consciente del efecto que suele ejercer el Estado y escribió que tras un periodo de transición en el que se establecería la dictadura del proletariado, el Estado se disolvería por sí solo. Entendió que la dictadura del proletariado, a la que se accedería por un proceso revolucionario,  sería una fase transitoria pero necesaria frente a la violencia que ejercerían los capitalistas para mantener sus privilegios e impedir la llegada y la continuidad del comunismo.

  Un error de Marx fue creer que los funcionarios en ejercicio en algún momento abandonarían el poder para disolver el Estado. En la práctica, la gradual y progresiva concentración de poder político en pocas manos implicó en la mayoría de los casos privilegios, falta de participación en las decisiones colectivas y persecuciones políticas a los disidentes. Al proponer una dictadura del proletariado, Marx cometió el error de suponer que la igualdad social podría conseguirse sin la igualdad política. Pero si hay un grupo coordinador y el poder se concentra en pocas manos, el poder económico también queda en esas pocas manos.

  Otro problema es que Marx no estaba interesado en hacer muchas propuestas concretas para la sociedad futura, porque pensaba que dados ciertos principios básicos, cada sociedad se organizaría a su manera. Si bien es cierto que cada cultura puede aplicar a su modo los principios de justicia, esto dejó afuera de su teoría cuestiones fundamentales como la dinámica misma del poder o cómo se distribuirán los trabajos desgradables que aún con la abolición de la propiedad privada de los medios de producción no dejarán de pesar como una esclavitud. Marx fue brillante en sus críticas al capitalismo, pero bastante vago en algo que hoy resulta de vital importancia: el delineamiento de formas de organización más justas para el desarrollo del trabajo y de la vida social.

  Un problema de estos regímenes es que existe una clase coordinadora que monopoliza buena parte de las decisiones y de la información, tiene privilegios económicos y sociales, tiende a ser sumamente autoritaria y mantiene una división del trabajo que relega a la mayoría a desarrollar tareas tediosas, mientras una minoría sigue teniendo trabajos más enriquecedores.

  Tras la caída del muro de Berlín y de los regímenes comunistas de Europa Oriental, se ha profundizado el proceso de globalización en el contexto del auge de la geopolítica neoliberal, y el comunismo se mantiene en países como China, Cuba, Corea del Norte, Libia y Vietnam, en algunos casos en combinación con procedimientos propios del capitalismo.

  No me interesa acá entrar en la discusión de si los llamados “socialismos realmente existentes” llevaron a la práctica las ideas de Marx. No es el propósito de este libro analizar textos ni correlacionarlos con prácticas reales.  En cambio me parece relevante cuestionar la necesidad de una élite intelectual o de un partido centralizado para la gestión de la vida social.  En los socialismos realmente existentes la posibilidad de una sociedad emancipada fue ahogada por un despotismo burocrático. Si bien se disminuyó la desigualdad económica y se produjeron notables conquistas sociales (el fin de la indigencia, el acceso universal a bienes sanitarios y culturales, por ejemplo), rigió una modalidad totalitaria de partido único que favoreció a los sectores más privilegiados, persiguió a los que pensaban distinto y excluyó a la participación popular.

  Repetir dogmáticamente las ideas de los teóricos de la emancipación, sin criticar sus propuestas cuestionables ni la manera en que estas ideas fueron llevadas a la práctica, implica convertirse en un viudo que promueve la memoria del difunto. Es el caso de muchos teóricos de las ciencias sociales que, en lugar de analizar cómo podríamos vivir en una sociedad más justa, consagran su vida a realizar exégesis de Marx o de sus escritores marxistas favoritos.

 

El socialismo

 

  El significado del término socialismo ha ido cambiando a lo largo del tiempo. El concepto es utilizado por un amplio espectro político que puede incluir a los marxistas, a los anarquistas y a las socialdemoracias, entre otros. Existen diferencias entre los grupos socialistas, si bien casi todos están de acuerdo en proponer una sociedad igualitaria basada en la solidaridad y no en la competencia, y en la instauración de una economía al servicio de la mayoría de la población y no de unos pocos.

 

  Las utopías son modelos posibles de sociedad, y no ideas irrealizables (tal como propone el uso cotidiano de esta palabra). Desde antiguo en la historia de la cultura se han tratado de diseñar sociedades más justas. La “República” de Platón y  la “Utopía” de Tomas Moro articularon  algunos de los mecanismos que estarían presentes en las prácticas comunistas del siglo XX. Es interesante observar en qué momentos suelen aparecen más utopías, es decir, diseños ideales de sociedades con mayor justicia. El descubrimiento europeo de América fue uno de esos momentos, ya que a través de los relatos que traían los viajeros sobre otras formas de vida, se avivó la imaginación sobre la posibilidad de instituir modelos diversos de gestión social. Las situaciones de crisis también son propicias para pensar en otras formas de organización. La Revolución Francesa fue uno de estos contextos, desde el levantamiento que la desencadenó hasta sus efectos posteriores, en cuyo marco surgieron los llamados socialistas utópicos. Tras la caída del muro de Berlín, en 1989, Michel Albert publica “Parecon: vida después del capitalismo”, un modelo de autogestión que se aleja tanto del capitalismo como de los llamados “socialismos realmente existentes”. La mayoría de las utopías se tradujeron en prácticas políticas concretas, con los aciertos y los errores que plantean estos modelos.

  Aunque los orígenes del socialismo se remontan a los principios de la historia social, y aunque en el presente hay muchas comunidades pequeñas que también están basadas en principios igualitarios, los llamados “socialistas utópicos” fueron de los primeros teóricos socialistas del mundo moderno. Robert Owen (1771-1858) nació en Gales y fue uno de los fundadores del cooperativismo. Su propuesta era utópica pero no irreal. Consideró que el valor de los productos debía medirse en función del trabajo incorporado a ellos, y no del valor en dinero que se les atribuye. Para la época, esto era una novedad. Trabajó tanto en la teoría como en la práctica para que los obreros se protegieran de las inequidades del capitalismo. Creó varias fábricas en las que llevó sus ideas a la práctica y entendió que los obreros debían unirse para crear cooperativas de producción y distribución. En 1832 ya existían unas 500 cooperativas en las que se desenvolvían unos  20.000 trabajadores. Owen también propuso, incluso antes que Kant, un antecente de la Organización de las Naciones Unidas, una  Federación de Estados Europeos que serviría como herramienta política para evitar las guerras y asegurar la paz mundial.

  El fráncés Charles Fourier por la misma época  ideó unas comunidades a las que llamó falansterios, para las que proponía el trabajo rotativo, de modo que nadie tuviera que realizar todo el tiempo una tarea desagradable. Varias comunidades fueron creadas en Estados Unidos y en Francia bajo la inspiración de Fourier. Con algunas variantes, los socialistas utópicos propusieron la creación de comunidades rurales autosuficientes con muchos puntos en común con los kibutzim, las comunidades agrícolas que se desarrollaron en Israel y en otros lugares del planeta. 

  En un sentido más restringido, el socialismo tiene en común con el comunismo el hecho de que busca evitar que una minoría de ciudadanos poseedores de los medios de producción pueda explotar a la mayoría de los trabajadores. Para este fin propone la socialización de los medios de producción y, en alguna de sus vertientes, la propiedad estatal bajo la forma de la nacionalización pero, a diferencia del comunismo, admite en algunas de sus vertientes no-estatales la propiedad comunitaria. En su versión más usual, el socialismo apoya la idea de un control estatal extensivo de la economía, que puede o no estar asociado al control democrático de las personas sobre el Estado.

  No me propongo realizar aquí un análisis exhaustivo del término socialismo. Las definiciones pueden variar según el interlocutor. Lo central es que se trata de una ideología política que se opuso al capitalismo al no otorgar el poder  a quienes tienen poder adquisitivo ni a quienes pueden ejercer el control sobre otros.

   El socialismo presupone la existencia de una economía planificada (no basada en la competencia del libre mercado) y de una clase trabajadora organizada. Se llega al socialismo mediante una revolución o mediante reformas del Estado destinadas a que unas clases sociales no sean subordinadas por otras.  En este último sentido el término socialismo engloba a distintos partidos y organizaciones de tradiciones diferentes que en general comparten el objetivo común del socialismo democrático.

  Algunos movimientos socialistas procuraron instaurar un Estado obrero organizado de abajo hacia arriba, en contraste con modelos como el estalinista, organizado de arriba hacia abajo. Otros se integraron al capitalismo a través de las llamadas socialdemocracias (hoy el término socialismo es identificado mayormente con las socialdemocracias), tratando de reducir las desigualdades con mayor o menor fortuna según el país y según la época. En las socialdemocracias o socialismos de mercado las personas más favorecidas en lo económico deben pagar impuestos más altos para que la riqueza pueda ser redistribuida en la sociedad, permitiendo que los más desfavorecidos accedan a medios y oportunidades que de otra manera les estarían vedados. Aunque en estos países hay menores índices de desigualdad que en otros países capitalistas (la medición se realiza por un índice denominado Gini), y menor violencia social, todavía persisten problemas severos como la dificultad de acceso a la vivienda, entre otros conflictos vinculados con la desigualdad, sin que se haya logrado una justicia social plena. Los vaivenes y las crisis que padecen los Estados de Bienestar europeos son los propios del capitalismo, el sistema que está en la base de la estructura de las socialdemocracias. Aunque, como decíamos, en este tipo de administración hay menos inseguridad que en los países regidos por un sistema capitalista más tradicional, la violencia originada en problemas sociales no ha desaparecido del todo. 

  Otros grupos socialistas sostienen que la socialdemocracia ya no pretende pasar gradualmente de una sociedad capitalista a una igualitaria, ya que si bien en la mayoría de los países donde los socialdemócratas  gobernaron se aplican planes de bienestar social (que tienden a reducirse con las últimas crisis),  el capitalismo en estos contextos sigue generando monopolios, concentración de la riqueza y desigualdad.

 

  El anarquismo

 

  La palabra 'anarquía' deriva del griego αναρχια anarchia, de αναρχος anarchos 'no amo'. Los taoístas en la antigua China ya proponían formas muy parecidas a las del anarquismo moderno, que busca maximizar los contratos libres o pactos voluntarios entre individuos soberanos y rechaza la existencia de una élite o “clase coordinadora” que dirige a la mayoría. No propone el caos, como muchos suponen, sino eliminar las jerarquías autoritarias e injustas y la coacción, y promover el autogobierno de personas y asociaciones. La idea de autogestión es hoy propuesta desde ámbitos no anarquistas y aparece englobada en el término “empoderamiento”.

  En el contexto de los primeros debates del socialismo, el anarquismo, a partir de Mijaíl Bakunin, Joseph Proudhon y otros teóricos, propone que las personas puedan decidir de la manera más directa que sea posible sobre las cuestiones sociales que afectan su vida. Esto implica estar en contra de la existencia de un grupo coordinador, es decir, de políticos profesionales y, por tanto, del Estado-Nación, por entender que priva a las personas de una participación más directa en sus asuntos, al mismo tiempo que tiende a generar privilegios, actos de corrupción y defensa sesgada de los derechos de unos pocos en desmedro de la mayoría.

  Una diferencia importante entre los marxistas y los anarquistas fue que los marxistas proponían un período de transición después de la revolución social, una dictadura del proletariado que precedería a la disolución final del Estado. Esto no fue aceptado por los partidarios de Bakunin, que entendían que lo mejor era promover rápidamente las formas autogestionarias. El resultado de este debate fue la expulsión de los anarquistas y del anarcosindicalismo de la Internacional , que fue disuelta en 1876.

  En su libro ¿Qué es la propiedad?, Pierre-Joseph Proudhon considera que la propiedad es un derecho inalienable de todo individuo, derecho que no es respetado por un orden económico que sólo beneficia a unos pocos. Identifica a los trabajadores (y no a la tierra o a la propiedad) como productores de riqueza, y entiende que la legitimación del sistema de propiedad sólo es posible a través de una imposición jurídica por parte del Estado.

  La vertiente anarquista explícitamente comunista está representada, entre otros, por Piotr Kropotkin y por Errico Malatesta y en acontecimientos históricos como la revolución española de 1936. Durante el siglo XX hubo varias rebeliones y acontecimientos históricos con un fuerte componente anarquista: el mayo francés, la revolución zapatista, la majnovista y la catalana.

 

Escribe Manual Castells sobre el anarquismo:

La gran dificultad para el anarquismo siempre fue cómo conciliar la autonomía personal y local con la complejidad de una organización productiva y de la vida cotidiana en un mundo industrializado y en un planeta interdependiente. Y es aquí donde la tecnología resultó ser una aliada del anarquismo más que del marxismo. En lugar de grandes fábricas y gigantescas burocracias (base material del socialismo), la economía funciona cada vez más a partir de redes (base material de la autonomía organizativa). (…)Todo ello a partir de internet, móviles, satélites y redes informáticas que permiten la comunicación y el transporte local-global a escala planetaria. Esto no es mi interpretación de los hechos, sino el discurso explícito que se da en los debates de los movimientos sociales, tal como ha sido documentado en el espléndido libro reciente de Jeffrey Juris sobre el tema. O sea, la disolución del Estado y la construcción de una organización social autónoma a partir de personas y grupos afines, debatiendo, votando y gestionando mediante la red interactiva de comunicación. [10]

 

  Algunas ideas poco defendibles de ciertas corrientes del anarquismo (no de todas):  que la tecnología es necesariamente enemiga de la justicia y de la libertad, o que todas las instituciones violan la libertad humana, que cualquier reforma dentro del sistema es criticable, o que tener alguna relación con las estructuras políticas y sociales actuales es cuestionable o un signo de hipocresía. Hay anarquismos de derecha que propugnan un individualismo todavía más exacerbado que el del liberalismo. Es el anarquismo de izquierda el que se acerca al modelo de  democracia directa mediante la propuesta de un sistema de comunas confederadas.

  El anarquismo plantea que la máxima cantidad de decisiones posibles en torno a lo social deben ser tomadas de manera horizontal, es decir, por las propias personas afectadas por esas decisiones. A veces denominado  “socialismo libertario”,  propone un tipo de sociedad basada en libertades civiles, equidad social, iniciativa individual y cooperación. Todo mediante un sistema de comunas confederadas, cuyo eslabón básico son los lugares de trabajo (que adoptan la forma de cooperativas), los barrios,  las provincias, el país y, finalmente, las organizaciones internacionales de apoyo mutuo.

 

Tomar lo bueno de cada sistema

 

  Deberíamos ser capaces de tomar lo bueno de cada sistema: del liberalismo político, la posibilidad de pensar y vivir distinto a como lo hacen los demás sin ser perseguido por eso; del socialismo y el comunismo,  sus iniciativas destinadas a que nadie pase hambre y a combatir la desigualdad en la distribución de la riqueza;  del anarquismo, su defensa de la modalidad autogesionaria y participativa. 

  En los llamados “socialismos realmente existentes” se realizaron grandes avances en torno a cuestiones como el salario, la vivienda, la equidad, la educación, la salud y la cultura. En muchos de estos países había guarderías en todas las fábricas, las madres separadas con hijos recibían sostén por parte del Estado, se puso un límite al derecho a heredar. Lamentablemente en algunos lugares una porción considerable de estas conquistas se degradaron a medida que aumentaban los privilegios de los burócratas. Hubo rebeliones antiburocráticas dentro del mismo sistema, pero fueron sofocadas tanto en Alemania del Este, en  1953, como en Hungría, en 1956, y en Checoslovaquia, en 1968. Los ciudadanos no defendieron al régimen cuando cayó en buena medida porque lo identificaban con una burocracia que gozó de estos privilegios.

  Ambos sistemas, el capitalismo y el comunismo tal como se lo aplicó en los países del este, tienen una cosa en común: concentran el poder en manos de unos pocos. Esto debería enseñarnos algo más que la existencia de corrupción por parte de unos cuantos individuos y movernos a reflexionar si no será que las circunstancias en las que se ejerce el poder resultan tentadoras a la hora de adquirir privilegios, y que por consiguiente convendría establecer formas en las que la democracia se articule de la manera más directa que sea posible, y si fuera necesario delegar algunas funciones, que haya votaciones frecuentes y un poder altamente revocable.

  La toma de decisiones es siempre más responsable cuanto más cerca se esté de las  personas a quienes afectan esas decisiones. Esto suele ser así en todos los niveles de la vida social, desde la compra telefónica que se realiza a un supermercado, hasta la administración de un país. Hacemos un pedido a domicilio al supermercado y la comida no llega. Llamamos por teléfono a la central de una red de supermercados para efectuar el reclamo, ya que no está previsto que sea posible conectarse directamente con la sucursal desde la cual efectúan el envío, y nos responden que se comunicarán con la sucursal del barrio para averiguar qué pasó y luego nos devolverán el llamado. Este procedimiento burocrático puede prolongarse durante varios días, sin que la comida llegue a destino. Lo mismo suele ocurrir en el marco del conjunto de la estructura de un país: cuanto mayor sea la distancia entre los que deciden y los que son afectados por esas decisiones, menos posibilidades existen de que alguien se responsabilice por los incumplimientos y las ineficiencias. Pensar en formas directas o menos indirectas de participación es un rechazo a la modalidad del “Síganme, no los voy a defraudar”.

  Así como los empresarios obran en favor de su propio beneficio económico en el contexto del capitalismo, en los llamados “socialismos realmente existentes” los burócratas con frecuencia adquieren privilegios en virtud del cargo que desempeñan. A lo largo del siglo XX a menudo fueron ajenos a las demandas populares, e incluso en la última etapa de la URSS muchos aspiraron a convertirse ellos mismos en capitalistas. No pocos lo lograron, y hoy en día son multimillonarios.

  En los modelos de Estado de Bienestar también se han realizado conquistas importantes. Por ejemplo, en Alemania los padres están obligados a mantener a sus hijos mientras estudian (la educación es gratuita) y, si no están en condiciones de hacerlo, el Estado solventa toda su manutención hasta que terminan la universidad;  cada barrio tiene piletas municipales a las que es posible acceder incluso en invierno, etc.

  Es necesario crear formas cooperativas y autogestinarias (o lo más autogestionarias que sea posible) de administración. Desarrollar una democracia real y no meramente nominal, en la que la participación se reduce a depositar un voto cada cuatro años.

  La justicia social no es el resultado inexorable de la evolución humana. Si no conquistamos nuestros derechos, los cambios no vendrán por generación espontánea.

 

  Hay un chiste que circula estos días en internet con el título “Una gran lección por sólo 50 euros”. Lo reproduzco encomillado, tal cual me llegó, y luego lo comento: “Recientemente le pregunté a la hija de un amigo qué le gustaría ser cuando fuera grande. Ella respondió que quería ser presidente. Sus padres, ambos del Partido Socialista Español (PSOE), estaban presentes, y yo continué preguntando: ´¿Si algún día llegaras a ser presidente, qué sería lo primero que harías? ´ Ella respondió sin vacilar: ´Daría alimentos y viviendas a todos los pobres.´ Sus padres, orgullosos, pelaron los dientes en una radiante sonrisa: ´¡Bravo, que propósito más loable!!´ le dije.Y continué: ´Pero para eso no tienes que esperar a ser presidente. Puedes venir mañana a mi casa a cortar el césped, sacar las malas hierbas y abonar el jardín, y te pagaré 50 euros por el trabajo. Luego te llevaré al supermercado de mi barrio donde siempre hay un mendigo, y tú podrás darle el billete para que se compre comida y empiece a ahorrar para su casa.´La chica pensó durante unos segundos; luego, mirándome fijamente a los ojos me preguntó: ´¿Y por qué no va el vagabundo a hacer el trabajo, y le pagas directamente a él?´ “Bienvenida a LA DERECHA ", le contesté. Sus padres aún no me hablan...”.

  El chiste reposa sobre un prejuicio paleolítico pero todavía presente en la sociedad (especialmente en la norteamericana pero también en la nuestra), a saber, que las personas en situación de pobreza son vagas y no quieren trabajar. Otro presupuesto del chiste es que durante las gestiones de los gobiernos de derecha, a diferencia de los de izquierda, el dinero se obtiene en base al esfuerzo y al trabajo. Sin embargo, es exactamente al revés. Como señalé anteriormente, las primeros teóricos de la derecha creyeron que en lugar de obtener las riquezas en la guerra había que ganarlas comerciando, y que de ese modo sería posible vivir del propio esfuerzo y no del saqueo. Pero es la derecha la que en la práctica legitima la plusvalía (el tiempo de trabajo no remunerado), la especulación financiera y la posibilidad de heredar sin límite, situación que permite a miles de personas vivir sin trabajar o, peor, vivir del esfuerzo ajeno. Lo que se promueve a sí mismo como izquierda no siempre lo es (en el caso del PSOE, acepta la plusvalía, la especulación financiera y la herencia de bienes que permiten vivir sin trabajar), y aún las izquierdas hegemónicamente reconocidas como tales han permitido con frecuencia que las élites burocráticas no vivieran de su propio trabajo, un error que debe ser corregido en otras formas de organización social. A través de lo que aparenta ser una ingeniosa jugarreta intelectual, el chiste nos lanza un guiño para que simpaticemos con su moraleja (“hay que votar a la derecha porque es la que basa los ingresos en el propio esfuerzo”). Pero es exactamente al revés, es la izquierda no burocrática quien propone que el lugar que ocupe cada persona en la sociedad esté basado en su esfuerzo y su trabajo (el sistema que encuentro más cercano a este ideal es Parecon (Economía Participativa), del que hablaremos más adelante. La contradicción entre lo que predica la derecha (que se debe vivir en base al propio trabajo) y lo que practica está presente en el andamiaje del humor y en toda ocasión en la que se disfraza de izquierda.

 


[1] Parecon. Vida después del capitalismo. Michael Albert,  Akal , 2005.

[2] China y su avance hacia el capitalismo, diario Critica, 28 de julio del 2009.    http://www.criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=28261China

[3] Citado por Michael Albert. Parecon. Vida después del capitalismo. Akal.  pp 94

[4] Samuel Bowles, Herbert Gintis,  “Ha pasado la moda de la desigualdad”. Razones para el socialismo. Barcelona, Paidós, 2002

 

[5] Mauricio Rojas, Suecia después del modelo sueco, Fundación Cadal, 2005.

[6] Michael Albert, Parecon. Vida después del capitalismo, Akal, 2005

[7] La Jornada , 9 de enero del 2008.

[8] Cifras del 2010 en Argentina,  Observatorio Social, Agustín Salvia, “El año pasado por la crisis se agravó la inequidad social”, diario La Nación , 18 de junio del 2010

[9]  Augusto Perez Lindo, “Una perspectiva filosófica de la crisis financiera mundial” (inédito)

[10] Neoanarquismo. La vanguardia, 30 de mayo del 2005, http://www.nodo50.org/tortuga/Neoanarquismo

 

DEL CAPITULO “PARECON (ECONOMIA PARTICIPATIVA): UN MODELO DE ORGANIZACIÓN SOCIAL QUE PODRÍA RESOLVER EL PROBLEMA DE LA INSEGURIDAD

Parecon (Economía Participativa) es un sistema político y económico que propone la toma de decisiones participativa de las distintas organizaciones que conforman una sociedad. Con la modalidad de la autogestión, la democracia directa y la organización en consejos, busca alejarse tanto del capitalismo como de la planificación central de los llamados “socialismos realmente existentes”. Fue creada cuando, tras la caída del muro de Berlín, muchos proclamaban el fin de las ideologías y la eternización del capitalismo.

Con el propósito de aprender de los errores del capitalismo y de los “socialismos realmente existentes”, Michael Albert, un politicólogo egresado de la Universidad de Harvard, y Robin Hahnel, un economista egresado del MIT (Massachusetts Institute of Technology), fueron delineando su propuesta y desde entonces han publicado siete libros sobre el tema.

El sistema en el que vivimos es como una ciudad antigua refaccionada pero con construcciones obsoletas que perduran y barreras arquitectónicas de todo tipo. En contraste con este esquema, Parecon propone un modelo racional de sociedad al que pueda llegarse gradualmente, actualizando el proyecto emancipador mediante la pregunta “¿Cómo sería una sociedad sin explotación?”. Algunas de las prácticas e instituciones propuestas ya existen: es el caso de las cooperativas o de prácticas con elementos autogestionarios como los presupuestos participativos de Porto Alegre y de más de 21 gobiernos municipales de la Argentina (entre otros, Rosario y Morón), que impactan sobre una población global de casi siete millones de habitantes.

Parecon promueve la solidaridad y no la competencia como eje articulador de la sociedad. Cuatro instituciones básicas permiten llevarla a la práctica: 1) Consejos de productores y consumidores. Ambos deciden en conjunto en función de cómo son afectados por las decisiones. La idea es que dejen de ser enemigos, que su relación no pase ya por sacar la máxima tajada que se pueda del otro. Se trata de evitar dos de los problemas del capitalismo: la escasez de bienes para algunos, y la sobreproducción.

2) Complejos equilibrados de trabajo. Para la supervivencia social aún es necesario llevar a cabo trabajos monótonos, desagradables y poco enriquecedores. Estas tareas, además, implican a menudo carecer de todo poder a la hora de la toma de decisiones colectivas. Son las que desarrollan la mayor parte de las personas, mientras una minoría monopoliza los trabajos más creativos. En Parecon todos tienen verdadera oportunidad de desarrollar trabajos enriquecedores, y como contrapartida también deberán realizar alguna de las tareas menos agradables. La propuesta de superar la división entre trabajo manual e intelectual tiene larga data en la historia del pensamiento. El acierto de Parecon es el de puntualizar cómo podría distribuirse el trabajo de esta manera. En la práctica, esto significa que el cirujano, además de operar, deberá, por ejemplo, barrer el piso del hospital, y el que desarrollaba los trabajos de limpieza todo el día en el horario en que el cirujano lo reemplaza, puede utilizar ese tiempo para estudiar, formarse o desarrollar un trabajo más enriquecedor. ¿Significa esto que tendremos cirujanos poco idóneos, o que desaprovecharemos sus capacidades? No, por el contrario, se podrán desarrollar las habilidades de la mayor parte de las personas, que actualmente se abocan a trabajos monótonos y poco enriquecedores. Tener complejos equilibrados de trabajo no va en contra de la productividad ni de la especialización, brinda a todos la oportunidad de desarrollar trabajos enriquecedores y estimulantes.

3) Remuneración acorde al esfuerzo y al sacrificio: En Parecon no se remunera en base a las propiedades o al dinero que uno posea, ni a las ganancias que produzca, ni a su poder, ni a su productividad, ni a su talento. La remuneración se produce en base al esfuerzo y al sacrificio, que se establecen en base a 1) el tiempo trabajado (valor objetivo) y 2) Cuán duro, monótono y con poco poder de decisión sea un trabajo. ¿Quién determina cuán duro es un trabajo? El propio consejo de trabajadores (y no una “clase coordinadora”), de acuerdo a los trabajos que menos cantidad de personas querrían desarrollar. ¿Por qué no se retribuye la productividad? Porque una persona puede ser más productiva en virtud de que dispone de mejores herramientas, o de más fuerza física, o de mayor talento natural, y no sería equitativo retribuirlas por la suerte de contar con buenas herramientas o por la suerte que le deparó la lotería genética para tener más fuerza física. ¿Por qué no recompensar económicamente al que se esforzó para estudiar una carrera universitaria? Se lo recompensa más en base al esfuerzo que realiza mientras estudia, pero una vez que se recibió, si el esfuerzo no es mayor al que se realiza en otro trabajo, no sería equitativo recompensarlo más. Quien estudia una carrera que le gusta, tiene además una recompensa en el placer que le depara el trabajo mismo, además del capital simbólico que implica el prestigio que le da su oficio. ¿Por qué no recompensar económicamente el talento? John Stuart Mill, uno de los padres del liberalismo, dio la respuesta: porque en sí mismo es una recompensa, ¿encima de tener talento quiere ganar más dinero?, sostuvo el filósofo. Agrego otra respuesta posible: porque es más equitativo retribuir el esfuerzo y el sacrificio de las personas que su talento. De modo que en Parecon Maradona y un futbolista no tan bueno pero que se esfuerza tanto como él ganarían lo mismo.

4) Planificación participativa. Por los efectos negativos que produce, Parecon se opone tanto a la existencia de una clase propietaria como a la de una clase coordinadora. Esto significa que las instituciones funcionarán con un mínimo de jerarquía y un máximo de transparencia y participación en la toma de decisiones. Se trata de eliminar el secreto en la toma de decisiones económicas y que el poder de decisión de cada uno sea proporcional al grado en el que se vean afectados por las medidas.

 

Para seguir leyendo:

Albert, Michael, Parecon: Vida después del capitalismo. Akal.

The ABCs of Political Economy, Robin Hahnel

http://zinternational.zcommunications.org/Spanish/parecon01.htm

http://www.parecon.org/

http://www.zcommunications.org/znet/topics/parecon

http://lavaca.org/seccion/actualidad/0/422.shtm