Contratapa:
Los
filósofos clásicos recomendaban: “Si quieres amar la vida, prepárate para
la muerte”. Nuestra finitud da un sentido a la vida, del mismo modo que el
dolor da un sentido al placer. Sin embargo, vivimos como si fuéramos
inmortales, especialmente en tiempos en que la muerte ha sido borrada de la vida
cotidiana de las personas. Pensar demasiado en la muerte quizá nos reduciría a
la inmovilidad. Pero no pensar nunca en ella puede llevarnos a malgastar nuestra
vida.
La
primera parte de este libro está dedicada a reflexionar sobre la muerte y la
segunda a reflexionar sobre el sentido de la vida. El envejecimiento, el arte
del buen morir, el cambio, la jerarquía de valores, la acción de elegir, la
convivencia, la construcción de nuevos sentidos posibles para la existencia,
los usos del humor en la resolución de problemas, la gratitud y la vida como
obra de arte son algunos de los temas desarrollados desde una perspectiva teórica
y práctica. Con humor, un lenguaje claro y la inclusión de breves relatos, se
revisan los argumentos más considerados hasta el momento en relación a la
muerte y al sentido de la vida, y se aportan otros con el propósito de renovar
el interés por dos de los temas filosóficos clásicos que más pueden
contribuir al bienestar humano.
ÍNDICE
Prólogo
1-
La muerte
Envejecimiento
Temor
a la muerte
Muerte
y apego individual
Sobre
la fragilidad de la vida
La
muerte como descanso
Duración
y plenitud
El
arte del buen morir
El
suicidio
La
muerte de los seres queridos
La
muerte y el humor
Respuestas
tradicionales a la pregunta por el sentido de la vida
Los
aniversarios y la pregunta por el sentido de la vida
Bienes
externos e internos
La
acción de elegir
Jerarquía
de valores
El
bienestar a la luz de la investigación científica
Los
usos del humor en la resolución de problemas
La
vida como viaje
Gratitud
La
importancia de olvidar
El
culto al cuerpo
Lo
que cambia, lo que permanece
El
sufrimiento inútil
El
coraje
Lo
bueno, lo bello, lo verdadero
La
creación de nuevos sentidos para la vida
La
convivencia
La
vida como obra de arte
El
sentido de la vida y la política
Educar
para encontrarle un sentido a la vida
La
competencia
Lo
incontrolable (suerte, azar, casualidad)
La
madurez
Decisiones
bajo incertidumbre
El
éxito y el fracaso
Bibliografía
básica
Prólogo
(fragmento)
PRÓLOGO
La
mayoría de los hombres que no saben qué hacer con esta vida, quieren
otra que no termine nunca.
ANATOLE
FRANCE
Aprende
a vivir y sabrás morir bien.
CONFUCIO
Una madre da a luz y por doquier se oye: “¡Qué hermoso
niño!”. Alguien muere y rara vez se dice: “¡Qué hermosa
vida!”. Hemos sido educados menos para la muerte
que para el nacimiento, menos para la finalización de las
cosas que para su inicio.
Aprendemos
a conseguir un trabajo pero no a ser despedidos;
a iniciar una relación de pareja pero no a separarnos;
a emprender un viaje pero no a regresar; a ser jóvenes
pero no a envejecer; a entusiasmarnos con una idea
pero no a abandonarla cuando no existen buenas razones
para seguir sosteniéndola. El arte de la cesación ameritaría
un interés mayor por parte de la literatura filosófica.
Dejar
de comer en el momento apropiado no es menos
relevante que disfrutar de una estupenda cena, irse de una
fiesta oportunamente no es menos relevante que disponer
de buen ánimo para llegar a ella. Despedirse es un arte, y
quizá de los más arduos, en particular en una cultura que,
en su afán de eternidad, concibió vidas después de la
vida, almas desencarnadas y resurrecciones de cuerpos.
Cuando
las promesas de la religión perdieron credibilidad,
la medicina hizo suyo el afán de vida eterna, ocupándose
con éxito del arte de prolongar la existencia. La religión
y la ciencia a menudo nos han hecho creer que lo
eterno es la medida de lo valioso. Si no, ¿por qué dudar del
sentido de la vida solo porque es finita? Lucrecio escribió:
“¿Por qué te lamentas de que tu vida no sea infinita si al
fin y al cabo no te lamentas por no haber estado en la guerra
de Troya?”. La muerte, desde esta perspectiva, sería
indistinta del tiempo anterior a nuestro nacimiento.
Si
celebramos los comienzos de las cosas, ¿por qué no
celebrar su fin cuando aquello que ha concluido lo amerita?
Tras una vida plena, ¿por qué no aceptar serenamente
la experiencia humana de morir? Algunos creen
que las lágrimas son a veces una respuesta inapropiada a
la muerte, que cuando una vida ha sido vivida de manera
honesta y plenamente, es mejor recordarla con una sonrisa.
Si
festejamos la potencialidad del inicio, cuando todo
parece viable pero aún es incierto, ¿por qué no festejar o,
cuando menos, valorar el final de lo que ha sido pleno? Es
lo que hacen los mexicanos el 2 de noviembre, Día de los
Fieles Difuntos, en una fiesta que funde la tradición prehispánica
con la católica.Toda la familia llega a la tumba
del ser querido, la llenan de flores y juntos comparten una
deliciosa comida bajo el lema: “El muerto al cajón y el vivo
al fiestón”. Probablemente el mexicano también tenga
miedo a morir; sin embargo, a diferencia de otros pueblos,
lo refleja jugando, burlándose y conviviendo con la muerte.
Los
niños comen calaveras de azúcar, “pan de muerto” (un
bizcocho adornado con masa en forma de hueso, que venden
en todas las panaderías), se divierten con juguetes
funerarios y con unas figuritas de cartón que, vestidas de
papel negro y con cabeza de garbanzo, sostienen pequeños
ataúdes. Los adultos recitan versos llamados “calaveras”,
en los que se ridiculiza a quienes temen a la muerte
y a personajes vivos del mundo de la política o de las artes.
Empiezan el día rezando por sus difuntos y lo terminan
brindando
por su salud. (.....el prólogo continúa)
La
muerte de los seres queridos
Ningún
bien aprovecha si no se está dispuesto
a perderlo cuando sea necesario.
SÉNECA
La mayoría de las personas temen menos estar muertas
que el proceso que conduce a la muerte (evitable, como he
procurado señalar) o, fundamentalmente, que la muerte
de los seres queridos. La muerte de un ser querido es la
más parecida a la nuestra, sin ser la nuestra.
Así como hemos sido menos educados para los finales
que para los comienzos de las cosas, tampoco hemos
aprendido a creer que soportaremos las pérdidas. En
parte probablemente esto explique por qué se suicidan
tantos adolescentes, poco familiarizados con el arte de
sobrellevar el fracaso. Pero a medida que crecemos,
entendemos que si hemos de seguir viviendo, necesariamente
debemos perfeccionarnos en el arte de sanar las
heridas. Muchas veces, gracias a esas pérdidas somos lo
que somos.
Aprender a vivir es aprender a ser abandonado por los
afectos, las cosas, las situaciones, las edades, la juventud.
Vivir también es entrenarse en el arte del desapego, en el
de admitir el vacío, en el de soltar aquello que necesariamente
partirá. Obtener nuevos bienes y perder otros
forma parte del juego necesario de la vida.
El duelo es el proceso de elaboración de una pérdida,
sin el cual es muy difícil reconciliarse con la existencia.
Aceptar la muerte –tanto la propia como la de los seres
queridos– es la única forma de permanecer fiel a las condiciones
que plantea la vida. Vivimos la vida de quienes
amamos como una prolongación de nosotros mismos y la
separación parece lo más doloroso.
Muchos autores aplicaron con pertinencia la palabra
“trabajo” al duelo. Enterrar psicológicamente a un ser
querido supondría la realización de un “trabajo”.
A menudo, el duelo comienza con la consternación, que
es la suma de dolor y sorpresa, aun cuando se trate de
una muerte prevista. El primer objetivo del duelo es la
aceptación valiente de las circunstancias que no está en
nuestras manos modificar (amor fati). Su complemento
necesario es la concentración de energías en aquellas
cosas que sí está en nuestras manos cambiar. A veces, la
tristeza del duelo se potencia con la ira (hacia los médicos,
hacia el difunto o hacia uno mismo), por no haber
hecho lo suficiente. Si el ser querido se suicidó, con frecuencia
hay que sumarle a todo esto la culpa y la vergüenza
ante los demás. Pero repartir culpas indebidamente
puede ser una forma injusta y simplificadora de
tranquilizarse. El duelo es una situación de estrés y su
remedio es el tiempo, la aceptación y la contención social,
que, frecuentemente, está ausente en una cultura que
tiende cada vez más a negar el fenómeno de la muerte.
Contra las pasiones tristes, Spinoza encuentra insuficiente
el uso de la razón, y recomienda valerse de las
pasiones alegres. Es el caso de Norma, que asistió a una
entrevista de Consultoría Filosófica y contó que, a los
diez días de la muerte de su hijo, empezó a ir diariamente
a tomar clases de baile. O el de Antonio, que a la
noche siguiente de haber sido abandonado por su novia
de los últimos cinco años, empezó a ir diariamente a jugar
paddle con los amigos.
Hace
dos años fui a dar una charla de Filosofía Práctica
a una escuela carenciada de la provincia de Buenos Aires,
y recuerdo que uno de los adolescentes habló de la culpa
que sentía porque, a la semana de muerta su madre, él
aceptó la invitación de unos amigos para ir a bailar. Sin
embargo, la distracción no equivale necesariamente al
olvido: sería imposible seguir viviendo si a cada minuto
tuviéramos presentes nuestras desdichas y las del mundo
que nos rodea. La alegría afirma la vida frente a la muerte,
nos permite renovar las energías y aliviar el peso. Alegría
viene de aligerar, y pesar refiere a la carga que conlleva
toda tristeza, al disminuir nuestra capacidad de obrar.
Algunas veces, el duelo viene acompañado de la idealización
de las virtudes del ausente. Pero idealizar puede
ser una buena forma de deshumanizar. A veces también
los vivos “abuenan” a los muertos por el alivio que les
produce que ya no representen competencia alguna. “Si
queréis mayores elogios, moríos”, reza un refrán popular.
Recuerdo a un profesor de tango muy vanidoso que
dedicaba su espectáculo al “único bailarín que lo superaba
en talento”, un colega que acababa de morir en un
accidente de auto, a quien difícilmente hubiera reconocido
semejante status en vida. Una copla popular refleja
así este tipo de valorización del difunto:
Cuando
vivía el infeliz,
¡si
se fundiera!
Hoy
que ya está en el veliz,
¡qué
bueno era!
El
trabajo de duelo culmina cuando es posible interiorizar
las huellas que quien ha partido deja en nosotros y
recordar lo mejor que nos ha brindado. El proceso no es
lineal, la tristeza probablemente recrudecerá el primer
año, durante los aniversarios y durante el período de las
fiestas. Un proverbio chino advierte: “Ningún hombre
puede impedir que el pájaro oscuro de la tristeza vuele
sobre su cabeza, pero lo que sí puede impedir es que
anide en su cabellera”.
Cuando
muere un ser querido podemos preguntarnos:
¿cuánto tiempo querría que nos instalemos en la pena?
La felicidad por la relación con nuestros seres queridos es
parte de nuestra vida presente, aun si ellos ya no viven.
Años después de perder a su hija de 27 años, la escritora
Isabel Allende dijo: “Con el tiempo uno se deshace de la
rabia, deja de culpar al destino, no se queja más. Se da
cuenta de que cosas como esas le pasan a todo el mundo.
Hay pérdidas, separaciones, pero también amor. No
existe vida sin obstáculos”.
El
arte del buen morir
Ya
en el siglo III a.C.,Teofrasto elogiaba en su tratado de
botánica a Trasias de Mantinea por haber inventado
remedios para “inducir una muerte fácil e indolora”.
Quien defiende la posibilidad de morir con dignidad
está defendiendo la posibilidad de vivir de igual manera.
Negarle a una persona el derecho a morir decentemente,
de acuerdo con lo que ella misma considera decente, es
negarle el derecho a vivir dignamente. Por esta razón,
estar a favor de la eutanasia (que significa en griego
“buena muerte”) es estar a favor de la vida.
La cultura antigua es pródiga en ejemplos de eutanasia.
En su Historia Natural, Plinio el Viejo sostenía: “De los
bienes que la naturaleza concedió al hombre, ninguno
hay mejor que una muerte oportuna, y óptimo es que
cada cual pueda dársela a sí mismo”. La eutanasia puede
ser un mal menor frente a una enfermedad terminal, pero
también puede implicar un descanso (análogo al sueño)
para un momento determinado de la vejez.
Una sociedad justa debe ser solidaria con sus ancianos.
Lamentablemente estamos lejos de cumplir con este
insoslayable requisito ético. Con todo, es necesario saber
despedirse a tiempo, por respeto a uno mismo y por respeto
a nuestros seres queridos. ¿Deseamos establecer
algún límite ético a los cuidados que pretendemos que
nos dispensen nuestros seres queridos en los últimos años
de nuestra vida? ¿Deben ocuparse de nosotros así hayamos perdido buena parte
de nuestras facultades psíquicas
y físicas, aun al precio de la consagración de una parte
significativa de su tiempo, sus ahorros y su dolor a nosotros?
Desde ya, cada caso ameritará un análisis específico.
¿Pero no deberíamos plantearnos este problema antes de
que sea demasiado tarde? ¿No sería conveniente dejar
instrucciones precisas al respecto? Muchos, por suerte,
han comenzado a hacerlo. Ser oportuno para morir también
es un acto de excelencia ética.
Actualmente, los asilos están poblados por ancianos que
no recuerdan quiénes son, ni la razón por la que llegaron
ahí, ni cómo se llaman. No reconocen a sus hijos cuando
los visitan. No controlan sus esfínteres, sienten frío aunque
se abriguen y dolores que ya no pueden calmar los
analgésicos. A veces a los hijos el asilo les cuesta carísimo
y en muchos casos sacrifican su futuro por una vida que
ni siquiera los propios protagonistas desean prolongar.
Cuenta Marcelino Cereijido en Diálogos sobre la vida y la
muerte, de Liliana Heker, que un amigo suyo que vivía en
México, una vez que su padre enviudó, decidió llevarlo
desde Buenos Aires a vivir con él. El padre del amigo
nunca se enteró de que estaba en México. Contraía una
neumonía, los médicos le daban antibióticos y lo salvaban.
Su función renal estaba demasiado disminuida y lo
llevaba a la muerte, los médicos le hacían diálisis. Su
corazón ya no le latía correctamente, entonces le pusieron
un marcapasos. Duró diez años así. “Cuando el padre
murió –dice Cereijido–, mi amigo había vendido su casa,
sus hijas tenían los dientes a la miseria, no pudieron asistir
a los colegios que hubieran deseado, él se había divorciado porque la mujer
se había opuesto a dilapidar el
futuro familiar para mantener al suegro en semejantes
condiciones. Las enfermeras preferían renunciar e ir a trabajar
a maternidades en lugar de cambiar pañales a señores
de noventa años. Mi amigo había rogado mil veces:
‘Por favor, déjenlo morir’. Y los médicos respondían:
‘Señor, si lo dejamos morir, vamos presos’.”
La ética no siempre acompaña los adelantos científicos.
Aún identificamos la vida con la duración de la
vida, sin considerar si lo que entendemos por vida es
digno de ser llamado así. La población de más de 80
años es la que crece a ritmo más acelerado en gran cantidad
de países. Dentro de poco la mitad de la población
europea estará jubilada. No era lo mismo quejarse sobre
la brevedad de la vida hace doscientos años que ahora.
Parece urgente reflexionar sobre estos temas, sobre los
ancianos a quienes no les asusta la muerte sino la excesiva
longevidad y sobre los límites éticos de la conservación
de la vida.
Podría
pensarse este problema a partir de la posibilidad
de que el Estado se haga cargo íntegramente de la salud de
los ciudadanos. No obstante, queda en pie la pregunta:
¿tiene sentido prolongar la vida a cualquier precio?
Holanda se convirtió en abril de 2002 en el primer país
del mundo que legalizó la eutanasia. Su revolucionaria ley
permite poner término a la vida de un paciente que padece
una enfermedad incurable acompañada de un sufrimiento
físico o psicológico insoportable y que ha expresado el
deseo de morir de modo consciente y reiterado. Un
segundo médico independiente debe certificar que se cumplen estas condiciones
y una comisión formada por juristas,
médicos y expertos en ética ratificará post-mortem que
el procedimiento seguido se ajustó a la ley.
Algunos médicos se oponen a ser ellos mismos quienes
finalmente accionen los mecanismos como para producir
la eutanasia activa. Aducen haber sido formados para
curar y no para poner fin a la vida. Si tuvieran en cuenta
que poner fin al sufrimiento o a la vida que ya no merece
ser considerada vida también es una manera de curar,
quizá reconsiderarían su perspectiva primera. Sin
embargo, si reconociéramos su derecho a no participar en
la eutanasia activa, todavía queda otro recurso utilizado
en la actualidad: que el propio paciente sea quien accione
este mecanismo que le permitirá poner fin al sufrimiento.
Pensar en la muerte como parte de la vida, pensar que
podemos dar un final digno a nuestra existencia, también
implica la posibilidad de que una persona llegue a una
edad avanzada y, sin estar enferma, decida por sí misma,
luego de una serena y prolongada reflexión, pedir auxilio
para poner fin a su existencia dignamente y sin dolor. En
Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, Rilke escribía, inspirado
en Séneca y su idea de morir la propia muerte:
Señor, concede a cada cual su propia muerte
la que sea verdaderamente salida de esta vida
en la que se halló el amor, un sentido y su angustia.
Rilke se dejó morir por la infección que le produjo una
herida de espina al cortar rosas para una mujer. El poeta
de las rosas pidió que ese poema fuera el epitafio de su
tumba. Más allá de lo adecuada o inadecuada que pueda
parecernos la muerte particular que eligió, el rezo se
vincula con la posibilidad de que cada uno elija su propia
muerte.
Montaigne,
por su parte, argumenta sobre la conveniencia
de morir apartado, solo, tranquilo, lejos de las
despedidas solemnes y del consuelo de los amigos y familiares,
ya que –a su modo de ver– la propia pena aumentaría
con los lamentos ajenos. Incluso escribe sobre las
ventajas de morir lejos de la propia patria, en medio de
extraños ante los cuales poder quejarse a sus anchas.
Que cada cual, en caso de decidirlo, pueda pensar en la
forma digna en que desee morir, del mismo modo en que,
dentro de un número limitado de posibilidades, ha pensado
en la forma digna en que desea vivir.
Por influencia del judeocristianismo, según el cual la
vida es ante todo una posesión divina, no estamos acostumbrados
a pensar en nuestra muerte con la misma
autonomía y decisión con que pensamos en la vida. Pero
¿por qué estaríamos capacitados para elegir si traer o no
hijos al mundo y no para determinar hasta cuándo deseamos
permanecer vivos, a conciencia y dignamente? Probablemente
parte del miedo a la muerte desaparecería si
pudiéramos garantizar una buena muerte para todos los
seres humanos que así lo deseen. Se obraría en favor de
la vida contribuyendo a que el abandono de la existencia
sea una empresa más digna. Tradicionalmente los
médicos han practicado la eutanasia pasiva (quitando al
paciente los medicamentos o los aparatos que lo mantienen
con vida).
El
de la eutanasia es un problema ético que también
aparece planteado en términos jurídicos y se vincula con
la licencia del médico para dar muerte a una persona
directa o indirectamente. ¿Tenemos derecho a oponernos
a la voluntad de un individuo que en forma responsable
y racional decide morir? Tal como señalé párrafos atrás,
Holanda apoya hoy día la eutanasia, que es aprobada por
el 92% de los ciudadanos. La primera persona favorecida
por la ley fue un paciente con un cáncer incurable. La
dosis fue administrada por una computadora. El paciente
debía utilizar un teclado y responder a tres o cuatro preguntas.
La última era: ¿desea usted morir? Al marcar el
“sí”, la computadora ordenaba el paso de la droga en
forma intravenosa.
En estos casos, la eutanasia no interrumpe la continuación
de la vida sino la continuación de la enfermedad, de
aquello que el propio interesado en forma racional y
autónoma no considera digno de ser llamado vida. La
eutanasia (en cualquiera de sus formas) supone la posibilidad
de pensar un final deseable para la vida, más acorde
con los momentos vividos de plenitud que con los de
penuria, concebir el final de nuestro supremo bien –la
vida– con la misma racionalidad, la misma responsabilidad
y hasta el mismo vigor con que apostamos al inicio
de nuestros emprendimientos.
Habrá quienes prefieran morir arriesgándose a padecer
los dolores y las incomodidades que pueda conllevar la
enfermedad que les toque en suerte. Estarán en su derecho
de hacerlo. Pero habrá otros que prefieran dar fin a
su vida a tono con lo que más han apreciado de ella. Estas
personas también tienen derecho a un auxilio que les permita
morir del modo en que ellos consideran digno.Ya no
se trataría de una eutanasia pasiva (dejar de dar medicamentos
o tratamiento para la recuperación del paciente)
sino de una eutanasia activa, es decir, tal como la etimología
del término eutanasia indica (eu, buena, tánatos,
muerte), de facilitar una buena muerte, elegida en forma
racional y responsable por una persona de edad avanzada
que no necesariamente está enferma. Una muerte en
la que se decide ahorrar el dolor que a menudo conduce
a ella, no porque se deje de considerar que el dolor es
parte de la vida, y que necesariamente habrá que sobrellevarlo
a lo largo de toda la existencia, sino porque se tiene
la libertad suficiente como para poner fin a una serie de
molestias o dolores que se considera preferible suprimir.
En la muerte, al igual que en el parto, el dolor sería
reducido al mínimo. Y hay razones para suponer que
morir puede ser aún menos doloroso que un buen parto,
ya que solo se sentiría la primera inyección en la que el
individuo es dormido y anestesiado.
Ahorrarse el dolor y las molestias que conducen a la
muerte podría convertirse en algo tan natural como ahorrarse
un severo dolor de muelas. Esta muerte elegida,
responsable, racional, como la han proclamado los antiguos
estoicos y epicúreos, puede ser una opción para
quienes padecen una enfermedad terminal, pero también
para quienes, a una edad avanzada, sin estar enfermos ni
deprimidos, deciden darle un buen final a su vida, del
mismo modo que el músico puede darle un buen final a
su concierto, que el interlocutor puede darle un buen
final a una conversación, o que decidimos a qué hora nos
vamos a dormir por las noches y no nos dejamos doblegar
por el sueño en el lugar y a la hora en que nos sorprenda.
Este es el verdadero sentido que los estoicos han
dado a la eutanasia, entendiéndola como una posibilidad
de lucidez y como una alternativa válida frente a una existencia
sin sentido.
En
sus Cartas a Lucilio, Séneca escribe:
El sabio se separará de la vida por motivos bien
fundados: para salvar a la patria o a los amigos,
pero igualmente cuando está agobiado por dolores
demasiado crueles, en casos de mutilaciones o de
una enfermedad incurable (...) no se dará muerte
si se trata de una enfermedad que puede ser curada
y no daña el alma, no se matará por los dolores
sino cuando el dolor impida todo aquello por
lo que vive (...) los médicos deben aplicar remedios
al enfermo, pero a quienes no puedan prolongar
la vida, les facilitarán una muerte llevadera.
En el caso de la eutanasia elegida por quien padece una
enfermedad terminal, sería posible objetar: ¿cómo saber
si en efecto se trata de un diagnóstico acertado, si no
queda un resto de vida deseable, si se trata del momento
óptimo para el fin? Ante situaciones como esta,
la Orientación
Filosófica
nos propone clarificar los valores en
juego, de modo de optar por el que nos resulte prioritario
(el bien mayor), o por el valor que privilegie lo menos
indeseable (el mal menor). Quien privilegie como valor la
duración de la vida relegará a segundo plano el valor de la
evitación del sufrimiento o de las molestias que supone la degradación
del cuerpo y de las facultades mentales.
La reflexión sobre la eutanasia nos conduce a la reflexión
sobre la vida. Como aquella pareja que estaba sentada en
el living de su casa charlando sobre la vida y la muerte.
—Nunca me dejes vivir en estado vegetativo —dijo él—;
no quiero depender de una máquina ni de los líquidos de
una botella. Si me ves así, desenchufa los artefactos que
me mantienen en ese estado.
Ella se levantó, desenchufó el televisor en el que estaba
viendo un partido de box y le tiró la cerveza.
La
vida como obra de arte
¿Qué le da sentido a la vida, entendiendo, entre todos los significados del término, el que remite a las siguientes preguntas: “¿Estoy satisfecho con lo que hice, o desearía o
debería hacer otras cosas?"? ¿Vivo o sobrevivo?”. Mientras que el judeocristianismo se centró fundamentalmente en la idea
de obligación, los griegos pensaron la vida como una obra de arte personal en el contexto de cánones
colectivos. Esta manera de pensar la condición humana no ha perdurado, salvo en determinados momentos como el
Renacimiento o durante el siglo XIX, con el dandismo, un movimiento formado por jóvenes elegantes que
aspiraban a inventarse a sí mismos más allá de las costumbres burguesas.
Cada época y cada lugar han planteado sentidos diversospara la
vida. Hoy en día es el trabajo lo que da sentido a la vida de buena parte de
los habitantes de Occidente.Aun cuando la mayoría deplore la tarea que realiza,
siente gratitud por tener de qué vivir en un mundo en el que día a día crece la desocupación. Para el
ciudadano de la antigua Grecia, en cambio, solo el tiempo en el que no era necesario ganarse la vida podía ser valorado por un hombre libre. El trabajo era propio de esclavos.
Pero si trabajo todo el día y no tengo libertad,¿cuál es el
sentido de una vida que no me pertenece? Esta es una de las quejas que se oyen más frecuentemente en las
sesiones de Consultoría Filosófica y en los Cafés Filosóficos.Al reflexionar
sobre el tema desde una perspectiva individual,se podría pensar en cambiar de
trabajo, o en reducir los gastos y, de no ser viable, aceptar que si no podemos hacer lo que amamos, quizá podríamos amar algo de lo que
hacemos: la cordialidad de algún compañero de trabajo, el café delicioso que
bebemos a media mañana, el humor espontáneo de la camaradería, la caminata a
la vuelta de la oficina.
Al reflexionar sobre el tema desde una perspectiva social, cabría preguntarse: ¿es posible distribuir y determinar
el trabajo humano como para que todos los habitantes del planeta puedan cubrir sus necesidades básicas y disponer de
tiempo libre para dar sentido a sus vidas? El mundo cuenta hoy con tecnología
suficiente como para que esto sea posible. Aristóteles pensó que la esclavitud desaparecería cuando las máquinas pudieran reemplazar el trabajo esclavo. Hoy
las máquinas suplen cada vez más al trabajo humano y, sin embargo, millones de personas consagran buena parte de su tiempo a tareas que les desagradan.
Crear formas convivenciales y equitativas de distribuir el trabajo, ¿no sería una manera de ganarle a la
muerte, ya no prolongando la vida sino mejorando la calidad de las horas, los días y los años que desperdiciamos? Si algunas personas pudieran dar un sentido pleno a sus vidas,
convirtiéndolas en verdaderas obras de arte, quizá habría menos guerras. A menudo el odio y la destrucción se
instalan cuando la vida ya no parece interesante.
Afortunadamente, mal que les pese a ciertas religiones y a ciertas concepciones de la política, no hay un único sentido posible para la vida. Millones de personas han sido y son asesinadas por quienes pretenden imponer un único sentido a la vida de cada habitante del planeta. Otras han sido perseguidas, encarceladas e internadas en hospitales psiquiátricos por oponerse –por ejemplo– a los designios de un dictador como Stalin.
Aunque suele haber puntos en común en los sentidos que diversos individuos y diversas culturas dan a sus vidas, sabemos que –afortunadamente también– la diversidad puede ser una riqueza. Allí donde uno encuentra el paraíso, otro se siente en el infierno. Esto no equivale a proclamar que todo da igual. Muchas personas coinciden en afirmar que la vida adquiere sentido cuando procuran encontrar lo bueno de cada cosa o tienen algo agradable por hacer, o alguien a quien amar. Para otras, el sentido se descubre al no imaginar de forma demasiado estructurada cómo deberían ser las cosas, al valorar con gratitud todo lo inesperado que la vida nos ofrece, al desarrollar cierta capacidad de olvido –sin por ello dejar de aprender de las experiencias del pasado y sin desinteresarse por los demás– o al salirse de uno mismo, es decir, no cifrando toda preocupación en la propia individualidad (una causa justa, un gesto solidario, la filosofía o el arte, que aumentan nuestra disposición a la empatía, son formas posibles de salirse de uno mismo).
También se puede dar sentido a la vida cultivando el amor como donación pero no apostando a una sola de sus formas (la pareja, los hijos, el trabajo, etc.); aceptando
que el sufrimiento –aun el más crudo– es parte de la vida y que sin él no
existiría el placer; gozando de la belleza (de un gato desperezándose, de una
penumbra, de una sonrisa, de una obra de arte); eligiendo la mayor cantidad
posible de actividades que sean fines en sí mismas y no medios (la amistad, el amor o una tarea que nos agrada son fines, el dinero es un medio); disfrutando de la comida y del movimiento del cuerpo, comprendiéndonos y comprendiendo el mundo que nos rodea, viviendo reflexivamente.
Dar un sentido a la vida –o sucesivos sentidos, a lo largo del
tiempo– equivale a darse a sí mismo un segundo nacimiento, es la conciencia de lo que deseamos y podemos ser. Como en la
creación de toda obra de arte, la vida se pule, se retoca, requiere ajustes y cuidados, es un modelo para
armar que se corrige diariamente, aprendiendo del error. De ahí que algunos postulen que la vida comienza a los
cuarenta años, una edad en la que ya se aprendieron unas cuantas cosas sobre la ardua empresa de existir.
Educar para la vida es mucho más relevante que formar
profesionales o prodigios de memoria enciclopédica que puedan destacarse en los programas de preguntas y respuestas de la televisión. Un dibujo de Maitena muestra a una mujer que le dice al marido:
—A veces pienso que algo hicimos mal en la educación de nuestro hijo.
—Pero, querida —responde él—, si sigue dos carreras, habla
cuatro idiomas, toca varios instrumentos, practica todos los deportes.
—Sí, pero solo come hamburguesas con papas fritas.
Podríamos dar otras alternativas a la última frase: “Sí, pero es engreído, poco solidario, mezquino, se exaspera por
cualquier tontería y vive con mala cara”.
La filosofía no es solo una disciplina especulativa sino
fundamentalmente una actividad que se vale de la razón en la búsqueda del sentido de la vida. Si no nos sirve para
imaginar nuestras vidas y las de nuestros semejantes como obras de arte, no
sirve para nada.
El
éxito y el fracaso
Las nociones de éxito y fracaso tienen un
gran peso simbólico en el mundo contemporáneo. La vida plena de sentido
parecería ser la de las personas "exitosas". Concebido como la
obtención de una meta, el término "éxito" es ambiguo; a veces
aparece identificado con la eficacia y, a veces, con la consagración (que
otorgan los demás), y es asociado primordialmente con el poder, el dinero y la
fama. André Comte-Sponville define el fracaso como la distancia entre el
resultado al que uno aspira y el que uno obtiene. La valoración en términos de
éxito o fracaso suele favorecer el hábito de juzgar un acto solamente por sus
consecuencias. De esta manera se puede caer en la falacia del pensamiento
dicotómico (que no reconoce grises), y creer que obrar bien requiere de premios
adicionales. Chuang Tzu sostuvo: "Si el arquero dispara por nada, tiene el
dominio de sus facultades. Si dispara por un brazalete de metal, ya se ha puesto
nervioso. El premio lo tiene dividido. Se preocupa más por ganar que por el
modo de apuntar la flecha. El afán por vencer le roba su fuerza".
A menudo
se hace referencia al alto precio del éxito. Es el caso del rey Pirro, que gana
una guerra en la que mueren muchos de sus soldados y exclama: "Otra
victoria así y estoy perdido".También se vincula al éxito y al fracaso
con la entronización de los logros personales en desmedro de los proyectos
colectivos. Demócrito afirmaba: "Del éxito o del fracaso de la ciudad
dependen el éxito y el fracaso de todos". En contraste con ese ideal
griego, hoy en día el miedo al fracaso personal aparece como uno de los
principales temores de las sociedades individualistas. La dicotomía
éxito-fracaso también presupone el eje articulador de la competencia como
motor de la vida social. Iván Illich escribió: "Todos miden su éxito por
el fracaso de los demás". Asimismo presupone que si se trabaja con
firmeza, el éxito llegará solo. Se desestima así la influencia de otras
variables (la suerte, la condición social, los contactos personales de cada
uno). Sin embargo, la vida consiste en "éxitos y fracasos", y
probablemente más en "fracasos" que en "éxitos". El
fracaso es el gran maestro de vida, y necesariamente forma parte del éxito.
Toda educación que se precie debería desarrollar nuestra capacidad de
frustración. La experiencia y el conocimiento derivan más de nuestros reveses
que de nuestros aciertos. En lugar de sentirnos solo víctimas, existe la
posibilidad de transformar nuestras frustraciones en desafíos y en
oportunidades para el futuro. "Felices los valientes, los que aceptan con
ánimo parejo la derrota o las palmas", escribe Borges. La valentía no es
únicamente el dominio del miedo, sino también el dominio de la adversidad y de
la frustración. El éxito quizá resida en vivir la vida en nuestros propios
términos, sin menospreciar la mirada de los otros pero sin atribuirle demasiado
peso.Tener éxito es ser capaz de dar lo mejor de uno mismo.Y el peor fracaso es
la pérdida del entusiasmo y la falta de disposición para inclinar la balanza
en favor de la vida. Algo de esto dice el poeta turco Nazim Hikmet en su poema
"Sobre la vida":
Tomarás en serio a la vida
pero en serio a tal punto
que a los setenta años plantarás olivares,
no para que queden para tus hijos,
sino porque, aunque temas a la muerte,
ya no creerás en ella,
puesto que en tu
balanza la vida habrá pesado mucho más.
Vivir es nuestra máxima creación. El
aprovechamiento de la pequeña o considerable cuota de libertad que nos haya
tocado en suerte requiere valentía, humildad, cuidado de sí, prudencia,
entusiasmo, serenidad, cultivo de la justicia y del amor entendido como la
disposición a salir del aislamiento y a relacionarnos con el mundo en general,
la aceptación de aquello que no está en nuestras manos modificar y la
flexibilidad ante los cambios.
Un antiguo cuento subraya la importancia de la
ductilidad para la vida. Cuando un filósofo estaba a punto de morir, uno de sus
discípulos fue a verlo y le dijo: -Esta será probablemente nuestra última
conversación. ¿Hay algo que quieras decirme? El filósofo abrió la boca y le
pidió que mirara adentro. -¿Ves mi lengua? -preguntó. -Claro -respondió el
discípulo. -¿Y mis dientes? ¿Todavía están ahí, perfectos? -No -replicó
el discípulo. -¿Sabes por qué la lengua sobrevive a los dientes?… Porque es
flexible. Los dientes desaparecen porque son duros. Nada más tengo para
enseñarte.
La vida es lo más fortuito y, al mismo tiempo, lo más
extraordinario. Es necesario vivirla ahora mismo, porque el futuro es incierto y
el ayer no regresa, y, sobre todo, se trata de nuestra única vida. La
civilización ha convertido la vida en algo admirable y también, mediante sus
crecientes inequidades y exigencias de privación y sacrificio, en un trago
doloroso y amargo. Muchos lo tienen "todo", pero aún no se han
conquistado a sí mismos. Para millones de personas que padecen la miseria y la
opresión social, la vida es dura y pesada. Para todos -en mayor o menor medida-
a veces constituye una carga. Pero el desamor, la molestia y el infortunio pasan
y, quizá con más frecuencia de lo que nos atrevamos a reconocer, salimos
fortalecidos de la experiencia y nos sentamos a disfrutar de los bienes de la
vida como si se tratara de un banquete. Cambia la comida, cambian los
compañeros de mesa, cambia el mobiliario, cambia nuestro paladar e incluso
cambia el anfitrión. Pero casi siempre es posible tentarse con un manjar,
aunque sea por curiosidad.