El sentido de la vida

Roxana Kreimer

Editorial Longseller

2008

 

 

Contratapa

Indice

Incluimos cuatro desarrollos del libro:

Prólogo (fragmento)

La muerte de los seres queridos

El arte del buen morir

La vida como obra de arte

El éxito y el fracaso

 

 

 

Contratapa:

Los filósofos clásicos recomendaban: “Si quieres amar la vida, prepárate para la muerte”. Nuestra finitud da un sentido a la vida, del mismo modo que el dolor da un sentido al placer. Sin embargo, vivimos como si fuéramos inmortales, especialmente en tiempos en que la muerte ha sido borrada de la vida cotidiana de las personas. Pensar demasiado en la muerte quizá nos reduciría a la inmovilidad. Pero no pensar nunca en ella puede llevarnos a malgastar nuestra vida.

La primera parte de este libro está dedicada a reflexionar sobre la muerte y la segunda a reflexionar sobre el sentido de la vida. El envejecimiento, el arte del buen morir, el cambio, la jerarquía de valores, la acción de elegir, la convivencia, la construcción de nuevos sentidos posibles para la existencia, los usos del humor en la resolución de problemas, la gratitud y la vida como obra de arte son algunos de los temas desarrollados desde una perspectiva teórica y práctica. Con humor, un lenguaje claro y la inclusión de breves relatos, se revisan los argumentos más considerados hasta el momento en relación a la muerte y al sentido de la vida, y se aportan otros con el propósito de renovar el interés por dos de los temas filosóficos clásicos que más pueden contribuir al bienestar humano.

 

ÍNDICE

Prólogo

1- La muerte

Envejecimiento

Temor a la muerte

Muerte y apego individual

Sobre la fragilidad de la vida

La muerte como descanso

Duración y plenitud

El arte del buen morir

El suicidio

La muerte de los seres queridos

La muerte y el humor

 

2- La vida

Los significados de “sentido de la vida”

Respuestas tradicionales a la pregunta por el sentido de la vida

Los aniversarios y la pregunta por el sentido de la vida

Bienes externos e internos

La acción de elegir

Jerarquía de valores

El bienestar a la luz de la investigación científica

Los usos del humor en la resolución de problemas

La vida como viaje

Gratitud

La importancia de olvidar

El culto al cuerpo

Lo que cambia, lo que permanece

El sufrimiento inútil

El coraje

Lo bueno, lo bello, lo verdadero

La creación de nuevos sentidos para la vida

La convivencia

La vida como obra de arte

El sentido de la vida y la política

Educar para encontrarle un sentido a la vida

La competencia

Lo incontrolable (suerte, azar, casualidad)

La madurez

Decisiones bajo incertidumbre

El éxito y el fracaso

 

Bibliografía básica

Prólogo (fragmento)

 

PRÓLOGO

 

La mayoría de los hombres que no saben qué hacer con esta vida, quieren otra que no termine nunca.

ANATOLE FRANCE

 

Aprende a vivir y sabrás morir bien.

CONFUCIO

 

Una madre da a luz y por doquier se oye: “¡Qué hermoso niño!”. Alguien muere y rara vez se dice: “¡Qué hermosa vida!”. Hemos sido educados menos para la muerte que para el nacimiento, menos para la finalización de las cosas que para su inicio.

Aprendemos a conseguir un trabajo pero no a ser despedidos; a iniciar una relación de pareja pero no a separarnos; a emprender un viaje pero no a regresar; a ser jóvenes pero no a envejecer; a entusiasmarnos con una idea pero no a abandonarla cuando no existen buenas razones para seguir sosteniéndola. El arte de la cesación ameritaría un interés mayor por parte de la literatura filosófica.

Dejar de comer en el momento apropiado no es menos relevante que disfrutar de una estupenda cena, irse de una fiesta oportunamente no es menos relevante que disponer de buen ánimo para llegar a ella. Despedirse es un arte, y quizá de los más arduos, en particular en una cultura que, en su afán de eternidad, concibió vidas después de la vida, almas desencarnadas y resurrecciones de cuerpos.

Cuando las promesas de la religión perdieron credibilidad, la medicina hizo suyo el afán de vida eterna, ocupándose con éxito del arte de prolongar la existencia. La religión y la ciencia a menudo nos han hecho creer que lo eterno es la medida de lo valioso. Si no, ¿por qué dudar del sentido de la vida solo porque es finita? Lucrecio escribió: “¿Por qué te lamentas de que tu vida no sea infinita si al fin y al cabo no te lamentas por no haber estado en la guerra de Troya?”. La muerte, desde esta perspectiva, sería indistinta del tiempo anterior a nuestro nacimiento.

Si celebramos los comienzos de las cosas, ¿por qué no celebrar su fin cuando aquello que ha concluido lo amerita? Tras una vida plena, ¿por qué no aceptar serenamente la experiencia humana de morir? Algunos creen que las lágrimas son a veces una respuesta inapropiada a la muerte, que cuando una vida ha sido vivida de manera honesta y plenamente, es mejor recordarla con una sonrisa.

Si festejamos la potencialidad del inicio, cuando todo parece viable pero aún es incierto, ¿por qué no festejar o, cuando menos, valorar el final de lo que ha sido pleno? Es lo que hacen los mexicanos el 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos, en una fiesta que funde la tradición prehispánica con la católica.Toda la familia llega a la tumba del ser querido, la llenan de flores y juntos comparten una deliciosa comida bajo el lema: “El muerto al cajón y el vivo al fiestón”. Probablemente el mexicano también tenga miedo a morir; sin embargo, a diferencia de otros pueblos, lo refleja jugando, burlándose y conviviendo con la muerte.

Los niños comen calaveras de azúcar, “pan de muerto” (un bizcocho adornado con masa en forma de hueso, que venden en todas las panaderías), se divierten con juguetes funerarios y con unas figuritas de cartón que, vestidas de papel negro y con cabeza de garbanzo, sostienen pequeños ataúdes. Los adultos recitan versos llamados “calaveras”, en los que se ridiculiza a quienes temen a la muerte y a personajes vivos del mundo de la política o de las artes. Empiezan el día rezando por sus difuntos y lo terminan brindando por su salud. (.....el prólogo continúa)

 

La muerte de los seres queridos

 

Ningún bien aprovecha si no se está dispuesto a perderlo cuando sea necesario.

SÉNECA

 

La mayoría de las personas temen menos estar muertas que el proceso que conduce a la muerte (evitable, como he procurado señalar) o, fundamentalmente, que la muerte de los seres queridos. La muerte de un ser querido es la más parecida a la nuestra, sin ser la nuestra. Así como hemos sido menos educados para los finales que para los comienzos de las cosas, tampoco hemos aprendido a creer que soportaremos las pérdidas. En parte probablemente esto explique por qué se suicidan tantos adolescentes, poco familiarizados con el arte de sobrellevar el fracaso. Pero a medida que crecemos, entendemos que si hemos de seguir viviendo, necesariamente debemos perfeccionarnos en el arte de sanar las heridas. Muchas veces, gracias a esas pérdidas somos lo que somos.  

Aprender a vivir es aprender a ser abandonado por los afectos, las cosas, las situaciones, las edades, la juventud. Vivir también es entrenarse en el arte del desapego, en el de admitir el vacío, en el de soltar aquello que necesariamente partirá. Obtener nuevos bienes y perder otros forma parte del juego necesario de la vida. El duelo es el proceso de elaboración de una pérdida, sin el cual es muy difícil reconciliarse con la existencia. Aceptar la muerte –tanto la propia como la de los seres queridos– es la única forma de permanecer fiel a las condiciones que plantea la vida. Vivimos la vida de quienes amamos como una prolongación de nosotros mismos y la separación parece lo más doloroso.  

Muchos autores aplicaron con pertinencia la palabra “trabajo” al duelo. Enterrar psicológicamente a un ser querido supondría la realización de un “trabajo”.  

A menudo, el duelo comienza con la consternación, que es la suma de dolor y sorpresa, aun cuando se trate de una muerte prevista. El primer objetivo del duelo es la aceptación valiente de las circunstancias que no está en nuestras manos modificar (amor fati). Su complemento necesario es la concentración de energías en aquellas cosas que sí está en nuestras manos cambiar. A veces, la tristeza del duelo se potencia con la ira (hacia los médicos, hacia el difunto o hacia uno mismo), por no haber hecho lo suficiente. Si el ser querido se suicidó, con frecuencia hay que sumarle a todo esto la culpa y la vergüenza ante los demás. Pero repartir culpas indebidamente puede ser una forma injusta y simplificadora de tranquilizarse. El duelo es una situación de estrés y su remedio es el tiempo, la aceptación y la contención social, que, frecuentemente, está ausente en una cultura que tiende cada vez más a negar el fenómeno de la muerte. Contra las pasiones tristes, Spinoza encuentra insuficiente el uso de la razón, y recomienda valerse de las pasiones alegres. Es el caso de Norma, que asistió a una entrevista de Consultoría Filosófica y contó que, a los diez días de la muerte de su hijo, empezó a ir diariamente a tomar clases de baile. O el de Antonio, que a la noche siguiente de haber sido abandonado por su novia de los últimos cinco años, empezó a ir diariamente a jugar paddle con los amigos.

Hace dos años fui a dar una charla de Filosofía Práctica a una escuela carenciada de la provincia de Buenos Aires, y recuerdo que uno de los adolescentes habló de la culpa que sentía porque, a la semana de muerta su madre, él aceptó la invitación de unos amigos para ir a bailar. Sin embargo, la distracción no equivale necesariamente al olvido: sería imposible seguir viviendo si a cada minuto tuviéramos presentes nuestras desdichas y las del mundo que nos rodea. La alegría afirma la vida frente a la muerte, nos permite renovar las energías y aliviar el peso. Alegría viene de aligerar, y pesar refiere a la carga que conlleva toda tristeza, al disminuir nuestra capacidad de obrar.  

Algunas veces, el duelo viene acompañado de la idealización de las virtudes del ausente. Pero idealizar puede ser una buena forma de deshumanizar. A veces también los vivos “abuenan” a los muertos por el alivio que les produce que ya no representen competencia alguna. “Si queréis mayores elogios, moríos”, reza un refrán popular. Recuerdo a un profesor de tango muy vanidoso que dedicaba su espectáculo al “único bailarín que lo superaba en talento”, un colega que acababa de morir en un accidente de auto, a quien difícilmente hubiera reconocido semejante status en vida. Una copla popular refleja así este tipo de valorización del difunto:  

Cuando vivía el infeliz,

¡si se fundiera!

Hoy que ya está en el veliz,

¡qué bueno era!  

El trabajo de duelo culmina cuando es posible interiorizar las huellas que quien ha partido deja en nosotros y recordar lo mejor que nos ha brindado. El proceso no es lineal, la tristeza probablemente recrudecerá el primer año, durante los aniversarios y durante el período de las fiestas. Un proverbio chino advierte: “Ningún hombre puede impedir que el pájaro oscuro de la tristeza vuele sobre su cabeza, pero lo que sí puede impedir es que anide en su cabellera”.  

Cuando muere un ser querido podemos preguntarnos: ¿cuánto tiempo querría que nos instalemos en la pena? La felicidad por la relación con nuestros seres queridos es parte de nuestra vida presente, aun si ellos ya no viven. Años después de perder a su hija de 27 años, la escritora Isabel Allende dijo: “Con el tiempo uno se deshace de la rabia, deja de culpar al destino, no se queja más. Se da cuenta de que cosas como esas le pasan a todo el mundo. Hay pérdidas, separaciones, pero también amor. No existe vida sin obstáculos”.

 

El arte del buen morir

 

Ya en el siglo III a.C.,Teofrasto elogiaba en su tratado de botánica a Trasias de Mantinea por haber inventado remedios para “inducir una muerte fácil e indolora”.  

Quien defiende la posibilidad de morir con dignidad está defendiendo la posibilidad de vivir de igual manera. Negarle a una persona el derecho a morir decentemente, de acuerdo con lo que ella misma considera decente, es negarle el derecho a vivir dignamente. Por esta razón, estar a favor de la eutanasia (que significa en griego “buena muerte”) es estar a favor de la vida.  

La cultura antigua es pródiga en ejemplos de eutanasia. En su Historia Natural, Plinio el Viejo sostenía: “De los bienes que la naturaleza concedió al hombre, ninguno hay mejor que una muerte oportuna, y óptimo es que cada cual pueda dársela a sí mismo”. La eutanasia puede ser un mal menor frente a una enfermedad terminal, pero también puede implicar un descanso (análogo al sueño) para un momento determinado de la vejez.  

Una sociedad justa debe ser solidaria con sus ancianos. Lamentablemente estamos lejos de cumplir con este insoslayable requisito ético. Con todo, es necesario saber despedirse a tiempo, por respeto a uno mismo y por respeto a nuestros seres queridos. ¿Deseamos establecer algún límite ético a los cuidados que pretendemos que nos dispensen nuestros seres queridos en los últimos años de nuestra vida? ¿Deben ocuparse de nosotros así hayamos perdido buena parte de nuestras facultades psíquicas y físicas, aun al precio de la consagración de una parte significativa de su tiempo, sus ahorros y su dolor a nosotros? Desde ya, cada caso ameritará un análisis específico. ¿Pero no deberíamos plantearnos este problema antes de que sea demasiado tarde? ¿No sería conveniente dejar instrucciones precisas al respecto? Muchos, por suerte, han comenzado a hacerlo. Ser oportuno para morir también es un acto de excelencia ética.  

Actualmente, los asilos están poblados por ancianos que no recuerdan quiénes son, ni la razón por la que llegaron ahí, ni cómo se llaman. No reconocen a sus hijos cuando los visitan. No controlan sus esfínteres, sienten frío aunque se abriguen y dolores que ya no pueden calmar los analgésicos. A veces a los hijos el asilo les cuesta carísimo y en muchos casos sacrifican su futuro por una vida que ni siquiera los propios protagonistas desean prolongar. Cuenta Marcelino Cereijido en Diálogos sobre la vida y la muerte, de Liliana Heker, que un amigo suyo que vivía en México, una vez que su padre enviudó, decidió llevarlo desde Buenos Aires a vivir con él. El padre del amigo nunca se enteró de que estaba en México. Contraía una neumonía, los médicos le daban antibióticos y lo salvaban. Su función renal estaba demasiado disminuida y lo llevaba a la muerte, los médicos le hacían diálisis. Su corazón ya no le latía correctamente, entonces le pusieron un marcapasos. Duró diez años así. “Cuando el padre murió –dice Cereijido–, mi amigo había vendido su casa, sus hijas tenían los dientes a la miseria, no pudieron asistir a los colegios que hubieran deseado, él se había divorciado porque la mujer se había opuesto a dilapidar el futuro familiar para mantener al suegro en semejantes condiciones. Las enfermeras preferían renunciar e ir a trabajar a maternidades en lugar de cambiar pañales a señores de noventa años. Mi amigo había rogado mil veces: ‘Por favor, déjenlo morir’. Y los médicos respondían: ‘Señor, si lo dejamos morir, vamos presos’.”  

La ética no siempre acompaña los adelantos científicos. Aún identificamos la vida con la duración de la vida, sin considerar si lo que entendemos por vida es digno de ser llamado así. La población de más de 80 años es la que crece a ritmo más acelerado en gran cantidad de países. Dentro de poco la mitad de la población europea estará jubilada. No era lo mismo quejarse sobre la brevedad de la vida hace doscientos años que ahora. Parece urgente reflexionar sobre estos temas, sobre los ancianos a quienes no les asusta la muerte sino la excesiva longevidad y sobre los límites éticos de la conservación de la vida.

Podría pensarse este problema a partir de la posibilidad de que el Estado se haga cargo íntegramente de la salud de los ciudadanos. No obstante, queda en pie la pregunta: ¿tiene sentido prolongar la vida a cualquier precio?  

Holanda se convirtió en abril de 2002 en el primer país del mundo que legalizó la eutanasia. Su revolucionaria ley permite poner término a la vida de un paciente que padece una enfermedad incurable acompañada de un sufrimiento físico o psicológico insoportable y que ha expresado el deseo de morir de modo consciente y reiterado. Un segundo médico independiente debe certificar que se cumplen estas condiciones y una comisión formada por juristas, médicos y expertos en ética ratificará post-mortem que el procedimiento seguido se ajustó a la ley.  

Algunos médicos se oponen a ser ellos mismos quienes finalmente accionen los mecanismos como para producir la eutanasia activa. Aducen haber sido formados para curar y no para poner fin a la vida. Si tuvieran en cuenta que poner fin al sufrimiento o a la vida que ya no merece ser considerada vida también es una manera de curar, quizá reconsiderarían su perspectiva primera. Sin embargo, si reconociéramos su derecho a no participar en la eutanasia activa, todavía queda otro recurso utilizado en la actualidad: que el propio paciente sea quien accione este mecanismo que le permitirá poner fin al sufrimiento.  

Pensar en la muerte como parte de la vida, pensar que podemos dar un final digno a nuestra existencia, también implica la posibilidad de que una persona llegue a una edad avanzada y, sin estar enferma, decida por sí misma, luego de una serena y prolongada reflexión, pedir auxilio para poner fin a su existencia dignamente y sin dolor. En Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, Rilke escribía, inspirado en Séneca y su idea de morir la propia muerte:  

 

Señor, concede a cada cual su propia muerte la que sea verdaderamente salida de esta vida en la que se halló el amor, un sentido y su angustia.  

 

Rilke se dejó morir por la infección que le produjo una herida de espina al cortar rosas para una mujer. El poeta de las rosas pidió que ese poema fuera el epitafio de su tumba. Más allá de lo adecuada o inadecuada que pueda parecernos la muerte particular que eligió, el rezo se vincula con la posibilidad de que cada uno elija su propia muerte.

Montaigne, por su parte, argumenta sobre la conveniencia de morir apartado, solo, tranquilo, lejos de las despedidas solemnes y del consuelo de los amigos y familiares, ya que –a su modo de ver– la propia pena aumentaría con los lamentos ajenos. Incluso escribe sobre las ventajas de morir lejos de la propia patria, en medio de extraños ante los cuales poder quejarse a sus anchas.  

Que cada cual, en caso de decidirlo, pueda pensar en la forma digna en que desee morir, del mismo modo en que, dentro de un número limitado de posibilidades, ha pensado en la forma digna en que desea vivir.  

Por influencia del judeocristianismo, según el cual la vida es ante todo una posesión divina, no estamos acostumbrados a pensar en nuestra muerte con la misma autonomía y decisión con que pensamos en la vida. Pero ¿por qué estaríamos capacitados para elegir si traer o no hijos al mundo y no para determinar hasta cuándo deseamos permanecer vivos, a conciencia y dignamente? Probablemente parte del miedo a la muerte desaparecería si pudiéramos garantizar una buena muerte para todos los seres humanos que así lo deseen. Se obraría en favor de la vida contribuyendo a que el abandono de la existencia sea una empresa más digna. Tradicionalmente los médicos han practicado la eutanasia pasiva (quitando al paciente los medicamentos o los aparatos que lo mantienen con vida).

El de la eutanasia es un problema ético que también aparece planteado en términos jurídicos y se vincula con la licencia del médico para dar muerte a una persona directa o indirectamente. ¿Tenemos derecho a oponernos a la voluntad de un individuo que en forma responsable y racional decide morir? Tal como señalé párrafos atrás, Holanda apoya hoy día la eutanasia, que es aprobada por el 92% de los ciudadanos. La primera persona favorecida por la ley fue un paciente con un cáncer incurable. La dosis fue administrada por una computadora. El paciente debía utilizar un teclado y responder a tres o cuatro preguntas. La última era: ¿desea usted morir? Al marcar el “sí”, la computadora ordenaba el paso de la droga en forma intravenosa.

 En estos casos, la eutanasia no interrumpe la continuación de la vida sino la continuación de la enfermedad, de aquello que el propio interesado en forma racional y autónoma no considera digno de ser llamado vida. La eutanasia (en cualquiera de sus formas) supone la posibilidad de pensar un final deseable para la vida, más acorde con los momentos vividos de plenitud que con los de penuria, concebir el final de nuestro supremo bien –la vida– con la misma racionalidad, la misma responsabilidad y hasta el mismo vigor con que apostamos al inicio de nuestros emprendimientos.  

Habrá quienes prefieran morir arriesgándose a padecer los dolores y las incomodidades que pueda conllevar la enfermedad que les toque en suerte. Estarán en su derecho de hacerlo. Pero habrá otros que prefieran dar fin a su vida a tono con lo que más han apreciado de ella. Estas personas también tienen derecho a un auxilio que les permita morir del modo en que ellos consideran digno.Ya no se trataría de una eutanasia pasiva (dejar de dar medicamentos o tratamiento para la recuperación del paciente) sino de una eutanasia activa, es decir, tal como la etimología del término eutanasia indica (eu, buena, tánatos, muerte), de facilitar una buena muerte, elegida en forma racional y responsable por una persona de edad avanzada que no necesariamente está enferma. Una muerte en la que se decide ahorrar el dolor que a menudo conduce a ella, no porque se deje de considerar que el dolor es parte de la vida, y que necesariamente habrá que sobrellevarlo a lo largo de toda la existencia, sino porque se tiene la libertad suficiente como para poner fin a una serie de molestias o dolores que se considera preferible suprimir.  

En la muerte, al igual que en el parto, el dolor sería reducido al mínimo. Y hay razones para suponer que morir puede ser aún menos doloroso que un buen parto, ya que solo se sentiría la primera inyección en la que el individuo es dormido y anestesiado.  

Ahorrarse el dolor y las molestias que conducen a la muerte podría convertirse en algo tan natural como ahorrarse un severo dolor de muelas. Esta muerte elegida, responsable, racional, como la han proclamado los antiguos estoicos y epicúreos, puede ser una opción para quienes padecen una enfermedad terminal, pero también para quienes, a una edad avanzada, sin estar enfermos ni deprimidos, deciden darle un buen final a su vida, del mismo modo que el músico puede darle un buen final a su concierto, que el interlocutor puede darle un buen final a una conversación, o que decidimos a qué hora nos vamos a dormir por las noches y no nos dejamos doblegar por el sueño en el lugar y a la hora en que nos sorprenda. Este es el verdadero sentido que los estoicos han dado a la eutanasia, entendiéndola como una posibilidad de lucidez y como una alternativa válida frente a una existencia sin sentido.

En sus Cartas a Lucilio, Séneca escribe:

 

  El sabio se separará de la vida por motivos bien fundados: para salvar a la patria o a los amigos, pero igualmente cuando está agobiado por dolores demasiado crueles, en casos de mutilaciones o de una enfermedad incurable (...) no se dará muerte si se trata de una enfermedad que puede ser curada y no daña el alma, no se matará por los dolores sino cuando el dolor impida todo aquello por lo que vive (...) los médicos deben aplicar remedios al enfermo, pero a quienes no puedan prolongar la vida, les facilitarán una muerte llevadera.  

 

En el caso de la eutanasia elegida por quien padece una enfermedad terminal, sería posible objetar: ¿cómo saber si en efecto se trata de un diagnóstico acertado, si no queda un resto de vida deseable, si se trata del momento óptimo para el fin? Ante situaciones como esta, la Orientación Filosófica nos propone clarificar los valores en juego, de modo de optar por el que nos resulte prioritario (el bien mayor), o por el valor que privilegie lo menos indeseable (el mal menor). Quien privilegie como valor la duración de la vida relegará a segundo plano el valor de la evitación del sufrimiento o de las molestias que supone la degradación del cuerpo y de las facultades mentales.  

La reflexión sobre la eutanasia nos conduce a la reflexión sobre la vida. Como aquella pareja que estaba sentada en el living de su casa charlando sobre la vida y la muerte.  

—Nunca me dejes vivir en estado vegetativo —dijo él—; no quiero depender de una máquina ni de los líquidos de una botella. Si me ves así, desenchufa los artefactos que me mantienen en ese estado.  

Ella se levantó, desenchufó el televisor en el que estaba viendo un partido de box y le tiró la cerveza.

 

La vida como obra de arte

¿Qué le da sentido a la vida, entendiendo, entre todos los significados del término, el que remite a las siguientes preguntas: “¿Estoy satisfecho con lo que hice, o desearía o debería hacer otras cosas?"?  ¿Vivo o sobrevivo?”. Mientras que el judeocristianismo se centró fundamentalmente en la idea de obligación, los griegos pensaron la vida como una obra de arte personal en el contexto de cánones colectivos. Esta manera de pensar la condición humana no ha perdurado, salvo en determinados momentos como el Renacimiento o durante el siglo XIX, con el dandismo, un movimiento formado por jóvenes elegantes que aspiraban a inventarse a sí mismos más allá de las costumbres burguesas.

Cada época y cada lugar han planteado sentidos diversospara la vida. Hoy en día es el trabajo lo que da sentido a la vida de buena parte de los habitantes de Occidente.Aun cuando la mayoría deplore la tarea que realiza, siente gratitud por tener de qué vivir en un mundo en el que día a día crece la desocupación. Para el ciudadano de la antigua Grecia, en cambio, solo el tiempo en el que no era necesario ganarse la vida podía ser valorado por un hombre libre. El trabajo era propio de esclavos.

Pero si trabajo todo el día y no tengo libertad,¿cuál es el sentido de una vida que no me pertenece? Esta es una de las quejas que se oyen más frecuentemente en las sesiones de Consultoría Filosófica y en los Cafés Filosóficos.Al reflexionar sobre el tema desde una perspectiva individual,se podría pensar en cambiar de trabajo, o en reducir los gastos y, de no ser viable, aceptar que si no podemos hacer lo que amamos, quizá podríamos amar algo de lo que hacemos: la cordialidad de algún compañero de trabajo, el café delicioso que bebemos a media mañana, el humor espontáneo de la camaradería, la caminata a la vuelta de la oficina. 

Al reflexionar sobre el tema desde una perspectiva social, cabría preguntarse: ¿es posible distribuir y determinar el trabajo humano como para que todos los habitantes del planeta puedan cubrir sus necesidades básicas y disponer de tiempo libre para dar sentido a sus vidas? El mundo cuenta hoy con tecnología suficiente como para que esto sea posible. Aristóteles pensó que la esclavitud desaparecería cuando las máquinas pudieran reemplazar el trabajo esclavo. Hoy las máquinas suplen cada vez más al trabajo humano y, sin embargo, millones de personas consagran buena parte de su tiempo a tareas que les desagradan.

Crear formas convivenciales y equitativas de distribuir el trabajo, ¿no sería una manera de ganarle a la muerte, ya no prolongando la vida sino mejorando la calidad de las horas, los días y los años que desperdiciamos? Si algunas personas pudieran dar un sentido pleno a sus vidas, convirtiéndolas en verdaderas obras de arte, quizá habría menos guerras. A menudo el odio y la destrucción se instalan cuando la vida ya no parece interesante. 

Afortunadamente, mal que les pese a ciertas religiones y a ciertas concepciones de la política, no hay un único sentido posible para la vida. Millones de personas han sido y son asesinadas por quienes pretenden imponer un único sentido a la vida de cada habitante del planeta. Otras han sido perseguidas, encarceladas e internadas en hospitales psiquiátricos por oponerse –por ejemplo– a los designios de un dictador como Stalin. 

Aunque suele haber puntos en común en los sentidos que diversos individuos y diversas culturas dan a sus vidas, sabemos que –afortunadamente también– la diversidad puede ser una riqueza. Allí donde uno encuentra el paraíso, otro se siente en el infierno. Esto no equivale a proclamar que todo da igual. Muchas personas coinciden en afirmar que la vida adquiere sentido cuando procuran encontrar lo bueno de cada cosa o tienen algo agradable por hacer, o alguien a quien amar. Para otras, el sentido se descubre al no imaginar de forma demasiado estructurada cómo deberían ser las cosas, al valorar con gratitud todo lo inesperado que la vida nos ofrece, al desarrollar cierta capacidad de olvido –sin por ello dejar de aprender de las experiencias del pasado y sin desinteresarse por los demás– o al salirse de uno mismo, es decir, no cifrando toda preocupación en la propia individualidad (una causa justa, un gesto solidario, la filosofía o el arte, que aumentan nuestra disposición a la empatía, son formas posibles de salirse de uno mismo).

También se puede dar sentido a la vida cultivando el amor como donación pero no apostando a una sola de sus formas (la pareja, los hijos, el trabajo, etc.); aceptando que el sufrimiento –aun el más crudo– es parte de la vida y que sin él no existiría el placer; gozando de la belleza (de un gato desperezándose, de una penumbra, de una sonrisa, de una obra de arte); eligiendo la mayor cantidad posible de actividades que sean fines en sí mismas y no medios (la amistad, el amor o una tarea que nos agrada son fines, el dinero es un medio); disfrutando de la comida y del movimiento del cuerpo, comprendiéndonos y comprendiendo el mundo que nos rodea, viviendo reflexivamente.

Dar un sentido a la vida –o sucesivos sentidos, a lo largo del tiempo– equivale a darse a sí mismo un segundo nacimiento, es la conciencia de lo que deseamos y podemos ser. Como en la creación de toda obra de arte, la vida se pule, se retoca, requiere ajustes y cuidados, es un modelo para armar que se corrige diariamente, aprendiendo del error. De ahí que algunos postulen que la vida comienza a los cuarenta años, una edad en la que ya se aprendieron unas cuantas cosas sobre la ardua empresa de existir.

Educar para la vida es mucho más relevante que formar profesionales o prodigios de memoria enciclopédica que puedan destacarse en los programas de preguntas y respuestas de la televisión. Un dibujo de Maitena muestra a una mujer que le dice al marido:

—A veces pienso que algo hicimos mal en la educación de nuestro hijo.

—Pero, querida —responde él—, si sigue dos carreras, habla cuatro idiomas, toca varios instrumentos, practica todos los deportes.

—Sí, pero solo come hamburguesas con papas fritas.

Podríamos dar otras alternativas a la última frase: “Sí, pero es engreído, poco solidario, mezquino, se exaspera por cualquier tontería y vive con mala cara”. 

La filosofía no es solo una disciplina especulativa sino fundamentalmente una actividad que se vale de la razón en la búsqueda del sentido de la vida. Si no nos sirve para imaginar nuestras vidas y las de nuestros semejantes como obras de arte, no sirve para nada.

 

El éxito y el fracaso

 

 

Las nociones de éxito y fracaso tienen un gran peso simbólico en el mundo contemporáneo. La vida plena de sentido parecería ser la de las personas "exitosas". Concebido como la obtención de una meta, el término "éxito" es ambiguo; a veces aparece identificado con la eficacia y, a veces, con la consagración (que otorgan los demás), y es asociado primordialmente con el poder, el dinero y la fama. André Comte-Sponville define el fracaso como la distancia entre el resultado al que uno aspira y el que uno obtiene. La valoración en términos de éxito o fracaso suele favorecer el hábito de juzgar un acto solamente por sus consecuencias. De esta manera se puede caer en la falacia del pensamiento dicotómico (que no reconoce grises), y creer que obrar bien requiere de premios adicionales. Chuang Tzu sostuvo: "Si el arquero dispara por nada, tiene el dominio de sus facultades. Si dispara por un brazalete de metal, ya se ha puesto nervioso. El premio lo tiene dividido. Se preocupa más por ganar que por el modo de apuntar la flecha. El afán por vencer le roba su fuerza". 

A menudo se hace referencia al alto precio del éxito. Es el caso del rey Pirro, que gana una guerra en la que mueren muchos de sus soldados y exclama: "Otra victoria así y estoy perdido".También se vincula al éxito y al fracaso con la entronización de los logros personales en desmedro de los proyectos colectivos. Demócrito afirmaba: "Del éxito o del fracaso de la ciudad dependen el éxito y el fracaso de todos". En contraste con ese ideal griego, hoy en día el miedo al fracaso personal aparece como uno de los principales temores de las sociedades individualistas. La dicotomía éxito-fracaso también presupone el eje articulador de la competencia como motor de la vida social. Iván Illich escribió: "Todos miden su éxito por el fracaso de los demás". Asimismo presupone que si se trabaja con firmeza, el éxito llegará solo. Se desestima así la influencia de otras variables (la suerte, la condición social, los contactos personales de cada uno). Sin embargo, la vida consiste en "éxitos y fracasos", y probablemente más en "fracasos" que en "éxitos". El fracaso es el gran maestro de vida, y necesariamente forma parte del éxito. Toda educación que se precie debería desarrollar nuestra capacidad de frustración. La experiencia y el conocimiento derivan más de nuestros reveses que de nuestros aciertos. En lugar de sentirnos solo víctimas, existe la posibilidad de transformar nuestras frustraciones en desafíos y en oportunidades para el futuro. "Felices los valientes, los que aceptan con ánimo parejo la derrota o las palmas", escribe Borges. La valentía no es únicamente el dominio del miedo, sino también el dominio de la adversidad y de la frustración. El éxito quizá resida en vivir la vida en nuestros propios términos, sin menospreciar la mirada de los otros pero sin atribuirle demasiado peso.Tener éxito es ser capaz de dar lo mejor de uno mismo.Y el peor fracaso es la pérdida del entusiasmo y la falta de disposición para inclinar la balanza en favor de la vida. Algo de esto dice el poeta turco Nazim Hikmet en su poema "Sobre la vida":

 

 Tomarás en serio a la vida 

pero en serio a tal punto 

que a los setenta años plantarás olivares, 

no para que queden para tus hijos, 

sino porque, aunque temas a la muerte, 

ya no creerás en ella, 

puesto que en tu balanza la vida habrá pesado mucho más. 

 

 

Vivir es nuestra máxima creación. El aprovechamiento de la pequeña o considerable cuota de libertad que nos haya tocado en suerte requiere valentía, humildad, cuidado de sí, prudencia, entusiasmo, serenidad, cultivo de la justicia y del amor entendido como la disposición a salir del aislamiento y a relacionarnos con el mundo en general, la aceptación de aquello que no está en nuestras manos modificar y la flexibilidad ante los cambios. 

Un antiguo cuento subraya la importancia de la ductilidad para la vida. Cuando un filósofo estaba a punto de morir, uno de sus discípulos fue a verlo y le dijo: -Esta será probablemente nuestra última conversación. ¿Hay algo que quieras decirme? El filósofo abrió la boca y le pidió que mirara adentro. -¿Ves mi lengua? -preguntó. -Claro -respondió el discípulo. -¿Y mis dientes? ¿Todavía están ahí, perfectos? -No -replicó el discípulo. -¿Sabes por qué la lengua sobrevive a los dientes?… Porque es flexible. Los dientes desaparecen porque son duros. Nada más tengo para enseñarte. 

La vida es lo más fortuito y, al mismo tiempo, lo más extraordinario. Es necesario vivirla ahora mismo, porque el futuro es incierto y el ayer no regresa, y, sobre todo, se trata de nuestra única vida. La civilización ha convertido la vida en algo admirable y también, mediante sus crecientes inequidades y exigencias de privación y sacrificio, en un trago doloroso y amargo. Muchos lo tienen "todo", pero aún no se han conquistado a sí mismos. Para millones de personas que padecen la miseria y la opresión social, la vida es dura y pesada. Para todos -en mayor o menor medida- a veces constituye una carga. Pero el desamor, la molestia y el infortunio pasan y, quizá con más frecuencia de lo que nos atrevamos a reconocer, salimos fortalecidos de la experiencia y nos sentamos a disfrutar de los bienes de la vida como si se tratara de un banquete. Cambia la comida, cambian los compañeros de mesa, cambia el mobiliario, cambia nuestro paladar e incluso cambia el anfitrión. Pero casi siempre es posible tentarse con un manjar, aunque sea por curiosidad.

Contratapa

 

 

El sentido de la vida

Roxana Kreimer

Editorial Longseller

2008

 

 

Contratapa

Indice

Incluimos cuatro desarrollos del libro:

Prólogo (fragmento)

La muerte de los seres queridos

El arte del buen morir

La vida como obra de arte

El éxito y el fracaso

 

 

 

Contratapa:

Los filósofos clásicos recomendaban: “Si quieres amar la vida, prepárate para la muerte”. Nuestra finitud da un sentido a la vida, del mismo modo que el dolor da un sentido al placer. Sin embargo, vivimos como si fuéramos inmortales, especialmente en tiempos en que la muerte ha sido borrada de la vida cotidiana de las personas. Pensar demasiado en la muerte quizá nos reduciría a la inmovilidad. Pero no pensar nunca en ella puede llevarnos a malgastar nuestra vida.

La primera parte de este libro está dedicada a reflexionar sobre la muerte y la segunda a reflexionar sobre el sentido de la vida. El envejecimiento, el arte del buen morir, el cambio, la jerarquía de valores, la acción de elegir, la convivencia, la construcción de nuevos sentidos posibles para la existencia, los usos del humor en la resolución de problemas, la gratitud y la vida como obra de arte son algunos de los temas desarrollados desde una perspectiva teórica y práctica. Con humor, un lenguaje claro y la inclusión de breves relatos, se revisan los argumentos más considerados hasta el momento en relación a la muerte y al sentido de la vida, y se aportan otros con el propósito de renovar el interés por dos de los temas filosóficos clásicos que más pueden contribuir al bienestar humano.

 

ÍNDICE

Prólogo

1- La muerte

Envejecimiento

Temor a la muerte

Muerte y apego individual

Sobre la fragilidad de la vida

La muerte como descanso

Duración y plenitud

El arte del buen morir

El suicidio

La muerte de los seres queridos

La muerte y el humor

 

2- La vida

Los significados de “sentido de la vida”

Respuestas tradicionales a la pregunta por el sentido de la vida

Los aniversarios y la pregunta por el sentido de la vida

Bienes externos e internos

La acción de elegir

Jerarquía de valores

El bienestar a la luz de la investigación científica

Los usos del humor en la resolución de problemas

La vida como viaje

Gratitud

La importancia de olvidar

El culto al cuerpo

Lo que cambia, lo que permanece

El sufrimiento inútil

El coraje

Lo bueno, lo bello, lo verdadero

La creación de nuevos sentidos para la vida

La convivencia

La vida como obra de arte

El sentido de la vida y la política

Educar para encontrarle un sentido a la vida

La competencia

Lo incontrolable (suerte, azar, casualidad)

La madurez

Decisiones bajo incertidumbre

El éxito y el fracaso

 

Bibliografía básica

Prólogo (fragmento)

 

PRÓLOGO

 

La mayoría de los hombres que no saben qué hacer con esta vida, quieren otra que no termine nunca.

ANATOLE FRANCE

 

Aprende a vivir y sabrás morir bien.

CONFUCIO

 

Una madre da a luz y por doquier se oye: “¡Qué hermoso niño!”. Alguien muere y rara vez se dice: “¡Qué hermosa vida!”. Hemos sido educados menos para la muerte que para el nacimiento, menos para la finalización de las cosas que para su inicio.

Aprendemos a conseguir un trabajo pero no a ser despedidos; a iniciar una relación de pareja pero no a separarnos; a emprender un viaje pero no a regresar; a ser jóvenes pero no a envejecer; a entusiasmarnos con una idea pero no a abandonarla cuando no existen buenas razones para seguir sosteniéndola. El arte de la cesación ameritaría un interés mayor por parte de la literatura filosófica.

Dejar de comer en el momento apropiado no es menos relevante que disfrutar de una estupenda cena, irse de una fiesta oportunamente no es menos relevante que disponer de buen ánimo para llegar a ella. Despedirse es un arte, y quizá de los más arduos, en particular en una cultura que, en su afán de eternidad, concibió vidas después de la vida, almas desencarnadas y resurrecciones de cuerpos.

Cuando las promesas de la religión perdieron credibilidad, la medicina hizo suyo el afán de vida eterna, ocupándose con éxito del arte de prolongar la existencia. La religión y la ciencia a menudo nos han hecho creer que lo eterno es la medida de lo valioso. Si no, ¿por qué dudar del sentido de la vida solo porque es finita? Lucrecio escribió: “¿Por qué te lamentas de que tu vida no sea infinita si al fin y al cabo no te lamentas por no haber estado en la guerra de Troya?”. La muerte, desde esta perspectiva, sería indistinta del tiempo anterior a nuestro nacimiento.

Si celebramos los comienzos de las cosas, ¿por qué no celebrar su fin cuando aquello que ha concluido lo amerita? Tras una vida plena, ¿por qué no aceptar serenamente la experiencia humana de morir? Algunos creen que las lágrimas son a veces una respuesta inapropiada a la muerte, que cuando una vida ha sido vivida de manera honesta y plenamente, es mejor recordarla con una sonrisa.

Si festejamos la potencialidad del inicio, cuando todo parece viable pero aún es incierto, ¿por qué no festejar o, cuando menos, valorar el final de lo que ha sido pleno? Es lo que hacen los mexicanos el 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos, en una fiesta que funde la tradición prehispánica con la católica.Toda la familia llega a la tumba del ser querido, la llenan de flores y juntos comparten una deliciosa comida bajo el lema: “El muerto al cajón y el vivo al fiestón”. Probablemente el mexicano también tenga miedo a morir; sin embargo, a diferencia de otros pueblos, lo refleja jugando, burlándose y conviviendo con la muerte.

Los niños comen calaveras de azúcar, “pan de muerto” (un bizcocho adornado con masa en forma de hueso, que venden en todas las panaderías), se divierten con juguetes funerarios y con unas figuritas de cartón que, vestidas de papel negro y con cabeza de garbanzo, sostienen pequeños ataúdes. Los adultos recitan versos llamados “calaveras”, en los que se ridiculiza a quienes temen a la muerte y a personajes vivos del mundo de la política o de las artes. Empiezan el día rezando por sus difuntos y lo terminan brindando por su salud. (.....el prólogo continúa)

 

La muerte de los seres queridos

 

Ningún bien aprovecha si no se está dispuesto a perderlo cuando sea necesario.

SÉNECA

 

La mayoría de las personas temen menos estar muertas que el proceso que conduce a la muerte (evitable, como he procurado señalar) o, fundamentalmente, que la muerte de los seres queridos. La muerte de un ser querido es la más parecida a la nuestra, sin ser la nuestra. Así como hemos sido menos educados para los finales que para los comienzos de las cosas, tampoco hemos aprendido a creer que soportaremos las pérdidas. En parte probablemente esto explique por qué se suicidan tantos adolescentes, poco familiarizados con el arte de sobrellevar el fracaso. Pero a medida que crecemos, entendemos que si hemos de seguir viviendo, necesariamente debemos perfeccionarnos en el arte de sanar las heridas. Muchas veces, gracias a esas pérdidas somos lo que somos.  

Aprender a vivir es aprender a ser abandonado por los afectos, las cosas, las situaciones, las edades, la juventud. Vivir también es entrenarse en el arte del desapego, en el de admitir el vacío, en el de soltar aquello que necesariamente partirá. Obtener nuevos bienes y perder otros forma parte del juego necesario de la vida. El duelo es el proceso de elaboración de una pérdida, sin el cual es muy difícil reconciliarse con la existencia. Aceptar la muerte –tanto la propia como la de los seres queridos– es la única forma de permanecer fiel a las condiciones que plantea la vida. Vivimos la vida de quienes amamos como una prolongación de nosotros mismos y la separación parece lo más doloroso.  

Muchos autores aplicaron con pertinencia la palabra “trabajo” al duelo. Enterrar psicológicamente a un ser querido supondría la realización de un “trabajo”.  

A menudo, el duelo comienza con la consternación, que es la suma de dolor y sorpresa, aun cuando se trate de una muerte prevista. El primer objetivo del duelo es la aceptación valiente de las circunstancias que no está en nuestras manos modificar (amor fati). Su complemento necesario es la concentración de energías en aquellas cosas que sí está en nuestras manos cambiar. A veces, la tristeza del duelo se potencia con la ira (hacia los médicos, hacia el difunto o hacia uno mismo), por no haber hecho lo suficiente. Si el ser querido se suicidó, con frecuencia hay que sumarle a todo esto la culpa y la vergüenza ante los demás. Pero repartir culpas indebidamente puede ser una forma injusta y simplificadora de tranquilizarse. El duelo es una situación de estrés y su remedio es el tiempo, la aceptación y la contención social, que, frecuentemente, está ausente en una cultura que tiende cada vez más a negar el fenómeno de la muerte. Contra las pasiones tristes, Spinoza encuentra insuficiente el uso de la razón, y recomienda valerse de las pasiones alegres. Es el caso de Norma, que asistió a una entrevista de Consultoría Filosófica y contó que, a los diez días de la muerte de su hijo, empezó a ir diariamente a tomar clases de baile. O el de Antonio, que a la noche siguiente de haber sido abandonado por su novia de los últimos cinco años, empezó a ir diariamente a jugar paddle con los amigos.

Hace dos años fui a dar una charla de Filosofía Práctica a una escuela carenciada de la provincia de Buenos Aires, y recuerdo que uno de los adolescentes habló de la culpa que sentía porque, a la semana de muerta su madre, él aceptó la invitación de unos amigos para ir a bailar. Sin embargo, la distracción no equivale necesariamente al olvido: sería imposible seguir viviendo si a cada minuto tuviéramos presentes nuestras desdichas y las del mundo que nos rodea. La alegría afirma la vida frente a la muerte, nos permite renovar las energías y aliviar el peso. Alegría viene de aligerar, y pesar refiere a la carga que conlleva toda tristeza, al disminuir nuestra capacidad de obrar.  

Algunas veces, el duelo viene acompañado de la idealización de las virtudes del ausente. Pero idealizar puede ser una buena forma de deshumanizar. A veces también los vivos “abuenan” a los muertos por el alivio que les produce que ya no representen competencia alguna. “Si queréis mayores elogios, moríos”, reza un refrán popular. Recuerdo a un profesor de tango muy vanidoso que dedicaba su espectáculo al “único bailarín que lo superaba en talento”, un colega que acababa de morir en un accidente de auto, a quien difícilmente hubiera reconocido semejante status en vida. Una copla popular refleja así este tipo de valorización del difunto:  

Cuando vivía el infeliz,

¡si se fundiera!

Hoy que ya está en el veliz,

¡qué bueno era!  

El trabajo de duelo culmina cuando es posible interiorizar las huellas que quien ha partido deja en nosotros y recordar lo mejor que nos ha brindado. El proceso no es lineal, la tristeza probablemente recrudecerá el primer año, durante los aniversarios y durante el período de las fiestas. Un proverbio chino advierte: “Ningún hombre puede impedir que el pájaro oscuro de la tristeza vuele sobre su cabeza, pero lo que sí puede impedir es que anide en su cabellera”.  

Cuando muere un ser querido podemos preguntarnos: ¿cuánto tiempo querría que nos instalemos en la pena? La felicidad por la relación con nuestros seres queridos es parte de nuestra vida presente, aun si ellos ya no viven. Años después de perder a su hija de 27 años, la escritora Isabel Allende dijo: “Con el tiempo uno se deshace de la rabia, deja de culpar al destino, no se queja más. Se da cuenta de que cosas como esas le pasan a todo el mundo. Hay pérdidas, separaciones, pero también amor. No existe vida sin obstáculos”.

 

El arte del buen morir

 

Ya en el siglo III a.C.,Teofrasto elogiaba en su tratado de botánica a Trasias de Mantinea por haber inventado remedios para “inducir una muerte fácil e indolora”.  

Quien defiende la posibilidad de morir con dignidad está defendiendo la posibilidad de vivir de igual manera. Negarle a una persona el derecho a morir decentemente, de acuerdo con lo que ella misma considera decente, es negarle el derecho a vivir dignamente. Por esta razón, estar a favor de la eutanasia (que significa en griego “buena muerte”) es estar a favor de la vida.  

La cultura antigua es pródiga en ejemplos de eutanasia. En su Historia Natural, Plinio el Viejo sostenía: “De los bienes que la naturaleza concedió al hombre, ninguno hay mejor que una muerte oportuna, y óptimo es que cada cual pueda dársela a sí mismo”. La eutanasia puede ser un mal menor frente a una enfermedad terminal, pero también puede implicar un descanso (análogo al sueño) para un momento determinado de la vejez.  

Una sociedad justa debe ser solidaria con sus ancianos. Lamentablemente estamos lejos de cumplir con este insoslayable requisito ético. Con todo, es necesario saber despedirse a tiempo, por respeto a uno mismo y por respeto a nuestros seres queridos. ¿Deseamos establecer algún límite ético a los cuidados que pretendemos que nos dispensen nuestros seres queridos en los últimos años de nuestra vida? ¿Deben ocuparse de nosotros así hayamos perdido buena parte de nuestras facultades psíquicas y físicas, aun al precio de la consagración de una parte significativa de su tiempo, sus ahorros y su dolor a nosotros? Desde ya, cada caso ameritará un análisis específico. ¿Pero no deberíamos plantearnos este problema antes de que sea demasiado tarde? ¿No sería conveniente dejar instrucciones precisas al respecto? Muchos, por suerte, han comenzado a hacerlo. Ser oportuno para morir también es un acto de excelencia ética.  

Actualmente, los asilos están poblados por ancianos que no recuerdan quiénes son, ni la razón por la que llegaron ahí, ni cómo se llaman. No reconocen a sus hijos cuando los visitan. No controlan sus esfínteres, sienten frío aunque se abriguen y dolores que ya no pueden calmar los analgésicos. A veces a los hijos el asilo les cuesta carísimo y en muchos casos sacrifican su futuro por una vida que ni siquiera los propios protagonistas desean prolongar. Cuenta Marcelino Cereijido en Diálogos sobre la vida y la muerte, de Liliana Heker, que un amigo suyo que vivía en México, una vez que su padre enviudó, decidió llevarlo desde Buenos Aires a vivir con él. El padre del amigo nunca se enteró de que estaba en México. Contraía una neumonía, los médicos le daban antibióticos y lo salvaban. Su función renal estaba demasiado disminuida y lo llevaba a la muerte, los médicos le hacían diálisis. Su corazón ya no le latía correctamente, entonces le pusieron un marcapasos. Duró diez años así. “Cuando el padre murió –dice Cereijido–, mi amigo había vendido su casa, sus hijas tenían los dientes a la miseria, no pudieron asistir a los colegios que hubieran deseado, él se había divorciado porque la mujer se había opuesto a dilapidar el futuro familiar para mantener al suegro en semejantes condiciones. Las enfermeras preferían renunciar e ir a trabajar a maternidades en lugar de cambiar pañales a señores de noventa años. Mi amigo había rogado mil veces: ‘Por favor, déjenlo morir’. Y los médicos respondían: ‘Señor, si lo dejamos morir, vamos presos’.”  

La ética no siempre acompaña los adelantos científicos. Aún identificamos la vida con la duración de la vida, sin considerar si lo que entendemos por vida es digno de ser llamado así. La población de más de 80 años es la que crece a ritmo más acelerado en gran cantidad de países. Dentro de poco la mitad de la población europea estará jubilada. No era lo mismo quejarse sobre la brevedad de la vida hace doscientos años que ahora. Parece urgente reflexionar sobre estos temas, sobre los ancianos a quienes no les asusta la muerte sino la excesiva longevidad y sobre los límites éticos de la conservación de la vida.

Podría pensarse este problema a partir de la posibilidad de que el Estado se haga cargo íntegramente de la salud de los ciudadanos. No obstante, queda en pie la pregunta: ¿tiene sentido prolongar la vida a cualquier precio?  

Holanda se convirtió en abril de 2002 en el primer país del mundo que legalizó la eutanasia. Su revolucionaria ley permite poner término a la vida de un paciente que padece una enfermedad incurable acompañada de un sufrimiento físico o psicológico insoportable y que ha expresado el deseo de morir de modo consciente y reiterado. Un segundo médico independiente debe certificar que se cumplen estas condiciones y una comisión formada por juristas, médicos y expertos en ética ratificará post-mortem que el procedimiento seguido se ajustó a la ley.  

Algunos médicos se oponen a ser ellos mismos quienes finalmente accionen los mecanismos como para producir la eutanasia activa. Aducen haber sido formados para curar y no para poner fin a la vida. Si tuvieran en cuenta que poner fin al sufrimiento o a la vida que ya no merece ser considerada vida también es una manera de curar, quizá reconsiderarían su perspectiva primera. Sin embargo, si reconociéramos su derecho a no participar en la eutanasia activa, todavía queda otro recurso utilizado en la actualidad: que el propio paciente sea quien accione este mecanismo que le permitirá poner fin al sufrimiento.  

Pensar en la muerte como parte de la vida, pensar que podemos dar un final digno a nuestra existencia, también implica la posibilidad de que una persona llegue a una edad avanzada y, sin estar enferma, decida por sí misma, luego de una serena y prolongada reflexión, pedir auxilio para poner fin a su existencia dignamente y sin dolor. En Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, Rilke escribía, inspirado en Séneca y su idea de morir la propia muerte:  

 

Señor, concede a cada cual su propia muerte la que sea verdaderamente salida de esta vida en la que se halló el amor, un sentido y su angustia.  

 

Rilke se dejó morir por la infección que le produjo una herida de espina al cortar rosas para una mujer. El poeta de las rosas pidió que ese poema fuera el epitafio de su tumba. Más allá de lo adecuada o inadecuada que pueda parecernos la muerte particular que eligió, el rezo se vincula con la posibilidad de que cada uno elija su propia muerte.

Montaigne, por su parte, argumenta sobre la conveniencia de morir apartado, solo, tranquilo, lejos de las despedidas solemnes y del consuelo de los amigos y familiares, ya que –a su modo de ver– la propia pena aumentaría con los lamentos ajenos. Incluso escribe sobre las ventajas de morir lejos de la propia patria, en medio de extraños ante los cuales poder quejarse a sus anchas.  

Que cada cual, en caso de decidirlo, pueda pensar en la forma digna en que desee morir, del mismo modo en que, dentro de un número limitado de posibilidades, ha pensado en la forma digna en que desea vivir.  

Por influencia del judeocristianismo, según el cual la vida es ante todo una posesión divina, no estamos acostumbrados a pensar en nuestra muerte con la misma autonomía y decisión con que pensamos en la vida. Pero ¿por qué estaríamos capacitados para elegir si traer o no hijos al mundo y no para determinar hasta cuándo deseamos permanecer vivos, a conciencia y dignamente? Probablemente parte del miedo a la muerte desaparecería si pudiéramos garantizar una buena muerte para todos los seres humanos que así lo deseen. Se obraría en favor de la vida contribuyendo a que el abandono de la existencia sea una empresa más digna. Tradicionalmente los médicos han practicado la eutanasia pasiva (quitando al paciente los medicamentos o los aparatos que lo mantienen con vida).

El de la eutanasia es un problema ético que también aparece planteado en términos jurídicos y se vincula con la licencia del médico para dar muerte a una persona directa o indirectamente. ¿Tenemos derecho a oponernos a la voluntad de un individuo que en forma responsable y racional decide morir? Tal como señalé párrafos atrás, Holanda apoya hoy día la eutanasia, que es aprobada por el 92% de los ciudadanos. La primera persona favorecida por la ley fue un paciente con un cáncer incurable. La dosis fue administrada por una computadora. El paciente debía utilizar un teclado y responder a tres o cuatro preguntas. La última era: ¿desea usted morir? Al marcar el “sí”, la computadora ordenaba el paso de la droga en forma intravenosa.

 En estos casos, la eutanasia no interrumpe la continuación de la vida sino la continuación de la enfermedad, de aquello que el propio interesado en forma racional y autónoma no considera digno de ser llamado vida. La eutanasia (en cualquiera de sus formas) supone la posibilidad de pensar un final deseable para la vida, más acorde con los momentos vividos de plenitud que con los de penuria, concebir el final de nuestro supremo bien –la vida– con la misma racionalidad, la misma responsabilidad y hasta el mismo vigor con que apostamos al inicio de nuestros emprendimientos.  

Habrá quienes prefieran morir arriesgándose a padecer los dolores y las incomodidades que pueda conllevar la enfermedad que les toque en suerte. Estarán en su derecho de hacerlo. Pero habrá otros que prefieran dar fin a su vida a tono con lo que más han apreciado de ella. Estas personas también tienen derecho a un auxilio que les permita morir del modo en que ellos consideran digno.Ya no se trataría de una eutanasia pasiva (dejar de dar medicamentos o tratamiento para la recuperación del paciente) sino de una eutanasia activa, es decir, tal como la etimología del término eutanasia indica (eu, buena, tánatos, muerte), de facilitar una buena muerte, elegida en forma racional y responsable por una persona de edad avanzada que no necesariamente está enferma. Una muerte en la que se decide ahorrar el dolor que a menudo conduce a ella, no porque se deje de considerar que el dolor es parte de la vida, y que necesariamente habrá que sobrellevarlo a lo largo de toda la existencia, sino porque se tiene la libertad suficiente como para poner fin a una serie de molestias o dolores que se considera preferible suprimir.  

En la muerte, al igual que en el parto, el dolor sería reducido al mínimo. Y hay razones para suponer que morir puede ser aún menos doloroso que un buen parto, ya que solo se sentiría la primera inyección en la que el individuo es dormido y anestesiado.  

Ahorrarse el dolor y las molestias que conducen a la muerte podría convertirse en algo tan natural como ahorrarse un severo dolor de muelas. Esta muerte elegida, responsable, racional, como la han proclamado los antiguos estoicos y epicúreos, puede ser una opción para quienes padecen una enfermedad terminal, pero también para quienes, a una edad avanzada, sin estar enfermos ni deprimidos, deciden darle un buen final a su vida, del mismo modo que el músico puede darle un buen final a su concierto, que el interlocutor puede darle un buen final a una conversación, o que decidimos a qué hora nos vamos a dormir por las noches y no nos dejamos doblegar por el sueño en el lugar y a la hora en que nos sorprenda. Este es el verdadero sentido que los estoicos han dado a la eutanasia, entendiéndola como una posibilidad de lucidez y como una alternativa válida frente a una existencia sin sentido.

En sus Cartas a Lucilio, Séneca escribe:

 

  El sabio se separará de la vida por motivos bien fundados: para salvar a la patria o a los amigos, pero igualmente cuando está agobiado por dolores demasiado crueles, en casos de mutilaciones o de una enfermedad incurable (...) no se dará muerte si se trata de una enfermedad que puede ser curada y no daña el alma, no se matará por los dolores sino cuando el dolor impida todo aquello por lo que vive (...) los médicos deben aplicar remedios al enfermo, pero a quienes no puedan prolongar la vida, les facilitarán una muerte llevadera.  

 

En el caso de la eutanasia elegida por quien padece una enfermedad terminal, sería posible objetar: ¿cómo saber si en efecto se trata de un diagnóstico acertado, si no queda un resto de vida deseable, si se trata del momento óptimo para el fin? Ante situaciones como esta, la Orientación Filosófica nos propone clarificar los valores en juego, de modo de optar por el que nos resulte prioritario (el bien mayor), o por el valor que privilegie lo menos indeseable (el mal menor). Quien privilegie como valor la duración de la vida relegará a segundo plano el valor de la evitación del sufrimiento o de las molestias que supone la degradación del cuerpo y de las facultades mentales.  

La reflexión sobre la eutanasia nos conduce a la reflexión sobre la vida. Como aquella pareja que estaba sentada en el living de su casa charlando sobre la vida y la muerte.  

—Nunca me dejes vivir en estado vegetativo —dijo él—; no quiero depender de una máquina ni de los líquidos de una botella. Si me ves así, desenchufa los artefactos que me mantienen en ese estado.  

Ella se levantó, desenchufó el televisor en el que estaba viendo un partido de box y le tiró la cerveza.

 

La vida como obra de arte

¿Qué le da sentido a la vida, entendiendo, entre todos los significados del término, el que remite a las siguientes preguntas: “¿Estoy satisfecho con lo que hice, o desearía o debería hacer otras cosas?"?  ¿Vivo o sobrevivo?”. Mientras que el judeocristianismo se centró fundamentalmente en la idea de obligación, los griegos pensaron la vida como una obra de arte personal en el contexto de cánones colectivos. Esta manera de pensar la condición humana no ha perdurado, salvo en determinados momentos como el Renacimiento o durante el siglo XIX, con el dandismo, un movimiento formado por jóvenes elegantes que aspiraban a inventarse a sí mismos más allá de las costumbres burguesas.

Cada época y cada lugar han planteado sentidos diversospara la vida. Hoy en día es el trabajo lo que da sentido a la vida de buena parte de los habitantes de Occidente.Aun cuando la mayoría deplore la tarea que realiza, siente gratitud por tener de qué vivir en un mundo en el que día a día crece la desocupación. Para el ciudadano de la antigua Grecia, en cambio, solo el tiempo en el que no era necesario ganarse la vida podía ser valorado por un hombre libre. El trabajo era propio de esclavos.

Pero si trabajo todo el día y no tengo libertad,¿cuál es el sentido de una vida que no me pertenece? Esta es una de las quejas que se oyen más frecuentemente en las sesiones de Consultoría Filosófica y en los Cafés Filosóficos.Al reflexionar sobre el tema desde una perspectiva individual,se podría pensar en cambiar de trabajo, o en reducir los gastos y, de no ser viable, aceptar que si no podemos hacer lo que amamos, quizá podríamos amar algo de lo que hacemos: la cordialidad de algún compañero de trabajo, el café delicioso que bebemos a media mañana, el humor espontáneo de la camaradería, la caminata a la vuelta de la oficina. 

Al reflexionar sobre el tema desde una perspectiva social, cabría preguntarse: ¿es posible distribuir y determinar el trabajo humano como para que todos los habitantes del planeta puedan cubrir sus necesidades básicas y disponer de tiempo libre para dar sentido a sus vidas? El mundo cuenta hoy con tecnología suficiente como para que esto sea posible. Aristóteles pensó que la esclavitud desaparecería cuando las máquinas pudieran reemplazar el trabajo esclavo. Hoy las máquinas suplen cada vez más al trabajo humano y, sin embargo, millones de personas consagran buena parte de su tiempo a tareas que les desagradan.

Crear formas convivenciales y equitativas de distribuir el trabajo, ¿no sería una manera de ganarle a la muerte, ya no prolongando la vida sino mejorando la calidad de las horas, los días y los años que desperdiciamos? Si algunas personas pudieran dar un sentido pleno a sus vidas, convirtiéndolas en verdaderas obras de arte, quizá habría menos guerras. A menudo el odio y la destrucción se instalan cuando la vida ya no parece interesante. 

Afortunadamente, mal que les pese a ciertas religiones y a ciertas concepciones de la política, no hay un único sentido posible para la vida. Millones de personas han sido y son asesinadas por quienes pretenden imponer un único sentido a la vida de cada habitante del planeta. Otras han sido perseguidas, encarceladas e internadas en hospitales psiquiátricos por oponerse –por ejemplo– a los designios de un dictador como Stalin. 

Aunque suele haber puntos en común en los sentidos que diversos individuos y diversas culturas dan a sus vidas, sabemos que –afortunadamente también– la diversidad puede ser una riqueza. Allí donde uno encuentra el paraíso, otro se siente en el infierno. Esto no equivale a proclamar que todo da igual. Muchas personas coinciden en afirmar que la vida adquiere sentido cuando procuran encontrar lo bueno de cada cosa o tienen algo agradable por hacer, o alguien a quien amar. Para otras, el sentido se descubre al no imaginar de forma demasiado estructurada cómo deberían ser las cosas, al valorar con gratitud todo lo inesperado que la vida nos ofrece, al desarrollar cierta capacidad de olvido –sin por ello dejar de aprender de las experiencias del pasado y sin desinteresarse por los demás– o al salirse de uno mismo, es decir, no cifrando toda preocupación en la propia individualidad (una causa justa, un gesto solidario, la filosofía o el arte, que aumentan nuestra disposición a la empatía, son formas posibles de salirse de uno mismo).

También se puede dar sentido a la vida cultivando el amor como donación pero no apostando a una sola de sus formas (la pareja, los hijos, el trabajo, etc.); aceptando que el sufrimiento –aun el más crudo– es parte de la vida y que sin él no existiría el placer; gozando de la belleza (de un gato desperezándose, de una penumbra, de una sonrisa, de una obra de arte); eligiendo la mayor cantidad posible de actividades que sean fines en sí mismas y no medios (la amistad, el amor o una tarea que nos agrada son fines, el dinero es un medio); disfrutando de la comida y del movimiento del cuerpo, comprendiéndonos y comprendiendo el mundo que nos rodea, viviendo reflexivamente.

Dar un sentido a la vida –o sucesivos sentidos, a lo largo del tiempo– equivale a darse a sí mismo un segundo nacimiento, es la conciencia de lo que deseamos y podemos ser. Como en la creación de toda obra de arte, la vida se pule, se retoca, requiere ajustes y cuidados, es un modelo para armar que se corrige diariamente, aprendiendo del error. De ahí que algunos postulen que la vida comienza a los cuarenta años, una edad en la que ya se aprendieron unas cuantas cosas sobre la ardua empresa de existir.

Educar para la vida es mucho más relevante que formar profesionales o prodigios de memoria enciclopédica que puedan destacarse en los programas de preguntas y respuestas de la televisión. Un dibujo de Maitena muestra a una mujer que le dice al marido:

—A veces pienso que algo hicimos mal en la educación de nuestro hijo.

—Pero, querida —responde él—, si sigue dos carreras, habla cuatro idiomas, toca varios instrumentos, practica todos los deportes.

—Sí, pero solo come hamburguesas con papas fritas.

Podríamos dar otras alternativas a la última frase: “Sí, pero es engreído, poco solidario, mezquino, se exaspera por cualquier tontería y vive con mala cara”. 

La filosofía no es solo una disciplina especulativa sino fundamentalmente una actividad que se vale de la razón en la búsqueda del sentido de la vida. Si no nos sirve para imaginar nuestras vidas y las de nuestros semejantes como obras de arte, no sirve para nada.

 

El éxito y el fracaso

 

 

Las nociones de éxito y fracaso tienen un gran peso simbólico en el mundo contemporáneo. La vida plena de sentido parecería ser la de las personas "exitosas". Concebido como la obtención de una meta, el término "éxito" es ambiguo; a veces aparece identificado con la eficacia y, a veces, con la consagración (que otorgan los demás), y es asociado primordialmente con el poder, el dinero y la fama. André Comte-Sponville define el fracaso como la distancia entre el resultado al que uno aspira y el que uno obtiene. La valoración en términos de éxito o fracaso suele favorecer el hábito de juzgar un acto solamente por sus consecuencias. De esta manera se puede caer en la falacia del pensamiento dicotómico (que no reconoce grises), y creer que obrar bien requiere de premios adicionales. Chuang Tzu sostuvo: "Si el arquero dispara por nada, tiene el dominio de sus facultades. Si dispara por un brazalete de metal, ya se ha puesto nervioso. El premio lo tiene dividido. Se preocupa más por ganar que por el modo de apuntar la flecha. El afán por vencer le roba su fuerza". 

A menudo se hace referencia al alto precio del éxito. Es el caso del rey Pirro, que gana una guerra en la que mueren muchos de sus soldados y exclama: "Otra victoria así y estoy perdido".También se vincula al éxito y al fracaso con la entronización de los logros personales en desmedro de los proyectos colectivos. Demócrito afirmaba: "Del éxito o del fracaso de la ciudad dependen el éxito y el fracaso de todos". En contraste con ese ideal griego, hoy en día el miedo al fracaso personal aparece como uno de los principales temores de las sociedades individualistas. La dicotomía éxito-fracaso también presupone el eje articulador de la competencia como motor de la vida social. Iván Illich escribió: "Todos miden su éxito por el fracaso de los demás". Asimismo presupone que si se trabaja con firmeza, el éxito llegará solo. Se desestima así la influencia de otras variables (la suerte, la condición social, los contactos personales de cada uno). Sin embargo, la vida consiste en "éxitos y fracasos", y probablemente más en "fracasos" que en "éxitos". El fracaso es el gran maestro de vida, y necesariamente forma parte del éxito. Toda educación que se precie debería desarrollar nuestra capacidad de frustración. La experiencia y el conocimiento derivan más de nuestros reveses que de nuestros aciertos. En lugar de sentirnos solo víctimas, existe la posibilidad de transformar nuestras frustraciones en desafíos y en oportunidades para el futuro. "Felices los valientes, los que aceptan con ánimo parejo la derrota o las palmas", escribe Borges. La valentía no es únicamente el dominio del miedo, sino también el dominio de la adversidad y de la frustración. El éxito quizá resida en vivir la vida en nuestros propios términos, sin menospreciar la mirada de los otros pero sin atribuirle demasiado peso.Tener éxito es ser capaz de dar lo mejor de uno mismo.Y el peor fracaso es la pérdida del entusiasmo y la falta de disposición para inclinar la balanza en favor de la vida. Algo de esto dice el poeta turco Nazim Hikmet en su poema "Sobre la vida":

 

 Tomarás en serio a la vida 

pero en serio a tal punto 

que a los setenta años plantarás olivares, 

no para que queden para tus hijos, 

sino porque, aunque temas a la muerte, 

ya no creerás en ella, 

puesto que en tu balanza la vida habrá pesado mucho más. 

 

 

Vivir es nuestra máxima creación. El aprovechamiento de la pequeña o considerable cuota de libertad que nos haya tocado en suerte requiere valentía, humildad, cuidado de sí, prudencia, entusiasmo, serenidad, cultivo de la justicia y del amor entendido como la disposición a salir del aislamiento y a relacionarnos con el mundo en general, la aceptación de aquello que no está en nuestras manos modificar y la flexibilidad ante los cambios. 

Un antiguo cuento subraya la importancia de la ductilidad para la vida. Cuando un filósofo estaba a punto de morir, uno de sus discípulos fue a verlo y le dijo: -Esta será probablemente nuestra última conversación. ¿Hay algo que quieras decirme? El filósofo abrió la boca y le pidió que mirara adentro. -¿Ves mi lengua? -preguntó. -Claro -respondió el discípulo. -¿Y mis dientes? ¿Todavía están ahí, perfectos? -No -replicó el discípulo. -¿Sabes por qué la lengua sobrevive a los dientes?… Porque es flexible. Los dientes desaparecen porque son duros. Nada más tengo para enseñarte. 

La vida es lo más fortuito y, al mismo tiempo, lo más extraordinario. Es necesario vivirla ahora mismo, porque el futuro es incierto y el ayer no regresa, y, sobre todo, se trata de nuestra única vida. La civilización ha convertido la vida en algo admirable y también, mediante sus crecientes inequidades y exigencias de privación y sacrificio, en un trago doloroso y amargo. Muchos lo tienen "todo", pero aún no se han conquistado a sí mismos. Para millones de personas que padecen la miseria y la opresión social, la vida es dura y pesada. Para todos -en mayor o menor medida- a veces constituye una carga. Pero el desamor, la molestia y el infortunio pasan y, quizá con más frecuencia de lo que nos atrevamos a reconocer, salimos fortalecidos de la experiencia y nos sentamos a disfrutar de los bienes de la vida como si se tratara de un banquete. Cambia la comida, cambian los compañeros de mesa, cambia el mobiliario, cambia nuestro paladar e incluso cambia el anfitrión. Pero casi siempre es posible tentarse con un manjar, aunque sea por curiosidad.